¿En qué circunstancias una sociedad toma conciencia de sí? ¿En qué situaciones especiales se imagina como comunidad? Durkheim explicó que en ciertas celebraciones rituales la sociedad festeja, antes que nada, su propia existencia como comunidad. Agregaba que los rituales son la puerta de entrada al corazón cultural de una sociedad, una forma de penetrar en su ideología dominante, en su sistema de valores; los que permiten dar conciencia de sus “ideales eternos”.

Por eso, los rituales patrios son momentos privilegiados para observar cómo se pone de manifiesto la relación entre el Estado y la sociedad. Si nos preguntamos por la intensidad con que la sociedad argentina ha festejado sus rituales nacionales, podremos inferir hasta qué punto los argentinos quisieron o no celebrar la existencia de la Argentina. Los momentos históricos en los cuales los rituales patrios se convirtieron en meros actos burocráticos, carentes de sentido social, expresaron una profunda y estructural dificultad de los argentinos por celebrar la existencia de su comunidad nacional. Dificultad que deriva de una historia y un modo de vivir esa historia, de elaborarla y significarla, y revela la distancia que las políticas estatales, durante décadas, instituyeron entre los argentinos y la Argentina.

Si uno detiene su análisis en 2003, es claro que los momentos en los que la sociedad se percibió como una totalidad han sido profundamente discontinuos: el golpe de 1976, la guerra de Malvinas, el retorno de la democracia, la hiperinflación o la crisis de 2001. Salvo 1983, el resto de los operadores de nacionalización constituyeron crisis disgregadoras o momentos dramáticos, lo que evidentemente retroalimenta las percepciones y significaciones de la nación.

Es decir, en lugar de rituales periódicos de celebración de la comunidad, la vivencia de la comunidad se asoció a momentos extraordinarios y generalmente dramáticos. Incluso a algunos que pusieron en tela de juicio a la propia Argentina. Al mismo tiempo, los actos patrios parecen actos meramente burocráticos, cáscaras vacías ligadas a la formalidad de las efemérides estatales. Ahora bien ¿esto siempre fue así?

Esa falta de densidad semiótica es contingente. Podrá creerse que es el efecto de la “globalización”: como las naciones supuestamente han desaparecido, también lo harían sus celebraciones. Sin embargo, los procesos de transnacionalización, podrían contribuir tanto a debilitar como a fortalecer actos de ese tipo.

Otro motivo al que podría aludirse para explicar la declinación de esas fiestas es el ocaso general de la pompa y liturgia estatal y militar en el mundo. Es decir, que mientras hace algunas décadas los desfiles de tanques y las piruetas de aviones militares despertaban entusiasmo popular, eso es hoy menos frecuente en varios países. Ciertamente ése es el caso de la Argentina, especialmente por su propia historia nacional y el significado del ejército en ella. Pero tampoco es una explicación suficiente de los cambios en la importancia de la fiesta.
Si la intensidad, popularidad, espectacularidad de las celebraciones ha variado a través del tiempo, esos cambios dan cuenta de un capítulo de la historia de las relaciones entre el Estado y la sociedad. Esa historia es la historia de los sentidos de los símbolos nacionales, sentidos que nos reenvían a la vivencia de esas relaciones políticas. La eficacia de una pompa estatal, la densidad semiótica de esos actos, es un indicador clave de la eficacia y la densidad de la construcción de hegemonía en una sociedad nacional.

De hecho, a lo largo de la historia, en estos rituales ?el pueblo es una categoría que ha entrado de modo diferencial, como actor o como espectador. A su vez, desde diferentes sectores populares, se incorporan o rechazan esos sentidos, símbolos, ceremonias oficiales de la patria. Es decir, en cada ritual patrio hay variaciones en la propuesta oficial y, especialmente, hay notables cambios en las formas de la participación y respuesta social. Sobre todo, ha variado el lugar del pueblo ante la nación. En un extremo se encuentra el festejo popular; en el otro un procedimiento vacío, una pompa sin público.

En los últimos 200 años, ha habido festejos exclusivamente estatales, otros con fuerte actividad de organizaciones culturales tradicionalistas y otros con participación sindical, a veces junto al gobierno, a veces como acto de protesta contra él. Por eso, el 25 de mayo o el 9 de julio son un termómetro sobre la productividad de lo nacional en relación a la legitimidad política. Pueden significar homogeneidad, autoritarismo, coacción; o ciudadanía, inclusión, comunidad. Frecuentemente, significa todo eso y más al mismo tiempo. De allí que sea terreno fértil de las luchas sociales y políticas.

Por ejemplo, en 1976, los rituales patrios se caracterizaron por la clausura de sentido de lo nacional, identificándolo con la dictadura militar y el terrorismo de Estado, en oposición al período anterior en el que había significantes disputados. El éxito de esa apropiación de lo nacional por la dictadura, tuvo varios capítulos: la identificación de los “subversivos” con “apátridas”; la organización y triunfo en el Mundial de Fútbol de 1978; la Guerra de Malvinas; el lema “achicar el Estado para agrandar la nación”. Esto produjo efectos decisivos sobre la idea de nación en los años futuros. Consiguieron durante años apoderarse de un conjunto de símbolos, como la bandera y la escarapela, el himno y otras canciones, y por eso, en el retorno de la democracia, lo nacional, el nacionalismo y esos símbolos patrios quedaron asociados al autoritarismo.

En las siguientes décadas, hasta fines de los ’90, lo nacional perdió su polisemia y fue asociado a un modelo específico de país. De ese proceso histórico y de sus sedimentos emergen aún hoy connotaciones de lo nacional en Argentina. Connotaciones que se ven socavadas cuando reaparecen fuertes tensiones con el exterior que reubican lo nacional en otro campo semántico. Asumir que la concepción de que “la nación se escribe con z” es el producto contingente de esa historia, puede ser una condición necesaria para dinamizar una nueva imaginación ciudadana y democrática.

Si comparamos las celebraciones de 1910, 1960 y 2010 surgen varios elementos para pensar. Los 150 años estuvieron atravesados por una amplia participación popular y local, con bailes en los barrios, juegos en las calles y grandes desfiles. En comparación, 1910 es parte de las grandes disputas argentinas. Porque existen quienes lo consideran el momento de mayor esplendor de la historia nacional y en ese sentido implicó grandes celebraciones, y una actividad central para distintos sectores del Estado que interpelaron activamente a la sociedad. Al mismo tiempo, eran épocas sin sufragio universal, sin democracia, una enorme desigualdad social y violenta represión política.

Cuando se acercaba el año 2010, se planteó el debate acerca de cuándo era el Bicentenario de la Argentina, si en aquel año o este 2016. Pareció consolidarse la idea de que la mejor solución era celebrar en ambas fechas. Ahora bien, en 2010 se realizaron cuatro días de grandes festejos sobre la Av. 9 de Julio y sus alrededores. Más allá de las polémicas sobre los usos de la historia, es evidente que lo que llamó la atención los festejos no fue solamente el impactante desfile, que también tuvo sus notas, por la participación de pueblos originarios o grupos migratorios latinoamericanos. Los festejos se convirtieron en una actividad de masas, donde cantidades imposibles de calcular se volcaron a las calles, incluyendo sectores muy humildes y clases medias altas, incluyendo a los votantes de diversos partidos políticos. 2010 le colocó un mentís a los sociólogos que auguran el final de los actos multitudinarios en las “sociedades complejas”. Unos días sin grietas.

Cuando faltan pocos días para la celebración del Bicentenario de la Independencia desconocemos los planes oficiales para homenajear a la sociedad argentina. Los indicios de la celebración del Día de la Bandera no van en el sentido del proclamado objetivo de “unir a los argentinos”. Los rituales permiten celebrar la existencia de la comunidad porque se sitúan por encima de las divisiones de cualquier tipo. Cuando no lo logran, no generan la vibración de la vivencia corporal y emotiva de la idea de comunidad.