Ante la inminencia del Bicentenario de la declaración de la independencia se renueva el interés por el acontecimiento y se multiplica la publicación de artículos alusivos así como la realización de congresos y reuniones de recordación y de reflexión sobre dicho evento ¿Por qué se concentra el interés en el momento de la celebración para luego ingresar por un largo tiempo en una zona cercana al olvido?

La respuesta más convincente se relaciona con la construcción del relato nacional pues desde el último cuarto del siglo XIX las conmemoraciones de determinados eventos históricos se han constituido en momentos excepcionales de la vida política de las naciones que tienden a reforzar o modificar el relato histórico de una nación.

Pierre Nora nos recuerda que el centenario es “una categoría reciente que los diccionarios permiten fechar con mucha exactitud en los primeros años de la III República y que tres fechas decisivas lo entronizaron: el centenario de la independencia de Estados Unidos (1876), el centenario de la Revolución Francesa (1889) y el centenario del propio siglo (1900)”. 1

Por otra parte, los centenarios han sido y son momentos proclives a realizar balances históricos en los que se discute si una nación ha cumplido con supuestos proyectos fundacionales que habrían sido elaborados por los “padres de la patria”. En esos balances se construyen (o reconstruyen) relatos más optimistas o pesimistas del pasado, del presente o de las proyecciones hacia el futuro. Casi sin excepciones estas conmemoraciones (y por consecuencia los relatos históricos) se transforman en campos de combates historiográficos en los que se enfrentan y entrecruzan diversas visiones e interpretaciones del pasado.

Desde el momento en que la historia se transformó en una de las bases del “conocimiento y la ideología de una nación, estado o movimiento” se ha tratado de una lucha por la apropiación de la memoria histórica2. Ese combate se torna necesario en función de la búsqueda de un reconocimiento político en el presente, basado en la legitimidad que otorga filiarse en el proyecto fundacional pero que también confiere una proyección hacia el futuro.

A la vez, dichos combates en torno a la memoria histórica están profundamente condicionados por el contexto social, político, cultural y económico en el que se desarrollan. Sin duda, son más crudos cuanto más fuertes y antagónicos son los conflictos políticos y cuanto más activa es la participación de un gobierno en su intento por imponer su propio relato y su visión del pasado. Podría decirse con Pierre Nora que las conmemoraciones se convierten en “lugares de memoria” en disputa en el que se enfrentan diversas miradas circulantes en la sociedad. 3

Ahora bien, con respecto a la celebración de las dos fechas emblemáticas de la independencia argentina, el 25 de mayo y el 9 de julio, sin duda la primera ha eclipsado a la segunda tanto en los festejos de los centenarios (1910-1916) como en el de los bicentenarios (2010-2016).4 La razón de esa disparidad que me interesa analizar aquí no se relaciona a las ponderaciones historiográficas sobre cada una de las fechas sino al impacto y la influencia que las coyunturas políticas ejercen sobre la propia celebración en el momento de su realización.

En el caso de los fastos vinculados al 25 de mayo de 1810 tanto en la conmemoración del centenario como en la que se cumpliría dos siglos después de la independencia, los festejos organizados por el poder político adquirieron una envergadura notable mientras no ocurrió lo mismo con los festejos del 9 de julio. Lo mismo sucedió con el peso de los relatos históricos oficiales pues en ambos casos se trató de legitimar sus proyectos políticos en concordancia con una línea interpretativa de la historia argentina. Por supuesto en el contexto de grandes conmemoraciones la memoria histórica oficial siempre es selectiva y lo que importa en estos casos es qué y cómo se selecciona.

En caso del Centenario de Mayo realizado en 1910 se trató de una celebración imponente, de características multitudinarias, organizada y llevada adelante por una dirigencia política satisfecha de sí misma por lo que consideraban el triunfo del progreso y la prosperidad alcanzados por la nación, producto de sus políticas implementadas desde unas décadas atrás. Esos festejos, cuya duración excedió las dos semanas y contó con la adhesión de las colectividades extranjeras y decenas de centros criollistas así como la presencia de numerosas personalidades internacionales, era la ocasión ideal para mostrar al mundo esos logros pero también, y fundamentalmente, apuntaba a la legitimación de la dirigencia política ante una sociedad argentina excesivamente cosmopolita y heterogénea.

La fiesta cívica realizada en 1910 fue uno de los momentos culminantes en el proceso de construcción de la identidad nacional y de sacralización (consolidación) del Estado nacional. En este punto confluían los esfuerzos de la pedagogía escolar (incluida la “invención” del relato histórico basado en la obra de Bartolomé Mitre), la imposición del Servicio Militar Obligatorio y la inauguración de decenas de monumentos que “actuaban como recordatorio de la memoria nacional a inculcar”5.

La importancia de la celebración trascendió largamente el mero marco simbólico pues esa búsqueda de legitimación se realizaba en un momento de fuerte convulsión social (con vigencia del estado de sitio), de desprestigio de la figura del presidente José Figueroa Alcorta y en el que comenzaban a emerger los síntomas de la crisis del sistema político restrictivo y del mismo orden conservador en su conjunto que se ponían en evidencia no sólo en el conflicto social sino también en el malestar expresado en el pensamiento crítico de Carlos Octavio Bunge o Ricardo Rojas para nombrar sólo a algunos.

Un siglo más tarde, nos hallábamos en un contexto de cierta bonanza económica y de apoyo popular al gobierno, pero también de fuerte oposición, claramente visible en la marcada polarización política que se había iniciado en 2008 a partir del conflicto con los productores rurales por las retenciones agropecuarias. En estas circunstancias los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo impulsados por el gobierno kirchnerista también adquirieron características imponentes y volvieron a tener un marcado componente político.

La historia, que había pasado a un segundo plano en los discursos gubernamentales de los gobiernos precedentes, recuperó su protagonismo y el Poder Ejecutivo mostró su iniciativa en esta materia durante todo el proceso de organización de los festejos y ya el 25 de mayo de 2010, durante la inauguración de la Galería de Patriotas Latinoamericanos en la Casa de Gobierno, se resumió esa convicción: “Creemos en la historia, creemos en la memoria, tenemos nuestra identidad, tenemos pasión por la verdad, por la memoria, por la justicia, pasión, por la patria…”6.

El gobierno reformuló el relato histórico desplegando una interpretación inversa a la de los impulsores del centenario a quienes ubicaba en las antípodas de su proyecto político. En estas circunstancias tanto las presencias como las ausencias discursivas adquirieron un valor simbólico importante y, en este sentido, el relato oficial fue sesgado como también lo había sido el de 1910. Se privilegiaron algunos hechos y se ocluyeron otros; se ensalzaron algunas figuras y se denostaron o ignoraron otras.

Si en 1910 se había entronizado ciertos héroes de la independencia y descartado otros (los caudillos del interior), en 2010 se hacía algo similar emparentando al gobierno con ciertos héroes de dicha gesta (no siempre diferentes pero sí resignificados), con el primer peronismo ocon la lucha armada de los setenta, contraponiéndolo a ciertos procesos como la República Oligárquica, las dictaduras, la década del noventa. Primó entonces, más allá de la multitudinaria participación popular y de la calidad de las manifestaciones artísticas, una interpretación histórica sesgada que constantemente se deslizaba hacia el anacronismo, el maniqueísmo y el auto elogio como pudo percibirse en los propios festejos del Bicentenario así como en diversos discursos oficiales.

Claramente en el caso de la declaración de la independencia del 9 de julio de 1816 la envergadura de las conmemoraciones ha sido en 1916 y será este año mucho más modesta. Tal vez la cercanía temporal del 25 de mayo y el privilegio de ser esta fecha el punto de partida de la separación de Españasea parte de la explicación. O tal vez las razones haya que buscarlas en la centralidad de Buenos Aires frente a Tucumán. Esta hipótesis ha sido abonada por un diario tucumano que ya en 2013 sostenía que la celebración en 2016 corría el mismo riesgo que el Centenario de un siglo atrás cuando el gobierno nacional no prestó atención al evento con el agravante, según el editor, de que un salteño “que no quiere bien a Tucumán” era el presidente de la República (Victorino de la Plaza)7. Sin embargo vuelvo a insistir en que es en el peso de la coyuntura política, cultural, social y económica el factor determinanante de la magnitud de este tipo de festejos.

En 1916 la conmemoración del Centenario de la independencia apenas tuvo repercusión. Organizados por una Comisión Popular los actos centrales se desarrollaron en la provincia de Tucumán sin la presencia del presidente de la nación quien envió como delegado del Poder Ejecutivo Nacional al Ministro de Justicia, Carlos Saavedra Lamas. En Buenos Aires la fecha pasó casi desapercibida con la excepción de la realización de un desfile militar al que asistió el presidente Victorino de la Plaza quien fue víctima de un fallido atentado llevado adelante por un joven anarquista.

Sin duda la flaqueza de la recordación se asociaba a los profundos problemas por los que atravesaba entonces la Argentina. La Primera Guerra Mundial llevaba dos años y sus repercusiones se hicieron sentir con dureza en el país. Una crisis económica generalizada, serios problemas fiscales y la detención casi absoluta de la inmigración ultramarina eran sus síntomas más visibles, agravados por el profundo malestar que recorría el mundo de los trabajadores y que daría lugar poco después a uno de los procesos huelguísticos más importante de nuestra historia, que sería conocido como el “quinquenio revolucionario”. Por otro lado, el triunfo radical en las elecciones de abril de ese año daba por tierra con el sueño de los reformadores conservadores de legitimarse en el poder a través de purificación del sistema electoral. Ciertamente ya no existía el optimismo de 1910 y no era la mejor coyuntura para realizar grandes fastos.

La celebración del bicentenario del 9 de julio este año se desarrolla en un contexto de serias dificultades económicas y sociales que desalientan grandes demostraciones como las de 20108. Además la mirada que el presidente Macri parece tener sobre la historia es, si se me permite el término, de baja intensidad y un tanto superficial. En principio parece prestar menos atención a la historia que su antecesora en el cargo pero el rasgo saliente de su discurso es que tiende a resaltar una historia sin conflictos.

En ocasión del festejo del día de la Bandera en Rosario sostuvo: “hace 200 años se juntaban miles de argentinos y argentinas, de ciudadanos y ciudadanas con el compromiso de trabajar juntos, creyendo que desde la libertad iban a construir una mejor sociedad, decidiendo ser protagonistas”9. Se trata de una visión que refleja el momento político y la intención gubernamental de contraponer la idea de la unión de los argentinos a la confrontación que habría impulsado la gestión anterior; o de la honestidad a la corrupción, de allí el homenaje, al reinaugurarse el museo de la casa de gobierno, al ex presidente Arturo Illia al cumplirse 50 años de su derrocamiento.

En este sentido el actual presidente es poco proclive a construir un relato histórico fuerte porque al concebirse como un “partido nuevo”su proyecto pretendería cerrar heridas y conflictos del pasado y proyectarse hacia adelante. Si el gobierno anterior se referenciaba en ciertos acontecimientos del pasado el actual lo hace en un futuro supuestamente venturoso. Es en este contexto que arribamos a la celebración del bicentenario de la independencia argentina.

Notas

(1) P. Nora, Pierre Nora en Les Lieux de mémoire, Trilce, Montevideo, 2008, p. 17.

(2) Eric Hobsbawm, “Introducción: la invención de la tradición” en E.Hobsbawm y T. Ranger (eds), La invención de la tradición”, Crítica, Barcelona, 2002, p. 20.

(3) P. Nora, OpCit, p.33.

(4) Aun cuando estas notas se escriben dos semanas antes del 9 de julio resulta evidente que será una recordación mesurada.

(5) Fernando Devoto, “Imágenes del Centenario de 1910: nacionalismo y república” en José Nun (compilador), Debates de Mayo. Nación, cultura y política, Gedisa Buenos Aires, 2005, p. 285.

(6) Discurso de la presidenta de la Nación en ocasión de la inauguración el 25 de mayo de este año de la Galería de Patriotas Latinoamericanos en la Casa de Gobierno, en www.Casarosada.gov.ar

(7) La Gaceta, Tucumán, 8 de julio de 2013.

(8) Para un panorama de los festejos que se llevarán adelante este año véase bicentenario2016.gob.ar

(9) www.casarosada.com