“Para el obrero, la política no puede ser una actividad de lujo: es su única defensa y el único medio de que dispone para integrarse en una comunidad. El obrero está solo, la política es su necesidad”. 

Jean Paul Sartre

La historia de los trabajadores es la historia de una larga lucha por construir poder de clase y ejercerlo para transformar las condiciones de la subordinación del trabajo al capital. Para regular, reducir, eliminar los términos de la asimetría entre capital y trabajo, entre burgueses y proletarios.

Asimetría y subordinación precisan los términos de una relación que es, de todos modos, una relación de mutua dependencia. Condición de posibilidad de los horizontes múltiples que construyeron los trabajadores en los distintos contextos y momentos históricos. Independencia, autonomía, soberanía, autodeterminación, liberación, autogestión. En esos pliegues rondan los ánimos y los anhelos de las fuerzas liberadoras, de la potencia libertaria que se refugia, inexorablemenete, en los grupos que pretenden ser sometidos, subalternizados históricamente y que, claro, no son siempre los mismos, pero comparten una inmanencia posicional. Grupos que en nuestro origen se mezclan y funden hasta confundirse en un criollismo mestizo, originarios de estas pampas y descendidos de los barcos.

Posiblemente dos formas societales condensan las grandes alternativas que crearon los trabajadores frente a la sociedad capitalista: la sociedad de productores libres y la sociedad de bienestar. En ambos casos, capitalistas y trabajadores, de formas muy diversas se han topado con el Estado, como forma política nacional. El Estado atravesado por la lucha de clases ha sido, a la vez, límite y oportunidad, corset y garantía.

¿Cuáles han sido las tensiones, los límites, los extravíos, los obstáculos que han enfrentado cada uno de estos proyectos societales? Elementos para reflexionar en torno a este interrogante nos obligan a pensar con tiempo y lugar.

La lucha de los trabajadores de la Argentina es también una larga historia. ¿Clases trabajadoras o clases populares? Una y otra vez este interrogante nos habilita a pensar la complejidad de este sujeto ‘impreciso’. ¿Oligarquías terratenientes, burguesías nacionales o locales, capitales extranjeros? Los clivajes y fronteras no se reducen a “capital-trabajo”. Se dibuja un campo de fuerzas complejo, fracturado, que a la vez habilita la novedad política.

En esa historia hay tradiciones variopintas, más radicalizadas o más integracionistas. Su fuerza propulsora es, sin embargo, común: forjar su independencia de los poderes dominantes, opresores. Y común es también una sabiduría atávica que atraviesa como un sino, como un vellocino de oro, nuestra cultura popular, casi un punto de partida que es constitutivo de toda independencia, porque no puede haberla de ningún tipo sin la presencia de lo colectivo. La necesidad y convicción de la organización colectiva, y eso está soldado en nuestro adn sociopolítico. Llaménse montoneras, sociedades de resistencia, sindicatos o piqueteros, los sectores subalternos tienen propensión a organizarse, a sacar colectivamente lo que puedan desde abajo, a pelear y a discutir en conjunto, a no doblegarse sin resistencia común.

El otro hilo conductor, pero opuesto, es la constitutiva e insaciable mezquindad de las clases dominantes, a quienes hubo que arrancarles con sangre y sudor cada centímetro del territorio social y económico alcanzado. La independencia ha sido también la histórica conquista del territorio de los derechos sociales y políticos contra esa doble expoliación de los subalternos entre los dependientes, como enseñaba Florestán Fernándes.

Aquí nos interesa el tiempo actual en la Argentina, como país latinoamericano, pero con perspectiva histórica. Empecemos.

Concurrente con la consolidación del Estado nacional argentino, y de su inserción dependiente a la división internacional del trabajo, comenzó a conformase la incipiente clase obrera despojada de todo derecho y virtud. En su composición primaba la inmigración europea que le adosó la ideología anarquista como interpretación de un mundo que los requería mientras los sometía y negaba.

La cultura libertaria, con sus mil matices, tuvo sus enemigos muy claramente definidos: todos aquellos que someten, sean los patrones, el estado o Dios. También definía prístinamente sus potenciales componentes, todos aquellos sometidos: los trabajadores y los sectores desposeídos en general. La independencia aparece allí como un principio exento de nacionalidades, como una soberanía de clases y no de patrias.

Este punto condesó las interpretaciones del mundo, intereses de clase y disputas políticas de principios del siglo XX, que cristalizaron, como recuerda Juan Suriano, en la lucha simbólica y material de dos mayos que expresan opuestas concepciones de independencia, el 1° como signo universal del proletariado en su lucha contra la explotación, y el 25 como negación de aquel a favor del mito nacional.

La primera batalla, en pleno centenario, la ganó la “patria”, a fuerza de una intensa represión que no escatimó balas ni leyes de “Residencia” y de “defensa Social”. Esa patria de entonces se afirmaba en la negación y expulsión del otro, aunque muy a pesar de ella, debió darle razones al anarquismo, a la fuerza social que su incipiente despliegue, lo sustentó.

El 17 de octubre de 1945 fue otro momento clave de la inspiración colectiva. Impulsados y a la vez desbordando las formas instituidas, los trabajadores ocuparon la escena política argentina. Invasores para la subjetividad patronal. Fueron quienes decidieron rechazar la industrialización infame para dar lugar a un proyecto productivo politizado mediante afiliación sindical masiva, delegados fabriles, asambleas de trabajadores, estructuras poderosas, puja distributiva y una potente identidad política peronista movilizada en la plaza coreando al líder. Descamisados y ‘mis grasitas’ para Evita. Una rebelión compleja y convulsionada de las subjetividades, de las estructuras profundas de la identidad y de la doble condición de opresión nacional: negros y laburantes.

De los sentidos políticos múltiples que origina el ‘45, hay uno que nos pone una y otra vez a interpretar al sujeto popular. El 17 de octubre es el día en el cual irrumpe masivamente en la escena política el otro movimiento obrero, como lo “otro”, para transformarse con el correr de los años en el movimiento obrero organizado.

La década del ‘60 volvió a reeditar con fuerza la idea de independencia de la clase, pero en una versión más compleja, donde la Patria no era ya una contradicción sino una síntesis. Muchos hitos que cruzaban ambos componentes atravesaron el mundo: Vietman, descolonizaciones, y más acá en el espacio y en el influjo, la revolución cubana.

El movimiento obrero argentino, consolidado ya, expresaba enormes contradicciones internas. Esos son los años de Huerta grande, de la CGT de los argentinos, de la mayor gravitación de la experiencia clasista y combativa que tuvo su eclosión en el Cordobazo. Liberación o dependencia, puede condensar la disputa con el régimen represivo. Una independencia que es de clase, pero como mencionamos, incluye ahora la patria, porque la certeza del desarrollo dependiente y de los imperialismos, problematiza la relación entre capital y trabajo en nuestro capitalismo periférico.

El trágico punto de sutura de esa batalla, que es siempre la misma de alguna manera, fue la última cobertura de la hegemonía capitalista, la que complementa el consenso, para decirlo con Gramsci, la represión descarnada, el terror, el aniquilamiento. Que como era obvio, comenzó en las fábricas y contra los obreros organizados, para extenderse a cada célula de sociabilidad, toda ella subversiva. Una práctica genocida, describe Daniel Feierstein, como “uso del terror producto del aniquilamiento para el establecimiento de nuevas relaciones sociales y modelos identitarios”.

La década menemista supo aprovechar esa estela y consagrar el reflujo popular. Ocupado, desocupado, subocupado, cuantapropista se convirtieron en las categorías masivas del sujeto trabajador, cuya representación sociopolítica estalló en fragmentos desarticulados. La CTA ensayó nuevos modos de articulación que reincluyeran todas las categorías ocupacionales en una misma “clase”, con parte del insoslayable movimiento piquetero adentro. Mientras tanto la fracción más tradicional del sindicalismo se dividía entre quienes fundaban el gran oxímoron de la historia del trabajo: el sindicalismo empresario; y quienes resistirían el embate liberal sin modificar su forma histórica.

Luego hubo crisis, resistencias y recomposición que incluyó buena parte de la región, y el Estado, reflejo incesante de la disputa social, amplió los espacios y las oportunidades para replantear las independencias de los sectores populares y reincoporarle una idea de Patria inclusiva y grande. Pero nos encontró el bicentenario de 1816 en un enorme retroceso, donde el sujeto trabajador- popular e independencia, se anhelan, otra vez, a la distancia.