Los sucesos de Tucumán, como los de Mayo, son probablemente los más entrañables del pasado de este gran proceso social y político en curso que llamamos Argentina: sea por su valor inicial, por sus consecuencias políticas, o por el trabajo de rememoración que han experimentado sucesivas generaciones. Esos días, esos hombres y las tareas que realizaron, más allá de la profundidad o del detalle de los conocimientos que se pueda tener sobre ellos, producen corrientes de apego fuertemente arraigadas, inducen a la identificación con lo que aparece desde entonces como una gesta. Promueven y renuevan los sentimientos de pertenencia común.

Decir argentino, aunque en aquel momento nadie tuviera en claro qué podría significar esa palabra, es sinónimo de hijo de Mayo, hijo de Tucumán. Una filiación que se retrata y relata recurrentemente y con ello enhebra un hilo imaginario que llega hasta el presente, enlaza a cada miembro de la sociedad con una suerte de parentesco espiritual y sienta las bases de la nación. Ambas gestas, junto con las campañas de Belgrano y San Martín, son de las pocas que se pueden reunir dentro del museo común, aceptado de modo extendido, sin entrar en las rivalidades clásicas y las veredas opuestas que tanto atraen al perspectivismo sociopolítico espontáneo de nuestro país.

Sabemos por la llamada liturgia patriótica -ese conjunto de prácticas que une en sede escolar la historia nacional, el panteón de los héroes, un calendario con fechas memorables y rutinas minuciosas sobre los símbolos patrios-, que los encuentros de Tucumán forjaron la patria, sucedieron a la Revolución de Mayo, el nacimiento tumultuoso, con ese otro nacimiento, el de una idea ya madura: la independencia respecto de la Corona Española, y como se agregaría a hurtadillas luego, y de cualquier otra dominación extranjera.

Se pasaba también en ese entonces de un conjunto de intentos gubernamentales en ensayo y reconstrucción permanente, hacia un anhelo expresado en una fórmula canónica: el comienzo del orden. Ese orden que se esperaba que acompañaría el redundante nacimiento de la nueva nación, terminaría con los años de lucha, con la guerra y con la revolución, tan abierta y tan herida, pero también con la inestabilidad política y regional que amenazaba continuar eternamente.

Si Mayo es la proeza de una ruptura, el gesto irreverente y casi juvenil de un elenco de conjurados que perseguían la libertad, madre de toda república, Tucumán es la gesta de la institución, el acuerdo posterior, el comienzo sosegado de los cánones y las leyes, una vez que el derecho, consagrado en Mayo, se dirigía a la pacificación y el encauce de las fuerzas igualitarias liberadas.

En Tucumán se declara la independencia, como sabemos, lo que sella en el papel la intención ya anhelada en Mayo de cambiar de centro: de ser una parte periférica de un imperio vasto y cruel a emprender la travesía de la autonomía, de ser una terminal de decisiones que se generaban lejos a conformar un gobierno atento a las necesidades del nuevo conjunto. Podría decirse que Tucumán funda una nueva geografía: inicia un territorio y reorienta la mirada de ciertas localidades cercanas hacia una unidad novedosa y afín, la nueva nación que a partir de entonces tanto iba a cambiar.
Es cierto que lo hace en medio de un conflicto y una disputa, con desacuerdos internos, con disidencias y con amenazas externas palpables, pero es claro también que expresa el deseo de esa nueva unidad. Para ello, para esa nación es que Tucumán se constituye también como una profusión de símbolos: un congreso de representantes, una discusión sobre la organización política, una declaración, firmas, un proyecto de futuro. Es la imaginación misma creando la realidad.

Pero también Tucumán es un paso decisivo en la generación de una nueva cronología, pues supone una tradición que se reconoce (o inventa, según el gusto), una historia breve que a partir de entonces conformará un derrotero. El nuevo relato tendrá entre sus hitos a las invasiones inglesas, la Revolución de Mayo, los gobiernos patrios porteños, las rebeliones en las distintas ciudades, las campañas y las luchas posteriores y los sucesos de Tucumán como desembocadura necesaria y puente hacia el porvenir.

Así, Tucumán será parte de una epopeya común que se articulará en tiempos posteriores como un legado y una continuidad. En ese nuevo tiempo se consolidaría el devenir de una palabra corriente en ese momento, un sustantivo común de denotación espacial, “patria”, que adquiriría una connotación temporal, vinculada con las raíces, con el presente y con los proyectos. Una patria con raíces tan cortas solo podía encomendarse a su propio porvenir. Como sucede con los acontecimientos de ruptura, la gesta de Tucumán amplía los horizontes de la experiencia: la independencia abre un campo desconocido, un terreno por explorar tanto para los contemporáneos, como para los que vendrían después.

Pero estamos hoy, a una considerable distancia esos hechos, en vísperas de una celebración. Que sean doscientos años es un azar de las matemáticas, un número que por reunir dos centenas parece adquirir una importancia mayor que los anteriores –¡e incluso los posteriores!- y que más allá de eso encierra un misterio, porque esos números redondos, aunque sean vacíos desde el punto de vista estrictamente temporal, convocan a recordar y a evaluar con una fuerza que los hace especiales frente a los demás números.

Se trata de un ejercicio algo arbitrario, ya que no hay nada en la cifra misma que exija una consideración especial. Sin embargo, como se comprueba en otras geografías, países y épocas, los números redondos, sean décadas, siglos, milenios, tienen para las sociedades un influjo especial que las convoca, que parece inducirlas con una intensidad mayor a confirmar su existencia, a evidenciar su continuidad, a reverdecer la vivacidad de sus tradiciones. Sin dudas es un hecho convencional, pero las convenciones hacen su camino y requieren atenciones, interpelan, invocan.

Como se sabe por lo que ha trascendido desde las esferas oficiales, en este bicentenario no habrán festejos especiales por parte del gobierno nacional, que se invitará a cada provincia a que resuelva donde disponga el tipo de ceremonia que realizará. Desde el gobierno nacional no se hará nada especial, lo que de algún modo contrasta con los festejos que el gobierno anterior hizo en ocasión del Bicentenario de 1810, cuando dispuso un programa de eventos encadenados, con actos masivos en espacios públicos, muestras, exposiciones y recitales de música que convocaron multitudes.

Si hacemos una comparación simple, el gobierno actual apunta a una suerte de “no festejo”: la austeridad elegida, parece acordar implícitamente con los recortes presupuestarios en materias no importantes, algo que surge del diagnóstico de crisis que se ha decretado y que parece dirigirse al gusto recatado de los sectores que apoyan al gobierno actual. Ante los desbordes celebratorios del gobierno anterior, en su momento indicados como despilfarros, gastos innecesarios y derroches populistas, el gobierno actual se rinde ante un mínimo común casi protocolar, un gesto de austeridad opositiva, en el que no es difícil advertir de paso una cierta incomodidad ante lo que podría verse como exceso o desborde callejero.

El país de la historia y más aún, el de la historia lejana, no parece invitado a la gestión actual, donde las tradiciones no parecen contagiar su influjo, ni siquiera como actuación cínica, donde el debate por la historia y los orígenes se desentienden y se desatienden, un síntoma de una clase dominante actual que parece desvinculada de los proyectos patrios. En esto se muestra una distancia respecto de otras clases dominantes en otros momentos, en apariencia más compenetradas con el proyecto de una nación, aunque se la concibiera como una estancia exclusiva y para pocos.

La opción actual por un recuerdo frío y sin ciudadanos en las calles, sin el fervor cívico de los miembros del pueblo de la patria, permite estimar una aprensión del gobierno y sus intelectuales más cercanos respecto de los significantes fuertes, multívocos y problemáticos como libertad, igualdad e independencia, tres términos que desencadenaron debates, posicionamientos y proyectos de intervención. El gobierno actual parece orientarse hacia nuevas tradiciones, con otros significantes y discursos en juego, incluso sin ellos, poniendo un signo de pregunta donde hubo uno de exclamación.

De un modo irónico, el bicentenario de Mayo exacerbó por presencia los contenidos revolucionarios, libertarios y populares de aquella gesta; en contraposición, el bicentenario de Tucumán, por la negativa afirma el orden, la austeridad, el fin de la revolución, una módica invitación a quedarse en casa para ver a través de los medios a nuestros representantes celebrar –sin festejar- la promulgación de aquella lejana independencia, un sueño en definitiva que por ser tan lejano puede dejarnos a todos tranquilos y ofrecernos el espectáculo sobreactuado de un protocolo con el que se cumple porque un antiguo calendario lo exige.

Esta celebración sin festejo es el mensaje político que surge de la nueva matriz discursiva que el gobierno actual ensaya, esa que dictamina a repetición que la fiesta terminó, que hay que eliminar los gastos innecesarios, que nos hace saber con gestos –como sucedió en mayo pasado- que llegó la hora de la delegación, de los representantes y no del pueblo, que en definitiva el gobierno no está para pan y circo, para repartir y festejar, sino para cosas más importantes, lamentablemente más ingratas como la administración y la seriedad, tópicas de un lenguaje grisáceo que llena de sentido el espacio de la política, con una representación tan distante frente al gobierno previo y sus prácticas, que pone en riesgo el hilo que desde hace doscientos años viene hasta el presente desde Mayo y Tucumán.