En las aulas del Centro Universitario de San Martín (CUSAM)1, pegado al basural de José León Suárez, a estudiantes y docentes de la carrera de Sociología nos persigue la pregunta: ¿por qué una persona privada de su libertad ambulatoria elige dedicar tiempo en prisión a estudiar sociología? 2

Una primera respuesta sugiere que buena parte de los internos de la Unidad 48 lo hicieron pensando en una mejora coyuntural de sus condiciones de vida en el penal: “para salir del pabellón” o porque les permitía acceder a una serie de beneficios muy requeridos en el contexto de encierro: salidas, visitas, reducción de la pena. Para la mayoría de las personas que habita esta cárcel bonaerense, y se criaron más imbuidos de privaciones que de derechos, los estudios universitarios jamás fueron una opción imaginable. Menos aun Sociología, una carrera de las consideradas como no tradicionales.

Pero por alguna situación particular, en un momento dado, el estudio de una carrera universitaria, que empezó como forma de supervivencia intramuros asume para algunos estudiantes un sentido transformador. Paradójicamente, al igual que el delito, la práctica educativa para personas que han sido excluidas de este derecho produce marcas indelebles. ¿De qué manera ocurre? ¿Cómo es este estudiar y aprender en la cárcel? ¿Qué tipo de sociología se produce en el encierro?

En el pabellón universitario la narrativa y la experiencia imprimen las conversaciones de los estudiantes. Se habla sin pruritos, se piensa, se reflexiona, se critica, se discute. Se escuchan conceptos como campo, institución total, transformación, capital simbólico, tácticas y estrategias, microfísica del poder, panóptico. Pero también se habla de los márgenes, de la exclusión, de los problemas para enfrentar el mañana, y de la preocupación porque otros no lleguen a la misma situación que ellos. No hay discurso monocorde, formateado, único. Las palabras no se miden, salen de las tripas, sin control, desbordan. El lenguaje tumbero y el académico se fusionan3, forman otra cosa, algo más que la suma de las partes.

La necesidad de ser visible y escuchado, de canalizar problemáticas, de contar experiencias, de narrar lo aprehendido en el aula se palpa en cada visita de un “externo”. Nosotros hacemos “sociología desde adentro”, sostienen con vehemencia los estudiantes y cuentan que con sólo escuchar un sonido pueden saber si algo pasó más allá del aula. “Es que nosotros nos damos cuenta del detalle”, explica pausado un estudiante referente del espacio, como el profesor de primer año de sociología que deslumbra al curso con el mantra de “nada es natural”.

Pero la sociología que empieza intramuros también se extiende y se mezcla con el afuera. “Puse todo”, dijo uno de los graduados al comenzar la defensa de su tesina en la UNSAM ante un público diverso (madre, rector, decano, directora del CUSAM y de la carrera, compañeros de cursada, docentes, grupo de yoga, curiosos), y subvirtió así el formato clásico y protocolar del ritual académico. Luego de transitar por más de una decena de penales, una circunstancia vital confluyó para que esta persona, a través de la práctica del yoga y la formación como sociólogo, pudiera encontrar sentido al salir de la cárcel. Si bien los procesos de transformación social están condicionados por circunstancias preexistentes, su forma de manifestación y el ritmo de su desarrollo están atravesados por una buena dosis de contingencia y azar.

Una profesora de extensa trayectoria intelectual señaló en la defensa de un graduado4 que en el CUSAM se producen las mejores investigaciones en sociología, por la calidad del trabajo empírico, pero también por la pasión de los estudiantes, aun contra todos los obstáculos que se interponen en la cursada de una carrera universitaria en la cárcel.

La pasión por estudiar sociología no remite sólo al placer por los libros, a la adopción de una postura crítica y a la comprensión de una situación de exclusión, sino que motoriza unas ganas inmensas de llevar lo aprehendido a los barrios de origen, para evitar que la historia se repita como tragedia. En algunos, ese ímpetu transformador y de hacer por el otro, que comenzó mientras estudiaban en la unidad 48 de José León Suárez, se materializó una vez en libertad en el territorio de San Martín, con la construcción de una Biblioteca Popular y de un Merendero que busca garantizar los derechos de los niños. 5

Porque si bien condicionados por circunstancias que les vienen dadas y no son elegidas, no dejan de ser los hombres los que hacen la historia, así lo hicieron “inconscientemente” los revolucionarios en 1816. Y lo mismo los estudiantes y los graduados de Sociología del CUSAM, que empezaron la carrera intramuros en busca de un fin inmediato, pero se encontraron que la educación podía transformarse para ellos en sentido y en un fin en sí mismo, independiente y autónoma de la propia “crónica anunciada”.

Notas

1 En el CUSAM se dicta la carrera de Sociología, Trabajo Social, la Diplomatura en Gestión cultural y Comunitaria, así como talleres artísticos y de oficio a personas privadas de su libertad ambulatoria y a agentes penitenciarios.

2 Diego Tejerina, estudiante avanzado de la carrera, está realizando una investigación “desde adentro” sobre esta problemática. Los resultados se presentarán a fin de año en su tesina de grado.

3 Mario Cruz, estudiante avanzado de la carrera de la Sociología, se encuentra realizando una tesina que problematiza y analiza los cruces entre el discurso académico y el carcelario.

4 En esta oportunidad el segundo graduado del CUSAM, Danián Rosas, presentó su tesina de grado, realizada a partir de un trabajo etnográfico sobre los pabellones evangélicos en la UP 48.

5. El sociólogo Hugo Waldemar Cubilla fue quién fundó la Biblioteca Popular “La Cárcova”, mientras que Mario Cruz, estudiante avanzado de la carrera de Sociología, creó el Merendero “Los amigos” del Barrio Sarmiento.