6 de junio de 2010
Al mañana,
 aunque nos preocupe,
he de decirle que sí.

Wolfgang Borchert
Entre los años 1994 y 1995 -aunque concluida en una versión final en el 2000- Valentin Silvestrov compone su sexta Sinfonía. Como ha sugerido Herbert Glossner, la obra desde el inicio de su audición evoca la misma experiencia a la que se refiriera Marcel Proust en su obra À la recherche du temps perdu (En la búsqueda del tiempo perdido), cuando frente a una taza de te el narrador señala: Et tout d’un coup le souvenir m’est apparu (De un golpe todo el recuerdo se me hizo presente). Ese mismo narrador, envuelto en aquella experiencia,  decide escribir una gran novela en la convicción de que la obra de arte es el único medio capaz de recuperar el pasado. También la Sinfonía de Silvestrov nos deja recobrar la música perdida del pasado, envuelta en la música del presente. Una música que transita de una orilla a otra, que es pasaje por diferentes espacios sonoros a través de una melodía: casi como un “bote a remos imaginario” (la expresión es de Tatiana Frumkis) que permite construir ese “estilo metafórico” en el que Silvestrov envuelve sutiles tonalidades de tiempo. Toda una factura como Metamusik, (título de una de sus obras), que urde mundo con las piezas perdidas del pasado al tiempo que recompone una siempre frágil unidad para las astillas que restan tras el estupor del presente.  Como esa música, la gran literatura es también un hilo sonoro que sutura el tiempo del hombre. Una fragua que madura toda duración en experiencia, a cuyo amparo es posible –una vez más-  la existencia.  Quizá (por razones diversas) cabe recordar aquí la obra y la figura de Borchert para quien: “tan sólo embriagado de luz y oscuridad es como la vida deja –en verdad- vivirse”. Justamente en sus textos puede percibirse como la escritura y la experiencia poética abren ese mismo juego de matices en el que el tiempo recobra (y entrega) espesor y verdad.

Hace 63 años. El 20 de noviembre de1947 moría en Basel Wolfgag Borchert a la edad de 26 años. Prácticamente, en tan sólo dos años (y casi postrado en cama) escribe toda su obra (poesía, teatro, narrativa). Aquellos últimos años, signados por las consecuencias del tifus y la ictericia -contraída en el hospital militar al que fuera trasladado desde el frente ruso a finales del 42 por motivo de congelación- son testimonio, en su obra y su experiencia, del drama de su tiempo: el quiebre de tantos mundos en la disolución de la vida.  Se palpa en los textos de Borchert como la signatura de un desconcierto y turbación ante el hundimiento de los lazos que otorgan sentido a la ya inherente fragmentación de toda cosa en el decurso insospechado de la vida humana. A la experiencia personal de la guerra -vivida como soldado en una unidad blindada y en dos ocasiones como condenado a prisión por sus reiteradas disidencias con el régimen- se uniría, más tarde, el panorama desgarrador de la posguerra. En todo ese tiempo lo abriga y sostiene el pulso creativo de su anhelo por el arte. Es así que en 1945 mientras servía en el frente occidental, al rendirse su unidad  ante los franceses en las cercanías de Franfort del Meno y mientras es trasladado a un campo de prisioneros, logra burlar los guardias y escapar: recorre entonces, enfermo y a pie, los 600 kilómetros que lo separaban de su ciudad natal Hamburgo. A partir de allí dedicaría su vida al teatro y la escritura -mientras su salud no dejaba de empeorar.

La más alta poesía y la más profunda literatura, como la música genuina en un plano diverso, serán siempre, al menos, el intento (muchas veces ciego) de configurar o rastrear un “mundo” como unidad de sentido. [Por ello, también quizá, la vitalidad de la lectura como reunión de añicos en un mundo de mundos.] Reunir escorzos heridos de miradas estrábicas bajo la débil luz de un sentido que no ahogue (sino sostenga en tensión) las contradicciones y paradojas que conforman el tránsito breve de lo humano.  Los textos de Borchert resuman ese tanteo en la noche que descubre o moldea figuras ante el desconcierto de los sentidos o el fracaso de la razón.   Esa escritura es también fraguada en interrogantes que abren hendiduras de sentido en el duro acontecer de los días. Los 19 relatos breves que compondrían Am diesem Dienstag (En ese martes), una colección escrita entre el otoño del 46 y el verano del 47, dibujan rastros de humanidad sumergidos en el fuego del horror, resistiendo la intemperie del alma, sosteniendo la ternura solidaria. Sin embargo hay una poesía –de ese período- que me impresiona.
"La sombra de los signos"
Ricardo Abella
Berna 2010
Suiza
Fue escrita en 1945, justamente mientras huía del ejército francés en dirección a su hogar: el poeta contempla el paisaje desde la ventana de una taberna (Am Fenster eines Wirtshauses…) al tiempo que el atardecer ya comienza. Las flores del manzano, el croar de las ranas a los pies de la pasarela, el canto de los pájaros, el zumbido de las abejas: todo parece brindar serenidad  y reposo al día que acaba. Sólo su alma permanece aún de camino (…nur meine Seele / ist noch unterwegs.)   Lejos, las luces de una cuidad anhelada cuentan de la vida que sigue latiendo. Sin embargo, el alma de quien aún no encuentra un hogar, se arropa de preguntas al caer de la noche: “¿Por qué las flores no tienen pena? ¿Por qué los pájaros no lloran a nadie? …y silencioso, el viento se apiada del hombre hasta que, en el sueño, olvida el mundo…” Los interrogantes, incluso en su propia incertidumbre, reúnen los pedazos caídos de un mundo en que la vida sobrelleva  el desgarro de la violencia y el desamparo bajo el absurdo de la guerra.  El poema descarna el desquicio del hombre con el tiempo de la naturaleza. Y en ello anuda fragmentos, sin que mengüe la profundidad de una mirada nacida del estupor.

Es que la poesía es también nudo de preguntas que sostiene vigilia en la noche de las cosas. Otra música, que abriga bajo otro tiempo, el acaecer del hombre. También allí, el pasado retorna con la fuerza del futuro que lo sostiene.

Carlos Ruta
Junio 2010
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