Todos cargaban las cadenas que no pudieron romperse después de 1816. Los que estaban preparados para la Guerra y los que no también. Los que izaron la bandera, cargaron un fusil, sobrevolaron el mar, llenaron los tanques, rescataron las balsas, asistieron a heridos, cargaron a los caídos, hundieron fragatas, conquistaron el aire y el mar. Muertos de hambre, muertos de frio, pero con pasión. O muertos de hambre, muertos de frio, sólo con su compasión.

Todos cargaban las cadenas que no pudieron romperse después de 1816. Algunos lidiaron con el enemigo que llegaba hablando en otro idioma. Con otras prácticas, otra bandera, otro juramento, otra obligación. Los enfrentaron, los dispersaron, los abatieron, los presenciaron y los sufrieron. Otros lidiaron con el enemigo interno también, el que estaba al lado, el que hablaba su misma lengua pero ejecutaba en el campo de batalla las prácticas de la Argentina de la represión. Con los mismos colores de la república, y esa fría violencia, de la violencia fría, de la picana ardiente en los centros clandestinos de detención.

De las islas tuvieron que volver los de las caras quemadas, los cuerpos mutilados, las esquirlas debajo la piel. Los de la juventud quebrada, los de la valentía, la hombría rescatada. Los que volvieron con el recuerdo de la tortura y la negligencia, o el de la bravura, la eficacia y la profesión. Los que perdieron cosas, los que ganaron. Los que se doblegaron en el corte hiriente del silencio. Los que hablaron en la cuna de ese corte y los que hicieron hablar.

Todos cargaban las cadenas que no pudieron romperse después de 1816. Los que volvieron con el calendario acelerado. Los que los días del calendario tuvieron que detener. Los que volvieron con la nostalgia de una victoria que casi pudo ocurrir. Los que volvieron con la bronca de una locura que no se pudo evitar. Los que llegaron con culpa. Los que buscaron honor. Los que apretaron su propio gatillo sobre su sien.

Pero volvieron con ellos los que quedaron allí: los cuerpos sin nombre, los nombres y los cuerpos. Los nombres sin cuerpo, y los nombres de todos: del muerto heroico, del hombre nacional, del hombre de todos, el nombre del hombre, de todos los nombres.

Volvieron para caminar a la par de las familias que reclaman por la identidad. O a la par de aquellas que no reclaman. Se encontraron con otras familias que buscaban otros cuerpos, por las calles, por los campos, por los cerros, por centros clandestinos, por los pasillos interminables de la desesperación.

Y todos llevamos el peso de una sombra. Los que murieron, los que sobrevivieron, los que desaparecieron, los que los lloraron, y nosotros también. Nosotros que los escuchamos, y sobre ellos hablamos, escribimos, opinamos. Todos nosotros y ellos, a 34 años de la Guerra, a 40 de la dictadura, y a 200 de la independencia, llevamos el mismo peso de las cadenas que no pudieron romperse desde 1816.

Llevamos el peso sobre la espalda y caminamos sobre la sombra proyectada en él: el peso que nos ata, nos iguala, nos condena, nos levanta, nos recuerda y nos hace volver a caer.

Las islas están a la espera y los que volvieron también. Las islas de las cadenas. Los testigos de la derrota, de la violencia y la gratitud. Los muertos, los héroes, los desaparecidos, las madres de la plaza y las madres de la patria. Nosotros/ellos, con las cadenas y las sombras de las cadenas, y el peso de las sombras: Libertad, Libertad, Libertad.