La independencia tiene una fuerte connotación política, especialmente en las cercanías del bicentenario. La condición de no depender de otro, de tener autonomía, es decir, dictar sus propias normas, es una de las banderas que han movilizado a hombres y mujeres a lo largo de la historia en asociación con otra palabra muy afín: libertad. Más allá de los contenidos particulares que fue adoptando la búsqueda de independencia (del dominio imperial, del condicionamiento económico, de dependencias personales o de sectores o clases sociales), siempre se trató de una búsqueda por mayores grados de libertad.

En la investigación, más precisamente en ciencias sociales, la independencia es una de las condiciones de la producción científica, puesto que ninguna teoría ni método pueden ser impuestos sin caer en una abdicación de aquello que se busca, o sea, el conocimiento. El eppur si muove resuena como himno de fondo en los oídos de cualquiera que se dedique a la investigación. Pero esta verdad de Perogrullo, como todas, requiere ser repensada periódicamente para no ser invisibilizada por su propia evidencia. Simplemente me permitiré trazar algunas ideas que puedan acaso servir como disparadores para una discusión más profunda.

Todos los que nos dedicamos a las ciencias sociales, sabemos que la idea de un individuo totalmente autónomo, sin presiones de ninguna índole más que la del propio tribunal de la razón, es un tanto inexacta. La paradoja es que uno nunca es totalmente libre, pero puede ser más independiente en la medida en que conoce cuáles son los condicionamientos que operan y cómo lidiar con ellos, limitando sus alcances y ampliando las barreras de lo posible.

Al mismo tiempo, esto no invalida que existan determinados condicionamientos que propician mayores grados de independencia. Para ser claros, ciertos arreglos institucionales son también condición de una independencia científica en la medida en que aseguren los mecanismos que promuevan dicha independencia. Una política que propicie, como ha sido el caso del CONICET, la pluralidad de objetos y de puntos de vista y un financiamiento no condicionado por objetivos fijados de antemano que permita una dedicación plena, son las bases mínimas que se requieren. A las que habría que agregarle criterios de evaluación precisos por disciplina, no colonizados por los criterios de las ciencias exactas.

Pero esto implica que esos mismos arreglos sean el producto de un debate plural, del que el CONICET es apenas uno de los actores junto con el rol que tienen y pueden tener las Universidades. Si la independencia se define por la autonomía, es preciso que el campo científico, es decir, aquel que conforman todos los actores institucionales e individuales de la investigación, participen de dicho debate y de la definición de aquello que es la ciencia y qué significa hacer ciencia en la Argentina y no simplemente en la Ciudad de Buenos Aires. La independencia, en este nivel, no es más que la posibilidad de dar dicho debate y que éste tenga consecuencias prácticas en el quehacer cotidiano, es decir, que se plasme en los andamiajes institucionales que garanticen la autonomía del campo, la continuidad y ampliación de producciones cuyas particularidades muchas veces distan del ideal norteamericano, francés o alemán.

Justamente por ello, esta idea de independencia no significa una autonomía total respecto del resto de la sociedad. No estamos hablando aquí del filósofo platónico que puede hablar de cosas de las que nadie ve más que sombras y que, por lo tanto, tendría el monopolio de la verdad y de las condiciones de acceso a ella. Estamos insistiendo más bien en que esas cuestiones son parte del debate que requiere darse permanentemente la ciencia para no caer en la pereza intelectual del dogmatismo ni en el onanismo autocomplaciente. El sentido de la independencia es, por un lado, que los criterios de trabajo surjan del propio campo científico, pero por otro lado que esos criterios siempre puedan ser puestos en juego y refrendados en la arena pública, lo cual supone tener un diálogo abierto de cara a la sociedad.

Preguntarse cuál puede ser el sentido de las ciencias sociales, algo que en general no sucede en las llamadas ciencias duras, no es un defecto, sino ser concientes de que nuestras disciplinas tienen el privilegio de poder reflexionar sobre sus propias condiciones de producción y de su lugar en la sociedad sin caer en la idea pueril de un sentido intrínseco cuyo soporte natural sería la noción de Progreso, o su sucedáneo utilitarista más contemporáneo, de Desarrollo. Y es la posibilidad de esta conciencia la que hace que las ciencias sociales no sean ni sumisas a los requerimientos externos ni ajenas a los contextos sociales más amplios.

En este sentido, existe otra dimensión de la independencia que no es menos importante. Si por una parte decimos que esta no supone una total autonomía de los contextos sociales, económicos y políticos, puesto que la ciencia misma participa de esos contextos y es su deber elaborar conocimiento que permita una mayor comprensión de los mismos, por otra parte, esto no implica que esté sujeta a la investigación de determinados objetos impuestos desde afuera. Que existan temas estratégicos es loable desde que las condiciones de posibilidad de la ciencia participan de las necesidades más amplias de un modelo de desarrollo que, supongamos, la propicia. Pero esto no debería ir nunca en detrimento de otros objetos. Y que existan temas más jerarquizados dentro del campo científico, por la mayor dignidad que les fue otorgado y de la que participan aquellos que se dedican a ellos, no supone un conocimiento más genuino o más importante.

Objetos aparentemente insignificantes, abyectos o al menos superfluos, como bien muestran la historia de las ciencias sociales, nunca hablan sólo de sí mismos, sino de temas más generales de la existencia social que se manifiestan a través de múltiples formas. Incluso el estudio de otras sociedades, como bien saben los antropólogos, conlleva un proceso de conocimiento de la propia sociedad a través de la diferencia. En este sentido, la independencia del investigador/a en la construcción de sus objetos de estudio, nunca debería estar sujeta a criterios normativos y menos aún de eficacia o de inmediatismo político ni de otra índole, lo cual no significa una posición inmaculada ni una supuesta neutralidad valorativa, sino que estén garantizadas las condiciones de la pluralidad de objetos y de puntos de vista. Esto supone a su vez una reflexividad del propio cientista social para determinar cuál es la relación que mantiene con su objeto, situándose él mismo como un punto de vista entre otros. Como dijimos, la autonomía puede ser una ilusión si pensamos en términos absolutos, pero tener conciencia de los condicionamientos que operan sobre nosotros es también independizarse en parte de ellos, no por una des-sujeción total, sino porque nos permite tener mayores grados de control sobre los efectos no deseados u ocultos que siempre existen.

A doscientos años de la independencia argentina y a 33 de una democracia ininterrumpida, en la que la investigación científica vivió períodos dramáticos y también una recuperación insólita, es necesario darse el debate sobre el lugar que ocupan y, en todo caso, que deberían ocupar las ciencias sociales y la relación entre las distintas disciplinas que las componen. Siendo menos visibles sus efectos concretos y más cuestionables por ser un discurso que compite con otros sobre la interpretación del mundo social, se ven confinadas a tener que dar explicaciones de su razón de ser. Pero es esto mismo lo que hace que requieran avivar periódicamente las razones de su independencia y, de igual manera y correlativamente, su pertenencia al mundo social.