Compositor y bandoneonista, crea música de cámara, orquesta y para distintas formaciones, que borra las fronteras entre la música escrita y la improvisación, integrando en su obra diversos géneros como el folclore y el tango, entre otros.

Su gran aporte es liberar al folclore de las estructuras coreográficas que lo condicionan, convirtiéndolo en una música de concierto a través de la composición y el delicado tratamiento de su orquestación, logrando crear un estilo propio que incorpora deliberadamente elementos de la música popular a través del lenguaje universal del arte.

Dentro del panorama musical argentino representa desde su primer disco como compositor Soy Buenos Aires / Pedro Orillas  (RCA, 1970), la renovación y la apertura del repertorio para el bandoneón, instrumento más bien relegado al  tango.

A partir del año 1982, se inician sus grabaciones en Alemania y sus giras alrededor del mundo, que lo convirtieron en una embajador de nuestra cultura y, de alguna manera, hicieron que su obra sea más conocida y apreciada internacionalmente que en los circuitos locales de la música.

Fotos: Juan Hitters /  Manuel Ruiz Moreno

Canciones del presente y del futuro
por Dino Saluzzi

En Horizons Touched: The Music Of ECM. Ed. Steve Lake and Paul Griffiths Granta Books ISBN 978-1-86207-880-2 2007

Siempre es difícil expresar los sentimientos, especialmente los que provoca la música, y más cuando esa música cobra la forma de una confesión, cuando nace de lo más profundo de uno mismo. Cuando es esa música que existe en todas las culturas y todos los estratos, esa música en la que, inconscientemente, el intelecto y el misterio se compensan, la música que estudiamos que está más allá de los libros, más allá de los códigos y las costumbres, portadora de una nueva belleza y de una nueva esperanza.  

Para hablar de esta música es preciso, en mi opinión, intentar expresar unas vivencias para las que carecemos de términos y conceptos. La impresión resultante de limitación, de incapacidad, puede alejarnos de la realidad cotidiana para conducirnos a un mundo plagado de realidades absolutas e interminables. Desde ahí podemos ver, sorprendidos, las impresionantes maravillas que hoy sólo atisbamos, y cuán extraordinaria es nuestra responsabilidad a la hora de preservar esas realidades.

¿Cómo podemos revivir la emoción y la sensibilidad si carecemos de las posibilidades que nos otorga la libertad? ¿Cómo podemos ver la belleza, si la cubre un inútil manto de lodo? ¿Cómo podemos apreciar de un modo más sensato el valor de la intuición si somos prisioneros de los métodos? ¿Cómo podemos sentir en primera persona la importancia de los errores si siempre estamos obligados a "triunfar"?

Como tan a menudo nos cuentan los músicos, hemos olvidado el valor de la melodía; en nuestro afán por la "profundidad" y la universalidad hemos olvidado la sencillez y la peculiaridad.

Volvamos a la sencillez, reduzcamos la complejidad y rescatemos la posibilidad del diálogo. No es tarea de los demás hacer que nos entiendan. No se trata de fomentar la simplicidad, es más bien un deber moral. Si no hay dobles intenciones, podemos alcanzar el equilibrio del que he hablado.