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| Héctor Tizón |
Macerada en el tiempo -que nunca es el mismo, que jamás ha de medirse por “una sola vara”- una voz austera se arrastra y enciende su luz “mágica” tras el rostro invisible de personajes tan reales como literarios. Para quienes la verdad es tan “sólo una monotonía” irreverente, que descarna la única consolación posible: “la propia vida”. Así parten el pan de la experiencia en el atrevimiento de la lectura. Son las voces que Héctor Tizón urde en el tejido de la memoria como “Luz de las crueles provincias” (el mismo título de su novela). “Lo que distingue verdaderamente al hombre del animal son los recuerdos y la esperanza”. Esa memoria -que también puede ser “un veneno que solo sirve para ablandar la entereza de los hombres”- algunas veces emerge como “recuerdo de ese instante perdido en el trasfondo” de la existencia y “puede ser más nítido y real que la propia realidad de los sentidos”. Es la tenue luz de la vida que cuaja en saber el andar de su experiencia. “Porque es verdadero todo lo que conmueve el corazón humano”. Y si bien seremos siempre “seres errantes, exiliados sobre la tierra”, seres que buscan por doquier un hogar: “lo sabio es viajar y no llegar nunca”, como demora en el tránsito fugaz de los días, como rumiar de los pasos donde “se vive vertiginosamente para ya no vivir”. “Porque es verdadero todo lo que conmueve el corazón humano” y la vida es el saber más profundo -incluso- aquel en el que se enraíza todo atisbo de verdad. Aún cuando para aquellos personajes la vida parezca irreal y sólo exista “la ilusión de la vida”, aún cuando se les presente como un gran error o un sueño “porque muerte y eternidad reducen todas las grandezas a la nada”; “la vida no es dolorosa, lo doloroso es pensar en la vida. Esto es lo que nos hace malos, tristes, desagradecidos”. Pensar que no percibe “días de sol” en sus recuerdos. Porque piensa con una razón como “coartada que acaba endureciendo el corazón”. Hay que pensar con el cuerpo, “la vida es el cuerpo”, “no hay otra verdad, no existe la verdad abstracta, más allá de la punta de mis dedos, de mis labios, nada existe”, sólo lo que está al alcance de la mano nos da placer; la metafísica nos aleja de él”. Y sin embargo, la vida nos otorga siempre el saber más gozoso, el que alimenta otra razón como ojos de la carne, e incluso estalla en el cuerpo abstracto de su lucidez. Es que el “tiempo no borra nada” más bien añade, y en la suma de su ingravidez, cuando envejece el hombre “comienza a ver con la inquietante y temible claridad de la infancia”. La maestría y hondura de Héctor Tizón deja a las claras, como rumor de manos que tantean la luz, las fuentes de esa “resplandeciente certidumbre” que nos otorga el vivir cuando prestamos oído a la voz del corazón. Más allá de la melancolía, las decepciones, la extrañeza de la tierra o el dolor de una existencia transcurrida como metáfora escrita por otros, los personajes de Tizón en “Luz de crueles provincias” trasuntan una sintonía que nos alcanza y conmueve. Que nos urge preguntarnos cómo ellos mismos hacen una y otra vez, ¿qué es la vida?
En las últimas décadas, quizá nadie como Michel Henry ha intentado pensar con tanta amplitud y rigor la esencia, el sentido y el saber de la vida. No cuesta imaginar cuánto habría que ponderar en la gestación de sus ideas los golpes de experiencia que jalonaron su trayectoria. Desde la infancia en Vietnam, donde nació en 1922, hasta la experiencia de la clandestinidad como miembro de la resistencia entre los maquis del Haut Jura.
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"El rostro invisible"
Ricardo Abella
Berna 2010
Suiza |
Y tras ello las marcas de un itinerario intelectual que opta centrar su esfuerzo en la maduración de una reflexión intensamente personal, más allá de las atracciones de una carrera profesional en los centros parisinos de mayor brillo.
Hay un interrogante que se ancla en el corazón de esa reflexión en tanto muerde la médula del vivir: ¿qué es nacer? ¿qué significa para nosotros vivientes, venir a la vida? Ello es un “acceder a la vida de tal forma que se llega a ser viviente en sí mismo”. El carácter original de la vida es para nosotros justamente la posibilidad de experimentar en nosotros mismos y continuamente el propio vivir.
Como algo que nos afecta desde nuestra propia interioridad. Ni ajeno ni exterior. Es la experiencia límite del comienzo que late tras nosotros en el misterio del nacer. Venir a la vida es venir de la vida, de tal forma que ella no es el punto de llegada sino el punto de partida. Por ello sólo podemos comprendernos desde el enraizamiento en esa vida que nos precede en el engendrase continuamente a sí misma en nosotros. Como si vivir fuera en un sentido profundo y real renacer inagotablemente.
Cabe aquí entonces revertir el cansancio de los personajes de Tizón. Sin duda como ellos afirman “sólo es interminable lo que no empieza y en cambio nada de lo que tiene comienzo es eterno”. Pero la vida no es el tedio de un final demorado. Pues si vivir presupone nacer, ello es así -no tan sólo porque es menester un comienzo en nuestra propia noche. Sino porque vivir (para nosotros) es la experiencia de sí mismo como renacer interminable; como enraizamiento profundo en el gozo y el sufrir de lo que nos precede y nos funda: la vida. Sólo en ello podemos habitar la posesión de nosotros mismos. De algún modo, recobrar día a día “la inquietante y temible claridad de la infancia”.
Carlos Ruta
octubre 2010. |