-¿Esta multitud pensó en aquel Cabildo?
-Si salió con la bandera argentina, sí.
-¿Incluso una señora de consorcio?
-Es que la bandera argentina inmaculada no pudo ser nunca inmaculada. Surge de un oscuro trato con la existencia. Los ahorros en el banco, el crédito hipotecario. La bandera no surge de otro lado. Es un intento de redimir y ennoblecer el aspecto oscuro de la vida”.

Horacio González y María Moreno
Página 12, 11 de febrero de 2002

La memoria, como concepto pero también como referencia del vocabulario cotidiano, emergió hace apenas unas décadas y a diferencia de la historia, no tuvo aspiraciones objetivistas sino más bien lo contrario: se pretendía singular, personal y humana. Enzo Traverso dice que, desde su irrupción, las sociedades occidentales viven una obsesión memoralista. Ella se instala en el espacio público, se sacralizan sus lugares y hasta adquiere la forma de una obligación ética, sin poder evitar por eso ser fuente de ciertos abusos. Para el mundo, la Shoah es el emblema de esa memoria colectiva y occidental; lógicamente, en nuestro país, el concepto cobró vida asociado a la década del setenta y la dictadura militar.

Sin embargo, en paralelo, al margen de esa obsesión o a pesar de ella, otros acontecimientos de la historia reciente en la Argentina pierden peso como puntos de referencia y ni quisiera irrumpen como problema o como pregunta en las cercanías de su aniversario. Los 200 años de la independencia argentina coinciden con los quince del 19 y 20 de diciembre de 2001. El 19 y 20: ¿qué sentido tiene hoy ese par de números sueltos?

Las conmemoraciones son buenas excusas para pensar y unir legados. El 2001 se soñó como un clivaje en la historia, y más aún, como una refundación, el origen de una nueva era, una sin pasado. Detrás de ella estaban, sin embargo, los capítulos previos y sus tradiciones: el 9 de julio y el 17 de Octubre, el yrigoyenismo. Una multitud con rostro de pueblo. Del mismo modo, se inscribieron sobre su huella los hechos futuros, imposibles de imaginar en esos años. Ni Néstor Kirchner ni Mauricio Macri parecían ser los hijos legítimos del 2001. Y sin embargo, lo fueron.

Toda memoria tiene su uso, por eso se conjuga en presente. También todo olvido nos habla de este tiempo. La conmemoración es buena excusa para preguntarnos por qué se ha vuelto tan poco sobre las interpretaciones ardientes de esos hechos, ya sea las del campo político o las del campo intelectual. En una revisión provisoria e intuitiva, se podría decir que el 2001 es una fecha incómoda porque nos expone a paradojas y debilidades de distinto orden.

Para algunos, los acontecimientos de ese verano latoso quedaron relegados, subsumidos, al lugar de una crisis, el punto más negro, el fondo de la olla de una historia de decadencias. En su reemplazo, se sitúa el nacimiento del siglo XXI argentino en otra fecha cerrada y cercana en el tiempo, el 2003, dejando así eclipsado a esos meses intermedios del gobierno de Duhalde, meses de pura densidad política. ¿Qué lugar tendría el zabeca de Banfield en la historia de la recomposición argentina si se desacoplara el ciclo económico y social del país con el período de gobierno 2003-2015?

Desde otra perspectiva, el 2001 es un proyecto fallido. El argentinazo: una comuna en Buenos Aires, en Córdoba, en San Juan. Sin embargo el sueño de fundar una democracia directa nunca existente terminó en una de las salidas institucionales más eficaces de la Argentina. ¿Nos han contado los políticos profesionales argentinos el “que se vayan todos”? ¿Cuántas veces escuchamos relatos sobre el modo en que se improvisó esa recomposición por arriba, en tiempo record y en medio de los gases, las balas, los muertos? Quizá escuchar esos relatos no solo nos permita entender mejor cómo se toman y ejecutan decisiones de Estado sino también qué significa asumir una responsabilidad política. O mejor, cuáles son los costos de la siempre necesaria vocación de poder.

Como en una muñeca rusa, cada pregunta abre otra. El 2001 fue también la expresión sublime de un discurso antipolítica, que se supuso superado en la década siguiente, para resurgir luego, y paradójicamente, como proyecto de partido. Un proyecto apoyado a su vez por clases medias que en 2001 fueron acusadas de movilizarse solo por la inmediatez del interés personal y que en los años posteriores abollaron cacerolas por Nisman o por la corrupción, pero casi nunca por el bolsillo. Pero también apoyado por clases populares, que bajan y suben y bajan otra vez, porque el capitalismo no tenía lugar para ellos en 2001, ni en 2003, ni ahora tampoco.

“Argentina, Argentina”. El grito de esas jornadas y la bandera celeste y blanca. Ese hilo conductor nos invita a situar esos días, con sus paradojas y preguntas, como otro capítulo de nuestra historia y no como un acontecimiento aislado, una explosión, un tumulto, desarraigado del fangoso territorio nacional.