I

Las ausencias políticas tienen capacidades de desestructurar o interrumpir continuidades. Marcan “la falta”. Demuestran el poder del vacío. Sus incertidumbres, miedos y posibles acciones. El cautiverio de Fernando VII (1808) por parte de Napoleón parece ajustarse a una picardía maquiaveliana. El emperador francés invita a Carlos IV y a su hijo Fernando a resolver sus diferendos políticos en Bayona. Allí los obliga a renunciar en su nombre y luego, traspasa ese poder a su hermano José Napoleón. De padre e hijo a hermanos. De reyes hispanos a emperador francés y a hermano rey de Nápoles. De monárquicos a republicanos monarquizados. Todo sucede en Bayona. Un punto de partida para un nuevo rodeno. Napoleón obliga a cumplir las formalidades -las abdicaciones-, designa a su hermano y con éste la confección de un Estatuto. La resistencia contra el emperador francés fue contra el “rey impostor” y contra ese nuevo artefacto constitucional. Iniciaron una guerra de independencia que pronto caería sobre una parte de América. La “independencia” no sería una experiencia lejana, sino casi simultánea entre territorios.

Fernando VII y los borbones que habían sorteado las críticas antimonárquicas que circulaba en Europa vio fragmentar su imperio y su poder en su nombre. La resistencia de las juntas españolas contra los franceses y José I diagramaron -llevando como bandera el nombre de Fernando VII- otro orden político. Mientras el poder borbón se desestructuraba frente a opciones como la Junta Suprema y el Congreso de Cádiz, los discursos antifranceses (y de alguna manera, antijacobinos) se actualizaron. Nadie deseaba ser vinculado a esa experiencia, sin siquiera los futuros insurgentes americanos.

II

1808 es el año en que se inicia una transformación jamás imaginada en el orbe imperial español. Al mismo tiempo, metrópoli y periferias inician un proceso de transformación del territorio, de las administraciones, del poder y de todos los imaginarios que articularon la monarquía borbónica. Diversas ciudades y actores americanos decididos a establecer una nueva relación con Madrid y con su propio proceso juntista asumieron diversos caminos. Oscilaron entre la autonomía (en algunos casos, radical) y la subordinación a las opciones metropolitanas (Junta Suprema de Sevilla, Consejo de Regencia, Constitución Gaditana, etc.). Los actores diagramaron sus propias alternativas y opciones en ese convulsionado mundo. Las seguridades anteriores estaban hechas trizas y el poder borbón también.

El virreinato del Río de la Plata –creado en 1776- sufrió los impactos de la crisis imperial. Un gran tembladeral llegó a sus ciudades y costas. Las autoridades virreinales del Alto Perú –escenario de grandes rebeliones indígenas y de una intensa dinámica política- fueron cuestionadas por una parte de las elites locales y por otros actores (Tribunales, Oidores, Universidad). Sin Rey el funcionariado virreinal perdía sus atributos. A su vez, comenzaron a impugnar los deseos de la hermana de Fernando VII, Carlota Joaquina de Borbón –esposa de Juan VI, Rey de Portugal y ahora asentado en Brasil- quien pretendía anexar a los territorios americanos a su regencia. No solo para acrecentar el poder del rey portugués y de sus territorios americanos, sino para bloquear el poder francés.

III

Existe una primera “larga marcha” insurgente que se extiende de 1809 a 1816. Son años de profunda incertidumbre, de mutaciones en la propia guerra (de civil a independentista) y de instalación de diversos laboratorios políticos para estabilizar el orden. Entre los intentos juntistas de Charcas y La Paz (1809); la consolidación de la Junta Provisoria de Buenos Ayres (1810) y su transformación en Junta Grande; el establecimiento de dos triunviratos, la Convocatoria a la Asamblea del Año XIII, el establecimiento de la figura de Director Supremo; la Liga de los pueblos libres (1814-1815); el Estatuto de 1815 y el Congreso de Tucumán se entretejieron un repertorio de acciones y de imaginarios, que si bien interpelaban e inventaban un pueblo (el poder provenía de la ciudad), se enfrentaron dos “opciones republicanas” acerca de cómo organizar el dominio político. La guerra había dotado de poder a las ciudades interiores y a Buenos Aires. Todos tenían una cuota de poder para poner en juego. Centralistas y partidarios de la soberanía fragmentada (federal/confederal) se opusieron. Algunos reclamaban la construcción de una soberanía indivisible y la centralidad como forma de clausurar la fragmentación y remodelar la subjetividad en tiempos de guerra. Otros exigían ser considerados en un pie de igualdad. Asociarse entre entidades iguales para fundar un supra poder sin ceder el mandato territorial.

También es un tiempo y un territorio de biografías sometidas por los vertiginosos acontecimientos. No habrá “padres fundadores” que resistan. Habrá que esperar a Mitre y otros para que estabilicen figuras fundacionales.

La revolución, la guerra y la disputa política devoran recursos y personas, como instituyen biografías milicianas, miembros de las elites locales y de sectores subalternos. Es una convulsión social que atraviesa a todos los actores sociales. Las necesidades de la guerra y de la política interpelan a todos. Esclavos que son llamados a ser libres. Sectores bajos que son convocados a una carrera militar, al posible ascenso social y al honor. Miembros de las elites que ven la posibilidad de garantizar sus cuotas de poder.

La guerra civil iniciada en 1810 se transforma de manera contingente en guerra independentista. Actores que participaron o vivaron la lucha contra el invasor francés, ahora se observaban en bandos distintos. Hombres que obedecían al mismo Rey se transformaban en insurgentes y otros en defensores de las decisiones metropolitanas, o de un mundo que ya no era. La guerra se produce en un mundo donde la transformación opera en todos sus rincones. Nadie está a salvo. El desconocimiento de la Constitución gaditana y del dominio del retornado Fernando VII en 1814 agravó el conflicto en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Un conflicto que no se imaginaba, todavía, la independencia.

IV

1814. Retorno de Fernando VII. La guerra no llegó al Río de la Plata. La guerra cambió la fisonomía territorial. La movilización de recursos y de oportunidades posibilitó un mayor poder para las soberanías provinciales y ayudo a la creación de otras nuevas1. A su vez, se consolidaron liderazgos que mantenían una relación pendular de autonomía/heteronomía2 con respecto a Buenos Aires. A diferencia de miradas que le otorgan a estos liderazgos un carácter desinstitucionalizador, una anomalía o la afirmación del poder militar, debemos indicar que iniciaron un proceso de institucionalización política y administrativa de los territorios que controlaban. El poder militar y político surge al calor de las opciones republicanas. Opciones signadas por la creación de instituciones y artefactos constitucionales. El poder del pueblo o de la comunidad debía reconducirse, expresarse, inventarse y sobre todo, dar cuenta de su efectividad y movilización en corpus constitucional que defina límites y atribuciones.

Legitimar el poder revolucionario con la instalación de un laboratorio constitucional no era novedoso. En 1813, la Asamblea intentó detener la fragmentación y faccionalización territorial, cerrar el “proceso revolucionario” y establecer un Congreso que dicte una constitución que límite “la arbitrariedad de Buenos Aires” y “las ambiciones de algunas provincias”. A la fragmentación propia de la dinámica política se le ofrecía la imaginación de un orden republicano en su versión centralizadora. Que contenga las partes y los intereses particulares.

El retorno de Fernando VII y la nueva coyuntura europea profundizarían la necesidad de ciertos actores por declarar la independencia (Belgrano, San Martin, entre otros). En 1816 es convocado el Congreso Constituyente en la ciudad de Tucumán, territorio controlado por el Ejército del Norte y por Belgrano. La elite rioplatense3 entendía que esta convocatoria debía contener la rebelión de algunas provincias (Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, principalmente), reforzar sus acuerdos con las restantes y establecer una figura ejecutiva que no se presente como abusiva, pero si efectiva frente a la guerra y a la fórmula federal planteada por el artiguismo y otros actores.

El cambiante contexto europeo y español se vuelven un gran dilema para los congresales. El mundo ha cambiado rotundamente. Ahora no se discutiría con la Constitución Gaditana, los liberales españoles o contra la decisiones de los Virreyes del Perú, sino con el mismísimo Rey.

En la sesión secreta del 6 de julio de 1816 es convocado Manuel Belgrano para que exponga un análisis sobre “el estado actual de la Europa”. En dicha sesión indica: Primero, los poderes de Europa no apoyan a una América que se presenta bajo el desorden y anarquía. Segundo, que se había producido una mutación de ideas en Europa, “en años anteriores, era republicarlo4 todo, en el día se trataba de monarquizarlo5 todo.” Tercero, entendía que la mejor forma de gobierno sería la de una Monarquía temperada a cargo de la Dinastía Inca. Cuarto, que el poder de España6 era demasiado débil y que existía poca probabilidad de que el Gobierno Inglés le ayude para combatir contra América.7 De esta manera, Belgrano comentaba la mutación política que se estaba realizando en Europa e incorporaba sus conclusiones como una clave de lectura política para tomar futuras decisiones. Ese encuentro se presentó como una hoja de ruta a futuro. Los republicanos leyeron en la monarquía un modus operandi para controlar la disolución territorial y de la dominación.

El Congreso de Tucumán, en sus inicios, poseía 33 diputados que representaban 14 provincias, incluidas Charcas (Alto Perú). Se encontraban ausentes los diputados de Paraguay, así como algunos miembros de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe.

Tucumán reactualizaría algunos debates del XIII. Se recuperó la lectura política sobre los “males” de la revolución y sobre los “agresores del interés público”. Se volvió una cuestión prioritaria la declaración de la independencia, el establecimiento de una gobernabilidad legítima y el dictado de una constitución. También el Congreso asumiría la denominación de Provincias Unidas de Sud América remplazando a la denominación de Provincias Unidas del Rio de la Plata, con lo cual se percibía la necesidad de ampliar territorialmente la comunidad política8.

En esta nueva coyuntura política, la monarquía vuelve al centro de la escena. Los mismos republicanos se monarquizan para reafirmar la república. Observan en esa forma de gobierno algunas dimensiones necesarias para la conducción presente del poder político. De alguna manera, esta posición que tendría el aval mayoritario del Congreso, integraría la tendencia centralista. Los diputados indagarán sobre diversas ingenierías y formatos de poder, no se privarán de la articulación de vocablos del republicanismo clásico con aquellos que observan a la monarquía como modus operandi para detener la fragmentación; como tampoco de perspectivas republicanas que alienten propuestas centralistas o confederales. Los actores están arrojados al encuentro de una fórmula de gobernabilidad que no los despedace. En esa búsqueda, reactualizan la cohabitación y deslizamiento de diversos vocabularios e imaginarios. Las culturas políticas presentes en la historia del imperio español y en el debate con los acontecimientos europeos se transforman en “carne de cañón” ante las necesidades de los insurgentes.
La reivindicación de una monarquía atemperada a cargo de la dinastía Incaica aparecerá como una forma de reparación e inclusión del territorio altoperuano, como ambición territorial y como una manera de encontrar un símbolo del despojo de derechos por parte de los conquistadores. Los insurgentes rioplatenses no miran a Roma o Atenas, sino a los Incas, un vínculo con un pasado no contaminado. Por fuera de la dominación española.

V

Los diputados establecerían como prioridades la declaración de la independencia, el establecimiento de una forma de gobierno y la realización de una constitución. Gobernar primero para hacer una constitución después. Tener el poder común para actuar y diagramar.

La declaración no sería un acto sencillo, también sería un espacio de compulsa. Finalmente, se logró añadir que la independencia era de toda “dominación extranjera”, expresión que no estaba entre las primeras formulas. Ahora quedaría para el juramento: “¿Juráis por Dios N. Señor y esta señal de la cruz, promover y defender la libertad de las Provincias Unidas en Sud-América y su independencia del Rey de España Fernando 7, sus sucesores y metrópoli, y toda otra dominación extranjera? ¿Juráis a Dios N. Señor y prometéis a la patria el sostén de estos derechos hasta con la vida, haberes, y fama? Si así lo hiciereis Dios os ayude, y si no, él y la patria os hagan cargo.”9

En la sesión secreta del 19 de julio de 1816, se podía leer en el diario de sesiones: “tomando la palabra el Señor Medrano10 pidió, que se debía pasar al Ejército el acta de Independencia, y formula del juramento de ella, después de las expresiones sus sucesores, y Metrópoli, se agregase, y de toda otra dominación extranjera, dando por razón que de este modo se sofocaría el rumor esparcido por ciertos hombres malignos de que el Director del Estado, el General Belgrano, y aun algunos individuos del Soberano Congreso, alimentaban ideas de entregar el País a los portugueses, y fue acordado.”11 Estas sospechas poseían algún fundamento empírico ya que se vinculaba a Belgrano con la princesa de Portugal, Carlota Joaquina y con algunas gestiones del mismísimo Belgrano y de Rivadavia en 1815 para encontrar un Rey en Europa. En 1815, abundaban monárquicos con ganas de reconocer los avances de los nuevos tiempos.

En relación a la búsqueda de adhesiones, en la sesión del 29 de julio se determinó que las 3000 actas de la independencia que se iban a imprimir, 1500 se realizarían en castellano, 1000 en quichua y 500 en aymara.12 Apuntando así, a recuperar la preminencia simbólica en el Alto Perú y a establecer los límites territoriales de una futura comunidad política. Declarar una independencia también era imaginar una comunidad posible y posibles ciudadanos que la sostegan.
Tres días después de la declaración de la independencia, el mismo 12 de julio se insiste en la necesidad de avanzar sobre la forma de gobierno. Algunos diputados se presentan partidarios de una monárquica temperada en la dinastía de los Incas y sus legítimos sucesores, designándose desde que las circunstancias lo permitiesen para sede del gobierno la misma ciudad de Cuzco…”13 Frente a esta postura, se alzaría otra que indicaría que para declarar la forma de gobierno era preciso consultar previamente a los pueblos (provincias o ciudades interiores). Entre estas posiciones se entretejía la trama de tensiones y perspectivas que se articulaban en torno al debate sobre la soberanía y viabilidad de un orden común. Para unos, el Congreso debía consultar nuevamente con sus representados reivindicando la soberanía última de la comunidad o provincia; mientras otros entendían que el Congreso era de por sí soberano con facultades para decidir.

Esta discusión arrojaba dos conclusiones: primero, la propuesta de Belgrano poseía una aceptación relevante entre la mayoría de los congresistas y, segundo, que algunos actores se presentaban como representantes de un todo a construir y otros como representantes-delegados de una provincia. La propuesta de una monarquía temperada o constitucional –alentada por la mayoría de las élites de Buenos Aires, Belgrano, San Martin y otras provincias- se oponía a una posición federal minoritaria, afirmándose un universo de tensiones que para este Congreso se volvieron irresolubles.

Lo más llamativo de los partidarios de la monarquía temperada, no solo era la reactualización de los modus regios, ni la necesidad de articular la monarquía con el sistema representativo para la estabilización del orden; sino que apostaban a establecerla en un territorio que las milicias independentistas no controlaban eficientemente. Cuzco se presentaba como el “tercero de la concordia”: ni Buenos Aires, ni en las Provincias interiores. Un “no lugar” que poseía efectos de realidad en el debate político.

La indecisión y la tensión, abierta en torno a la forma de gobierno, comienzan a atravesar un Congreso que solo se auto legitimó por haber declarado la independencia y por promesas de acción futura. Fue un laboratorio donde se coagularon tensiones presentes y futuras.

La monarquía temperada o constitucional presentaría resistencias colectivas. Lo cual, provocaría una nueva insistencia de los “monárquicos”. En la sesión del 31 de julio, el diputado Castro14 “pronunció un prolijo razonamiento en favor del monárquico constitucional, (…); sostuvo las ventajas del hereditario sobre el electivo, y las razones de política que habían para llamar a los Incas al trono de sus mayores…”15 Se intentó realizar una votación y un conjunto de diputados se opusieron. El 5 de agosto se volvió sobre la discusión acerca de la forma de gobierno. El presidente Jose Ignacio Thames16 indicó que “a los Incas debían hacérsele de la dominación que se les usurpo por los soberanos de España”. El diputado Araoz, también de la ciudad de Tucumán, indicaba que no podía establecerse una dinastía dominante si todavía no estaba convenida la forma de gobierno. La búsqueda de formula gubernamentales habilitaba a la producción de diversas combinaciones. El diputado Serrano, representante de Charcas, si bien apoyaba la monarquía temperada se oponía al restablecimiento de la dinastía Incaica. Por lo tanto, proponía que “la confianza debía fijarse únicamente en la organización de una fuerza armada capaz de contrarrestar la del enemigo…”17 De esta manera, Serrano articulaba el imaginario que las elites altoperuanas poseían sobre las comunidades indígenas.

Un día después, y para observar las disidencias al interior de la elites de Buenos Aires, el diputado Anchorena18 expuso “los inconvenientes del gobierno monárquico, haciendo observar las diferencias que caracterizaban los llanos y altos del territorio, y el genio, habitudes y costumbres de unos y otros habitantes, decidiéndose la mayor resistencia de los llanos a la forma monárquica de gobierno, y por la imposibilidad moral de conformar unos y otros bajo la misma forma y gobierno que se adoptase para los de las montañas; concluyendo con que a vistas de las dificultades que estas diferencias ofrecen, el único medio capaz de conciliarlas, era, en su concepto, el de la federación de provincias.”19 A partir de este discurso, podía observase que entre las elites bonaerenses también existían posiciones que alentaban la construcción de una federación y que la fundamentación no estaba sujeta, explícitamente a la reivindicación de las autonomías provinciales, sino a partir a las características de los climas y geografías de los diversos territorios que integraban las Provincias Unidas. Una suerte de sociología montesquieviana venía a fundamentar la organización federal y a su vez, desestructuraba cualquier imaginación que Buenos Aires era mecánicamente centralista y se oponía a un Interior federal.

Este conglomerado de posiciones y combinaciones daba cuenta de la convulsión política que atravesaba a los actores y al propio Congreso. Son los momentos de la inestabilidad, de la política en sentido estricto y de la creación de escenarios. Las zonas grises donde todo puede surgir, inclusive cosas que van más allá del deseo de los actores. Es el momento sociológico, donde los actores crean, recrean, inventan, luchan por el poder, movidos por lo que “son” y por las circunstancias. Movidos por el plus que otorga la acción política, siempre inciertas y contingentes.

En noviembre de 1816, el diario de sesiones del Congreso de Tucumán se pregunta: “¿Cuál de los gobiernos es mejor?” “Entretanto nuestra indecisión en adoptar un gobierno impugnándolos todos, arroja de sí la idea de que queremos ninguno.”20

Notas
  1. Para tener idea de la complejidad que se integra al proceso. En 1814 se crean las provincias de Entre Ríos y Corrientes; en 1815 las de Santa Fe y Tucumán, siguiendo este proceso de creación hasta 1839

  2. En esta clave debe leerle las posiciones autonómicas de San Martin cuando es convocado desde Buenos Aires para reprimir al artiguismo o “poner” orden en otras provincias.

  3. Debemos advertir, para no crear una imagen univoca, que existían algunos sectores políticos en Buenos Aires que adherían a propuestas federales o confederales.

  4. Las cursivas son mías.

  5. Las cursivas son mías.

  6. Esta apreciación es diferente a la realizada en el año de 1814 donde la Asamblea General (del año XIII) había autorizado al Director Supremo a tratar con la Corte Española. Efectivamente, la el contexto europeo de 1816 imprime otras circunstancias.

  7. “Acta de la sesión secreta del 6 de julio de 1809, firmada por los diputados Laprida (San Juan), Boedo (Salta), Serrano (Charcas). [Actas secretas del Congreso general Constituyente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, Buenos Aires, Kraft, 1926]

  8. Esta denominación de Provincias Unidas de América del Sud aparece: primero en el proyecto redactado por la Sociedad Patriótica (la cual había promovido los conflictos de octubre en 1812 y pugnado por una congreso constituyente) para la Asamblea del Año XIII y, que como sabemos, quedó trunco. Segundo, en un Proyecto de Constitución –transcripto por Emilio Ravignani, del cual se supone -y así lo afirma Alberto Demicheli- que fue redactado por los diputados artiguistas inspirados en la Asamblea del Año XIII, pero que no llego a discutirse ya que los estos representantes no fueron aceptados.

  9. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 6, 23 de agosto de 1816”, AGN, Independencias.

  10. Diputado por Buenos Aires.

  11. “Acta de la sesión secreta del 19 de julio de 1809, firmada por los diputados Laprida (San Juan), Boedo (Salta), Serrano (Charcas). [Actas secretas del Congreso general Constituyente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, Buenos Aires, Kraft, 1926]

  12. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 10, sesión del 29 de julio de 1810”, AGN, Independencias.

  13. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 10, sesión del 12 de julio de 1816”, AGN, Independencias.

  14. Diputado por La Rioja.

  15. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 10, sesión del 20 de julio de 1816”, AGN, Independencias.

  16. Diputado por Tucumán.

  17. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 11, sesión del 5 de agosto de 1816”, AGN, Independencias.

  18. Diputado por Buenos Aires.

  19. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 11, sesión del 6 de agosto de 1816”, AGN, Independencias.

  20. “El Redactor del Congreso Nacional, núm. 12, 14 de noviembre de 1816”, AGN, Independencias.