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Acerca de la verdad. Construcción, descubrimiento y enmascaramiento en la representación de masacres históricas

Acerca de la verdad. Construcción, descubrimiento y enmascaramiento en la representación de masacres históricas

Nicolás Kwiatkowski

Instituto de Altos Estudios Sociales / CONICET, Argentina11. Quisiera agrad (…)

Los filósofos y, en general, las gentes de letras tienden a vivir una vida dominada por las palabras y olvidan incluso que la función esencial de las palabras es tener una conexión de algún tipo u otro con los hechos, que en general son no-lingüísticos. Algunos filósofos modernos han llegado a decir que las palabras nunca deberían confrontarse con hechos, sino que deberían vivir en un mundo puro, autónomo, donde se comparan solo con otras palabras. (…) Estos autores nos dicen que el intento de confrontar el lenguaje con los hechos es “metafísica” y que, por ello, debe condenárselo. Se trata de una de esas concepciones que son tan absurdas que solo pueden ser adoptadas por eruditos.
Bertrand Russell22. Bertrand Russe (…)

En 2005, la BBC puso al aire un documental titulado Auschwitz: The Nazis and the Final Solution. La obra se inicia con estas palabras:

Este es el lugar de la mayor masacre en la historia del mundo: Auschwitz. Un millón cien mil personas murieron aquí. Más que el total de bajas británicas y americanas a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial. Esta es la historia de la evolución de Auschwitz y la mentalidad de sus perpetradores. Es una historia basada, en parte, en documentos y planos descubiertos tras la apertura de archivos en Europa del Este, e informada por entrevistas con personas que estuvieron allí, incluidos antiguos miembros de las SS.
Oskar Gröning: “Y si te preguntas si esto es realmente necesario, te respondes ‘sí, por supuesto, se nos ha dicho que estos son nuestros enemigos y estamos peleando una guerra’”.
Pero los horrores de Auschwitz no ocurrieron aisladamente. El campo se desarrolló junto con el plan nazi para la conquista de Europa del Este. Una guerra de destrucción como ninguna otra en tiempos modernos. Una en la que civiles inocentes eran asesinados por escuadrones de la muerte.
Hans Friedrich: “La orden decía: se les debe disparar. Y para mí, eso era una obligación”.
A medida que la guerra se desarrollaba, los líderes nazis concibieron una de las políticas más infames en la historia humana. Lo que llamaron la “Solución Final”, el exterminio de los judíos. Y en Auschwitz recorrieron el largo y complicado camino hacia la masacre para crear esto, el edificio que simboliza su crimen, una fábrica de muerte.33. This is the si (…)

En 1992, Hayden White escribió:

Obviamente, consideradas en tanto que relatos de acontecimientos ya establecidos como hechos, “narraciones distintas” pueden evaluarse, criticarse y ordenarse según su fidelidad al registro histórico, su amplitud y la coherencia de los argumentos que puedan contener. Pero las narraciones no están compuestas solamente por afirmaciones de hecho (proposiciones existenciales singulares) y argumentos, lo están también por elementos poéticos y retóricos gracias a los cuales lo que de otro modo sería una lista de hechos se transforma en una historia. Entre estos elementos están los patrones históricos generales que reconocemos como aquellos que proveen “tramas”. (…) Aquí, el conflicto entre dos narraciones tiene menos que ver con los hechos en cuestión que con los distintos sentidos que se asignan a los hechos gracias al entramado. (…) ¿Puede decirse que conjuntos de acontecimientos son intrínsecamente trágicos, cómicos o épicos, de modo que la representación de esos acontecimientos como una historia trágica, cómica o épica puede estimarse en relación con su precisión factual? ¿O todo tiene que ver con la perspectiva desde la que se ven los acontecimientos?44. Hayden White. (…)

En principio, White no cuestiona aquí la posibilidad de verificar con precisión el suceder de acontecimientos pasados, pero sostiene que un relato histórico acabado tiene como condición misma de su existencia una forma de entramado que construye un principio, un medio y un final en el marco de una interpretación específica. En consecuencia, las explicaciones históricas están determinadas por una selección limitada de formas retóricas, y no hay ningún criterio externo al lenguaje para establecer que una interpretación sea más verdadera que otra. Llevando este argumento al extremo, autores como Keith Jenkins han propuesto que “las historias no son más que teorías respecto del pasado” y “solamente las teorías pueden constituir lo que cuenta como hecho”.55. Keith Jenkins. (…)

Intentaré defender en el texto siguiente una posición que se opone a la de White y que, hasta cierto punto, muchos de mis colegas historiadores considerarán algo anticuada. Como demuestra el fragmento citado del guión de la BBC, relatos contrastantes de lo ocurrido en Auschwitz no implican solamente una diferencia de entramado, sino también una consideración opuesta del registro histórico: la distinción entre disparar a “enemigos” y asesinar a “civiles inocentes” es bastante más que una diferencia de “perspectivas”. Sostendré, en consecuencia, que el contenido de verdad de las afirmaciones de los historiadores es fundamental, y no accesorio, para la evaluación de las narraciones que producen. La disciplina historiográfica provee a quienes la cultivan una serie de herramientas y prácticas que permiten establecer, provisoriamente aunque con cierto grado de certeza, una verdad respecto de parte de la realidad pasada, y la retórica no es necesariamente ajena a las afirmaciones factuales basadas en la evidencia. Tras una exposición escueta de una definición posible de verdad y de las críticas que se le han opuesto, me detendré en algunas consideraciones respecto de los fundamentos historiográficos para la búsqueda de la verdad en el pasado. Eso implicará una reflexión acerca de las relaciones entre historia y memoria, que dará pie, luego, a un análisis de un concepto de justicia que tenga entre sus condiciones de posibilidad el establecimiento de un conocimiento aceptable de la verdad pasada.

Lamentablemente, tanto por cuestiones de espacio cuanto por los límites de mi propio conocimiento al respecto, no puedo ocuparme aquí en profundidad del tema de la definición de la verdad, que tanto y con tanta justicia apasiona a los filósofos. Sin embargo, al abordar los problemas que me propongo tratar aquí, es preciso hacer algunas consideraciones al respecto. En consecuencia, permítaseme aceptar por simplicidad una noción básica, la de verdad como correspondencia, que Tomás de Aquino definió sintéticamente al afirmar que “la verdad es la conformidad entre el intelecto y las cosas”.66. “Veritas est a (…) Se trata de una conceptualización de la verdad que también aceptaba Kant en la Crítica de la razón pura,77. Immanuel Kant. (…) aunque de inmediato reconocía la dificultad de encontrar un método o criterio para establecer cuáles juicios son verdaderos y cuáles no lo son. Seguramente, las verdades así definidas que pueden alcanzarse son siempre provisionales y pueden modificarse gracias a nuevas investigaciones. Más aún, existe cierta especificidad de las verdades histórico-sociales que las diferencia de aquellas referidas al mundo físico: no es menos importante entre ellas que, para alcanzar un conocimiento del pasado, el investigador histórico-social puede basarse en evidencias, pero no en la repetición de pruebas de laboratorio. Las sociedades no pueden dividirse a voluntad en variables manipulables analíticamente, y la yuxtaposición de análisis de diversos desarrollos históricos no hace posible la validación de teorías sociales.88. Algunos teóric (…) Un conjunto de particularidades adicionales proviene de que, tal como lo había ya descubierto Droysen, el pasado está en el presente y es comprendido siempre desde ese presente.99. Ver Johann Gus (…) Permítaseme reconocer también que esta idea de verdad ha sido objeto de cuestionamientos numerosos, del nihilismo al constructivismo, que no puedo discutir aquí.1010. Respecto del n (…) Pero quisiera aclarar que la adopción de una noción de verdad por correspondencia no implica la ingenuidad de negar la existencia de vínculos entre las relaciones sociales de poder y dominación y las formas en que una sociedad determinada concibe lo que es verdadero y falso.1111. Es obvia aquí (…) Por el contrario, el estudio serio de esas relaciones en el presente y en el pasado puede contribuir a descorrer los velos de la ideología que pretenden ocultarlas y, en consecuencia, acercarnos a una mejor, aunque provisoria, comprensión del mundo, que podemos llamar verdad. Más aún, pese a los inconvenientes ya indicados de esta noción simple de verdad, puede destacarse una de sus ventajas: frente a algunos excesos constructivistas o posmodernos, reconoce la existencia de una realidad exterior a los textos.

Discutida entonces, con las limitaciones del caso, la cuestión de la verdad en general, son necesarias algunas consideraciones sobre el asunto en el campo específico de la historiografía. A mediados del siglo XIX, los historiadores pensaban que reconstruían sin inconvenientes lo realmente acontecido en el pasado o, por decirlo con una frase famosa, que contaban la historia “tal como efectivamente sucedió”.1212. El dictum pert (…) Las impugnaciones a esa noción algo ingenua han sido muchas y, algunas de ellas, tan bien fundadas que sería imposible resumirlas aquí. Pero los primeros historiadores profesionales, e incluso antes muchos de sus predecesores humanistas como Lorenzo Valla, sabían ya muy bien que la mediación documental implica dificultades, y para enfrentarlas desarrollaron métodos diversos de comprobación que permiten minimizar la posibilidad de cometer errores y maximizar la de detectar falsificaciones. A lo largo del siglo XX ha crecido también entre los especialistas la conciencia de que los documentos del pasado son parte de la realidad del pasado, pero no son la realidad del pasado en su totalidad, y han aprendido también a admitir la inutilidad y la imposibilidad de construir un mapa tan grande y detallado como el terreno que buscan describir. Más aún, los historiadores han aceptado que nuestro pasado se distancia de nosotros aceleradamente, y que el deseo de “hablar con los muertos” que los impulsa a emprender sus indagaciones es una intención sana pero irrealizable.1313. Stephen Greenb (…) Walter Benjamin también les ha enseñado que aunque “nada de lo que se ha verificado está perdido para la historia, (...) solo a la humanidad redimida le concierne enteramente su pasado”.1414. Walter Benjami (…)

De un modo algo más traumático, los historiadores han caído en la cuenta de que existen regímenes retóricos que ellos mismos utilizan, incluso de manera inadvertida, para dar la apariencia de verdad a hipótesis que no han sido completamente verificadas. Hayden White, uno de los primeros exploradores de estos procesos, no niega en principio la existencia de realidades extratextuales:

Yo sé que “el Imperio Romano”, “el papado”, “el Renacimiento”, “el feudalismo”, “el Tercer Estado”, “los puritanos”, “Oliver Cromwell”, “Napoleón”, “Benjamin Franklin”, “la Revolución Francesa”, etc. –o al menos entidades a las que estos términos refieren– preexistieron a cualquier interés por ellos de algún historiador dado. Pero una cosa es creer que una entidad alguna vez existió, y otra completamente distinta es constituirla como un posible objeto de un tipo específico de conocimiento. Esta actividad constitutiva es, creo, una cuestión de imaginación tanto como de conocimiento.1515. Hayden White. (…)

A partir de ideas como esta, su proyecto principal ha sido la identificación de las figuras discursivas que dominan y condicionan todas las posibilidades de narración y explicación histórica (los cuatro tropos clásicos de metáfora, metonimia, sinécdoque e ironía).1616. Ver Hayden Whi (…) En consecuencia, la historiografía sería “una operación de construcción de ficciones”, que no implica una descripción más verdadera de la realidad que la de una novela, de modo que no tiene sentido evaluar la labor de los historiadores de acuerdo con su éxito en la descripción de la realidad pasada. Solo las propiedades formales del discurso historiográfico, no su contenido, permiten distinguir las variedades de ese discurso; la confiabilidad de una historia, su vínculo con fenómenos externos al texto, su honestidad y su objetividad se vuelven irrelevantes.1717. Ver Hayden Whi (…) Estas ideas son, por supuesto, cercanas a las convicciones del giro lingüístico: el lenguaje es un sistema autocontenido de signos, cuyos significados están determinados por sus relaciones entre sí, y no por sus vínculos con un objeto o sujeto extralingüístico. En consecuencia, la creación de sentido es impersonal: quienes usan el lenguaje lo habitan, pero no lo controlan.1818. Ver al respect (…) En formulaciones extremas, que derivan de las investigaciones originales de White, esta crítica implica que sería imposible distinguir entre un relato histórico y un relato de ficción, de manera que el realismo histórico, particularmente aquel de los historiadores decimonónicos, sería apenas una forma de expresión retórica, producto de opciones estéticas que determinan el modo en que se aborda la evidencia histórica.

Los historiadores sintieron el impacto de ese desafío, que produjo de inmediato un diagnóstico de crisis.1919. The return of (…) Muchos de ellos rechazaron el enfoque: el gran Arnaldo Momigliano fue contundente al respecto y sostuvo que el historiador opera bajo el supuesto de que es posible reconstruir el pasado a partir de los documentos; si un epistemólogo logra convencerlo de lo contrario, debe cambiar de oficio.2020. Ver Arnaldo Mo (…) Los riesgos que implicaría la adopción de la perspectiva de White fueron bien indicados por Perry Anderson, en un texto célebre sobre el negacionismo.2121. Ver Perry Ande (…) Michel de Certeau y Paul Ricœur exploraron también el entramado literario de la historiografía: incluso los textos que prestan más atención a la estructura que a la acción de los sujetos tienen un carácter narrativo y responden a una temporalidad hasta cierto punto subjetiva.2222. Ver Michel de (…) Algunos especialistas aceptaron que solo accedemos a la realidad del pasado mediante textos –y otros vestigios–, pero rechazaron el postulado de que la lógica hermenéutica que gobierna la producción del discurso sea idéntica a la lógica práctica que domina las acciones y la conducta; la experiencia es irreductible al discurso, y la construcción de intereses por medio del discurso está determinada socialmente. En consecuencia, el objetivo de una historia que busque identificar la forma en que los actores sociales dan sentido a sus prácticas y discursos sería la identificación de tensiones entre las capacidades inventivas de los individuos y las comunidades y los límites, normas y convenciones que limitan lo que es posible pensar, decir y hacer.2323. Ver Roger Char (…) Más aún, las reglas científicas de la disciplina, tanto como la evidencia disponible, determinan el contenido y la validez del discurso con una fuerza incluso mayor que las formas de entramado. En un texto crítico de las ideas de Paul Veyne, el propio De Certeau había destacado que los historiadores ven limitado el espacio de maniobra de su retórica tanto por su posición en el campo cuanto por las prácticas y técnicas del oficio.2424. Ver Michel de (…) Finalmente, aunque es innegable que existen estrategias discursivas por las cuales los historiadores enfatizan el modo en que la verdad del pasado aparece desvelada en sus textos, es necesario reconocer con Carlo Ginzburg que la concepción de la retórica que subyace en la obra de White es de raíz nietzscheana y lleva a un relativismo escéptico fundado en un ocultamiento parcial.2525. Ver Carlo Ginz (…) En este sentido, lo que el argumento posmoderno esconde es la existencia de una dimensión referencial de la retórica, que fue cultivada por Tucídides, Platón y Aristóteles, para la cual la evidencia es absolutamente fundamental. Esa retórica refiere siempre a relaciones sociales y relaciones de poder, por lo que su estudio echa luz sobre esas relaciones, sobre el poder de un grupo o cultura para definir estándares de justicia o dictar lo que debería saberse. Así, una de las tareas del historiador es situar la retórica de un documento en el mundo al que refiere, como un testimonio de las relaciones de poder, de manera que el papel de los restos del pasado –entre ellos, los documentales–, concebidos como evidencia, adquiere gran importancia. Esta dimensión referencial de la retórica se convierte entonces en un instrumento de investigación mediante el cual los historiadores buscan conocer el mundo y, en consecuencia, reconstruir la verdad del pasado.

Teniendo en cuenta lo anterior, es posible proponer que historiadores, antropólogos, etnógrafos, historiadores del arte y otros exploradores del pasado y el presente cuentan con herramientas y métodos que permiten fundar en la evidencia un conocimiento veraz, aunque siempre provisorio, del pasado. Se ha sugerido que en esa empresa la historia y otras ciencias humanas optan por un método indiciario, semejante a las técnicas utilizadas por los detectives y a la semiología médica, porque prefieren conclusiones provisorias y no matematizables pero relevantes, por sobre aquellas matematizables y universalizables producidas por el método galileano –crucial en la ciencia natural, pero que produciría resultados irrelevantes en el estudio del mundo social del pasado–.2626. Ver Carlo Ginz (…)

Reinhart Koselleck realizó dos aportes fundamentales para este debate. En primer lugar, en Futuro pasado, la discusión de los conceptos de espacio de experiencia y horizonte de expectativas implica el carácter condicional de las experiencias del pasado: los hechos históricos ocurren de una vez y para siempre, las experiencias basadas en ellos se superponen y se impregnan las unas a las otras.2727. Ver Reinhart K (…) No es caprichoso pensar que las verdades provisorias a las que pueda arribar la historiografía contribuyen a la construcción de esas experiencias cambiantes: una historiografía que desatienda la verdad implicaría entonces también la construcción de horizontes de expectativa condenados al fracaso. En segundo término, Koselleck otorga un lugar privilegiado en su análisis al modo en que la organización social determina en buena medida la forma que adquiere la temporalidad histórica: a las transformaciones sociales de la modernidad se corresponde una aceleración del tiempo histórico, lo que nuevamente refiere a los aspectos extralingüísticos de la experiencia. Finalmente, el investigador alemán nos ha advertido también respecto de los riesgos de la relatividad absoluta implicada por el concepto de historicidad, así como de las condiciones para una construcción teórica fuerte en la historiografía a partir de una reflexión acerca del tiempo histórico y las transformaciones conceptuales. La conclusión de Koselleck no es ajena al problema de la verdad:

Comparada con la infinitud de totalidad pasada, que ya no nos es accesible como tal, cualquier declaración histórica es una reducción. En los alrededores de una epistemología ingenua-realista, todas las obligaciones a reducir son obligaciones a mentir. Pero se puede desistir de mentir si uno sabe que la obligación a reducir es una parte inherente de nuestra ciencia.2828. Reinhart Kosel (…)

Más aún, en un célebre debate con Hans-Georg Gadamer, nuestro autor defendió una teoría de la historia fundada en elementos extralingüísticos. De acuerdo con su argumento, el historiador alcanza la verdad por medio de la fuente escrita, mas no la encuentra directamente en ella. A diferencia de las disciplinas paradigmáticas de la hermenéutica gadameriana, la historiografía de Koselleck no se interesa propiamente por el texto con vistas a una aplicación del sentido a su realidad, sino que se aproxima a la fuente como testimonio de una realidad extratextual que, si bien está mediada lingüísticamente, excede al lenguaje.2929. Ver Reinhart K (…) Gadamer, por su parte, admite que la historiografía aspira a acceder a una realidad exterior a los textos, pero mientras para Koselleck esto significa que la Histórica es casi una superación de la hermenéutica, Gadamer cree que esa superación no ocurre, por cuanto el historiador, en tanto ser histórico, pertenece a tradiciones. Esta es, por lo demás, otra diferencia entre la historia y las llamadas ciencias duras: en tanto el historiador pertenece a una o varias tradiciones –y se opone a otras tantas–, no puede ser nunca exterior a los problemas del pasado que se propone estudiar, por no hablar de los casos en que esos temas estudiados comprometen de manera profunda las emociones más fundamentales del investigador.

Tal vez un ejemplo permita aclarar estas ideas. Desde muy temprano, los historiadores que se dedican a la Segunda Guerra Mundial pudieron decir que un grupo de oficiales nazis, encabezado por Reinhard Heydrich, se había reunido el 20 de enero de 1942 en el suburbio berlinés de Wannsee, con el fin de discutir diversas “soluciones” para el “problema judío”. Ese temprano conocimiento de la conferencia se debe a que, en 1947, Robert Kempner, uno de los fiscales estadounidenses de los Tribunales de Núremberg, descubrió una copia de las minutas de la conferencia (Besprechungsprotokoll), cuyas reproducciones Adolf Eichmann había enviado a cada uno de los participantes.3030. Ver David Cesa (…) Sin embargo, ese documento no menciona explícitamente el exterminio masivo –aunque sí hace referencia a que, luego de la expulsión masiva, se impondrá “un tratamiento de los más resistentes de acuerdo con los principios de la selección natural”–.3131. La cita es de (…) Gracias a la declaración que el propio Eichmann hizo en el juicio en Jerusalén, en 1962, sabemos hoy que esa “solución” se discutió sin eufemismos en el encuentro de Wannsee, e incluyó argumentos sobre “métodos de asesinato, liquidación y exterminio”, durante la conversación informal que se extendió luego de la reunión protocolar. A ello pueden sumarse otros elementos y herramientas utilizadas para la reconstrucción de lo acontecido, que omito aquí en honor a la brevedad.3232. Al respecto, v (…) En consecuencia, la afirmación “La solución final se discutió en Wannsee”, que nos parece indiscutiblemente verdadera, se basa en evidencias, testimonios y vestigios del pasado, que son de clases y orígenes diferentes, algunos más cercanos y otros más lejanos al hecho mismo, que los buenos textos de historia hacen bien en distinguir explícitamente. Es innegable que esa afirmación –verdadera al menos provisionalmente, hasta que se descubran nuevas evidencias que modifiquen ese carácter– ha sido producida por los historiadores, no solo porque todas las afirmaciones, en cuanto textos, son elaboraciones, sino también porque la base documental y de evidencias que la sustenta es un producto del trabajo de historiadores, fiscales, sobrevivientes y otros actores históricos. Sin embargo, incluso si aceptáramos que esa afirmación es una construcción, al encontrarse fundamentalmente constreñida por la evidencia disponible, lo sería de un tipo muy diferente de otro, también muy frecuente, orientado al enmascaramiento.

Nada de esto significa que la historiografía sea la única disciplina capaz de emprender la búsqueda de la verdad en el pasado o de comprenderlo. Es claro y notorio que, por ejemplo, grandes obras de ficción, sean literarias, teatrales o cinematográficas, permiten en muchos casos alcanzar un entendimiento formidable del mundo, las ideas y los sentimientos. No discutiré aquí las diferencias entre textos de ficción y textos históricos, ni el viejo topos de la distinción entre poesía e historia. Quisiera, sí, insistir una vez más en que la diferencia fundamental entre obras de ficción y obras de historiografía está dada por el papel que las diversas formas de evidencia deben respaldar los juicios historiográficos de verdad.3333. Para un anális (…) Esa verdad provisoria que los historiadores alcanzan respecto del mundo del pasado es frágil. Y tiene, por cierto, un componente de producción laboriosa: entre otras cosas fundamentales, son los historiadores quienes elaboran, desde el presente, las preguntas e hipótesis que formulan a las evidencias supervivientes del pasado. Es precisamente en un intento por indicar los vínculos y diferencias entre elaboración propia y evidencia externa que los historiadores distinguen qué han elaborado, qué relatos han producido, qué partes de ellos provienen de fuentes y cómo las han abordado críticamente. Signos textuales como las comillas y aparatos eruditos como las citas bibliográficas y de fuentes en notas al pie no son una mera jactancia intelectual, sino formas de señalar estas diferencias. No son los únicos: a ellos se suman, por ejemplo, indicaciones explícitas de que una descripción del pasado proviene de la combinación de evidencias de diverso tipo y origen.

En esta búsqueda del conocimiento fidedigno de tiempos precedentes es preciso también tener en cuenta la existencia de cierta disparidad entre historia y memoria, aunque no se trata de una divergencia irrecuperable. En páginas famosas, Maurice Halbwachs descubrió el proceso por el cual la memoria depende del entorno social, de modo que cada individuo está poseído por múltiples memorias colectivas, a las que cobija en estado de latencia hasta que se las activa y se las reformula en una relación de enriquecimiento mutuo con la experiencia actual.3434. Ver Maurice Ha (…) La memoria, entonces, se vincula con tradiciones y testimonios, por lo que se conserva en tanto continúen existiendo grupos de personas capaces de recordar lo que ha ocurrido: en un extremo, permanece mientras existan testigos. Halbwachs reconoce que no es fácil precisar cuándo un recuerdo colectivo ha salido definitivamente de la conciencia social, por cuanto es suficiente que aquel se conserve en alguna parte del cuerpo social para que pueda ser descubierto una vez más. Obviamente, la memoria “cumple funciones de cohesión colectiva al desplegar comportamientos que adquieren el carácter de políticos”,3535. Juan Sisino Pé (…) mediante la creación de mitos y justificaciones que luego la historia debe corregir. En ese sentido, la memoria es selectiva, política, ideológica, selecciona los recuerdos que conserva de acuerdo con relaciones de poder imperantes en un determinado momento y un determinado lugar. Es por ese motivo que la idea de “memoria completa” es una falacia: la contracara de todo proceso social de memoria es un proceso social de olvido. La historia, por su parte, aparece cuando la memoria ha dejado de existir y, en consecuencia, se sitúa necesariamente por fuera de grupos determinados de antemano, aunque se vuelve ella misma creadora de memorias, algo evidente con los procesos de surgimiento y desarrollo de los Estados nacionales y los nacionalismos, que han hecho de ella el instrumento privilegiado para la construcción de identidades colectivas.3636. Benedict Ander (…) Más allá de ello, los hechos a los que pretende referir la historia son distintos de aquellos abordados por la memoria, entre otras cosas porque, salvo en el estudio del pasado reciente, la historia no se basa en testimonios directos, sino en vestigios de varios tipos (textuales, visuales, arqueológicos), sobrevivientes del pasado.

Al mismo tiempo, hay en la historiografía, particularmente en aquella que se ocupa de grandes matanzas y genocidios, un compromiso diferente de aquel que caracteriza a la memoria. El intento siempre frustrado y siempre reiniciado de “conversar con los muertos” para acceder a la verdad del pasado debe, entre los historiadores, priorizar el conocimiento que puede derivarse de las evidencias que han llegado hasta su tiempo. Es dentro de los límites que fijan esos restos del pasado, y a partir del proceso de recuperarlos del abandono y el olvido, que el historiador emprende la elaboración de un discurso sobre lo ocurrido. Ello no implica, en ningún caso, la necesidad de abandonar a las víctimas. Por el contrario, esa reconstrucción provisoria de lo ocurrido a partir de la evidencia permite distinguir perpetradores y víctimas, y llevará posiblemente a reivindicar a estas últimas, pues al haber sufrido una violencia que no responde a razón alguna, su inocencia queda realzada en la misma medida que la culpabilidad del perpetrador queda firmemente establecida. Esta concepción del papel de la historiografía en relación con fenómenos de masacre histórica es compatible con la noción de justicia propugnada por Reyes Mate, quien plantea que esta debe basarse en una “reparación del daño personal en la medida de lo posible y en un mantenimiento de la memoria de lo irreparable”.3737. Reyes Mate. Tr (…) El objetivo último de esta idea de justicia es oponer al daño social que provoca el terror la respuesta justa de la reconciliación, no entendida como olvido o culpabilidad de la víctima, sino como “reconciliación social que trata de suturar la fractura provocada por el terrorismo, recuperando para la sociedad a la víctima y al verdugo mediante el reconocimiento de la ciudadanía de la víctima, negada por los violentos ante la indiferencia de los demás”.3838. Reyes Mate. Tr (…) La primera condición previa para una justicia de ese tipo es un juicio justo que establezca la culpabilidad; la segunda es la obligación de que el victimario reconozca el daño producido, que es inexpiable y tiene consecuencias ineludibles; la tercera es el perdón, que solo puede surgir una vez cumplidas las dos anteriores y transforma “la culpabilidad en responsabilidad política consistente en desterrar la violencia de la política”.3939. Reyes Mate. Tr (…) El intento de encontrar una verdad provisoria sobre el pasado que esté estrictamente basada en la evidencia puede entonces contarse entre uno de los sustentos principales para el establecimiento de la justicia.

Sin embargo, Reyes Mate considera que el papel de la historiografía en una empresa tal es problemático pues, en general, los restos que se conservan del pasado tienden a permitir una recuperación de los hechos pasados que “son la parte triunfante de la historia”, de manera que existe el riesgo de “ver lo ocurrido desde el punto de vista del vencedor”.4040. Reyes Mate. Tr (…) Acerca de este punto, quisiera sugerir que la conciencia de que el presente pertenece a los vencedores, que no puede sino surgir de la historia, puede proveer a quien se aventura en el estudio del pasado la capacidad de rescatar a los vencidos de la “enorme condescendencia de la posteridad”, según la contundente frase de E. P. Thompson.4141. Edward Palmer (…) De la misma manera, al tiempo que debe aceptarse que también existen entre los restos del pasado rastros de los sentimientos, pasiones e ideas de los vencidos, es igualmente cierto que en el propio discurso del poder está también la presencia de lo ausente y lo vencido, que el historiador puede rastrear siempre que busque “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”, como proponía Walter Benjamin.4242. Walter Benjami (…) Pero incluso si se acepta este argumento, persiste el problema de la mediación necesaria de los vestigios del pasado para el acceso a tiempos remotos: la relación entre restos del pasado y realidad pasada no es transparente ni inmediata. En cualquier caso, el reconocimiento de ese carácter no implica saltar a la conclusión, algunas veces propuesta por algunos pensadores posmodernos, de que el lenguaje y los documentos (u otras supervivencias del pasado como las imágenes o los restos arqueológicos) son completamente opacos. Es posible que los historiadores positivistas concibieran sus fuentes como ventanas transparentes al pasado, pero el hecho de que no lo sean no significa que debamos pensarlas como gruesos muros imposibles de trasponer.4343. Carlo Ginzburg (…)

Puede que, llegado este punto, algunos lectores tengan una actitud resignada frente a otro historiador testarudo que se resiste a abandonar una visión ingenua de la verdad y, como parte de una tradición materialista obsoleta, se niega a aceptar una concepción más a la moda de las relaciones entre lenguaje y realidad. Los historiadores en particular tal vez afirmen que los efectos de la impugnación posmoderna de concepciones historiográficas anteriores ha sido mínimo –pues aún trabajamos con base en una idea de verdad convencional, aunque lo hagamos sin una justificación epistemológica convincente– o benéfico –porque ha vuelto más atentos a los especialistas frente a condicionamientos retóricos antes ignorados–. Creo que ambas actitudes minimizan tanto los riesgos cuanto la presencia de una aproximación débil respecto de los vínculos entre historiografía y verdad. En cuanto al primer punto, tras las experiencias colectivas radicalmente violentas y traumáticas del siglo XX, en Occidente en general y en Argentina en particular, debería resultar obvio el peligro de proponer que hechos como aquellos lo son solamente de acuerdo con alguna perspectiva o teoría. Respecto del segundo, invito a los colegas a considerar durante unos pocos instantes cuántas veces en el último año han escuchado en ámbitos académicos –pero también fuera de ellos– expresiones del tipo “la objetividad no existe” y cuáles han sido las tesis que se buscaba justificar mediante su uso. Mi argumento es, en definitiva, doble. En principio, que existe una actitud débil hacia la verdad historiográfica, más difundida de lo que se cree. Luego, que si ante grandes masacres históricas estamos dispuestos a fundar la justicia en el perdón, el perdón en el reconocimiento de la culpa, el reconocimiento de la culpa en un juicio y castigo justos y el juicio justo en el establecimiento de la verdad de lo ocurrido, la historiografía y sus técnicas pueden representar un papel destacado en una empresa tan digna. Para hacerlo, sin embargo, los practicantes del oficio deberemos plantearnos primero seriamente el problema de nuestro compromiso con la verdad.

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___ “Historical Emplotment and the Problem of Truth”, en Saul Friedländer (ed.): Probing the Limits of Representation. Cambridge, Cambridge University Press, 1992, pp. 37-53.

El texto histórico como artefacto literario. Barcelona, Paidós, 2003.

1.

Quisiera agradecer los comentarios de José Emilio Burucúa y Julián Verardi a versiones anteriores de este texto, pues me permitieron aclarar pasajes confusos y corregir algunos errores.

2.

Bertrand Russell. My Philosophical Development. London, Unwin Books, 1975, p. 110: Philosophers and bookish people generally tend to live a life dominated by words, and even to forget that it is the essential function of words to have a connection of one sort or another with facts, which are in general non-linguistic. Some modern philosophers have gone so far as to say that words should never be confronted with facts but should live in a pure, autonomous world where they are compared only with other words. (…) These authors tell us that the attempt to confront language with fact is “metaphysics” and is on this ground to be condemned. This is one of those views which are so absurd that only very learned men could possibly adopt them. Se intentará en todos los casos proveer la versión original de las citas junto con una traducción propia o canónica.

3.

This is the site of the largest mass murder in the history of the world—Auschwitz. 1.1 million people died here. More than the total British and American losses in the whole of the Second World War. This is the story of the evolution of Auschwitz and the mentality of the perpetrators. It’s a history, based in part on documents and plans only discovered since the opening of archives in Eastern Europe, and informed by interviews with people who were there, including former members of the SS. Oskar Gröning: “And if you ask yourself if this is really necessary you say to yourself, ‘Yes, of course, we have been told that these are our enemies and there is a war on’”. But the horrors of Auschwitz did not occur in isolation. The camp evolved alongside the Nazi plan for the conquest of Eastern Europe. A war of destruction unlike any other in modern times. One in which innocent civilians were murdered by special killing squads. Hans Friedrich: “The order said—they are to be shot. And for me, that was binding”. As the war developed Nazi decision makers conceived one of the most infamous policies in all history. What they called the “Final Solution”—the extermination of the Jews. And at Auschwitz they journeyed down the long and crooked road to mass murder to create this—the building which symbolised their crime—a factory of death.

4.

Hayden White. “Historical Emplotment and the Problem of Truth”, en Saul Friedländer (ed.): Probing the Limits of Representation. Cambridge, Cambridge University Press, 1992, pp. 37-53, aquí p. 38: Obviously, considered as accounts of events already established as facts, ”competing narratives” can be assessed, criticized, and ranked on the basis of their fidelity to the factual record, their comprehensiveness, and the coherence of whatever arguments they may contain. But narrative accounts do not consist only of factual statements (singular existential propositions) and arguments; they consist as well of poetic and rhetorical elements by which what would otherwise be a list of facts is transformed into a story. Among these elements are those generic story patterns we recognize as providing the “plots”. (…) Here the conflict between “competing narratives” has less to do with the facts of the matter in question than with the different story-meanings with which the facts can be endowed by emplotment. (…) Can it be said that sets of events are intrinsically tragic, comic, or epic, such that the representation of those events as a tragic, comic, or epic story can be assessed as to its factual accuracy? Or does it all have to do with the perspective from which the events are viewed? Hay edición en español: En torno a los límites de la representación. Buenos Aires, UNQui, 2007.

5.

Keith Jenkins. “Introduction: On Being Open about Our Closures”, en Keith Jenkins (ed.): The Postmodern History Reader. New York, Routledge, 1997, pp. 1-30, aquí pp. 8 y 17.

6.

“Veritas est adæquatio intellectus et rei”, Summa I, 16, 1. I.

7.

Immanuel Kant. Kritik der reinen Vernunft. Riga, Johann Friedrich Hartknoch, 1781, A58/B82: Die Namenerklärung der Wahrheit, daß sie nämlich die Übereinstimmung der Erkenntnis mit ihrem Gegenstande sei, wird hier geschenkt, und vorausgesetzt. “La definición nominal de la verdad, a saber, que ella es la concordancia del conocimiento con su objeto, se concede aquí y se presupone”. Crítica de la razón pura, traducción y edición de Mario Caimi. Buenos Aires, Colihue Clásica, 2007, p. 128.

8.

Algunos teóricos han propuesto que una posible solución a ese problema es concebir la historiografía y sus reglas de método a partir de la teoría del caos. Para un ejemplo del debate al respecto, ver la posición a favor de George A. Reisch (“Chaos, History and Narrative”, History and Theory, Vol. 30, 1991, pp. 1-20) y la crítica de Paul A. Roth y Thomas Ryckman (“Chaos, Clio, and the Scientific Illusions of Understanding”, History and Theory, Vol. 34, 1995, pp. 30-44).

9.

Ver Johann Gustav Droysen. Grundriss der Historik. Leipzig, Veit & Comp., 1868.

10.

Respecto del nihilismo, la idea de verdad de Nietzsche es reveladora: “¿Qué es, pues, verdad? Una multitud móvil de metáforas, metonimias y antropomorfismos, en una palabra una suma de relaciones humanas poética y retóricamente potenciadas, transferidas y adornadas que tras prolongado uso se le antojan fijas, canónicas y obligatorias a un pueblo. Las verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son, metáforas gastadas cuya virtud sensible se ha deteriorado, monedas que de tan manoseadas han perdido su efigie y ya no sirven como monedas, sino como metal” (Friedrich Nietzsche. “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, en: Obras Completas. Vol. I. Buenos Aires, Ediciones Prestigio, 1970, pp. 543-556). (Was ist also Wahrheit? Ein bewegliches Heer von Metaphern, Metonymien, Anthropomorphismen, kurz eine Summe von menschlichen Relationen, die, poetisch und rhetorisch gesteigert, übertragen, geschmückt wurden, und die nach langem Gebrauch einem Volke fest, kanonisch und verbindlich dünken: die Wahrheiten sind Illusionen, von denen man vergessen hat, daß sie welche sind, Metaphern, die abgenutzt und sinnlich kraftlos geworden sind, Münzen, die ihr Bild verloren haben und nun als Metall, nicht mehr als Münzen, in Betracht kommen, en: “Über Wahrheit und Lüge im außermoralischen Sinne”, 1873, disponible en https://www.uni-erfurt.de/fileadmin/public-docs/Literaturwissenschaft/ndl/Material_Schmidt/Nietzsche_%C3%9Cber_Wahrheit.pdf, acceso 18 de mayo de 2016). Acerca del constructivismo, podemos definirlo sintéticamente como la idea defendida por quienes sostienen que la realidad es construida por la actividad humana o que inventamos al mundo en lugar de descubrirlo. Sin embargo, pueden distinguirse diversos tipos de constructivismo, pues argumentar que los hechos científicos son construidos o que no hay realidad independiente son hipótesis diferentes, aunque en algunos casos estrechamente vinculadas. Así, existe un constructivismo metafísico según el cual todos los hechos del mundo en que vivimos son construidos, uno epistemológico respecto de lo que puede o no saberse del mundo y uno semántico según el cual la naturaleza no juega rol alguno en la aceptación científica, pero no en el sentido metafísico antes mencionado, sino porque los enunciados no tienen contenido empírico. Acerca del constructivismo y sus límites, ver el excelente libro de André Kukla. Social Constructivism and the Philosophy of Science. London/New York, Rutledge, 2000.

11.

Es obvia aquí la referencia al concepto de hegemonía de Antonio Gramsci, que puede concebirse como un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida, un sistema de significados y valores fundamentales que constituyen un sentido de la realidad y de lo absoluto para la mayoría de los miembros de una sociedad. Gramsci afirma que “la realización de un aparato hegemónico, en cuanto crea un nuevo terreno ideológico, determina una reforma de las conciencias y de los métodos de conocimiento, es un hecho de conciencia, un hecho filosófico” y que “la fundación de una clase dirigente (esto es, de un Estado) equivale a la creación de una Weltanschauung” (Antonio Gramsci. El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Buenos Aires, Nueva Visión, 1971, pp. 46 y 81). (La realizzazione di un apparato egemonico, in quanto crea un nuovo terreno ideologico, determina una riforma delle coscienze e dei metodi di conoscenza, è un fatto di conoscenza, un fatto filosofico; La fondazione di una classe dirigente (cioè di uno Stato) equivale alla creazione di una Weltanschauung, en: Antonio Gramsci. Il materialismo storico. Roma, Editori Riuniti, 1971, pp. 44-46). Desde otra perspectiva, Michel Foucault ha discutido en detalle los llamados “regímenes de verdad”, mecanismos históricamente específicos que producen discursos que funcionan como verdad en tiempos y lugares particulares (ver Las palabras y las cosas. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968).

12.

El dictum pertenece a Leopold von Ranke, en su prefacio a las Historia de los pueblos romanos y germánicos (1494 -1514): “A la historia se ha asignado la tarea de juzgar el pasado, de instruir el presente para beneficio de las épocas futuras. Este trabajo no aspira a un objetivo tan grandioso. Simplemente busca mostrar lo que efectivamente sucedió” (Leopold von Ranke. Geschichten der romanischen und germanischen Völker von 1494 bis 1535. Leipzig, Reimer, 1824, p. V: Man hat der Historie das Amt, die Vergangenheit zu richten, die Mitwelt zum Nutzen zukünftiger Jahre zu belehren beygemessen: so hoher Aemter unterwindet sich gegenwärtiger Versuch nicht: er will bloß sagen, wie es eigentlich gewesen).

13.

Stephen Greenblatt juega con la idea de que, por ese deseo, historiadores y profesores de literatura son chamanes asalariados pero, incluso sabiendo que existe el riesgo de que en ese diálogo imposible lo único que se escucha sea su propia voz, no abandona el deseo, por cuanto los muertos “han dejado rastros textuales de sí, que hacen que puedan ser escuchados en las voces de los vivos. Aun los rastros más tediosos o triviales contienen fragmentos de la vida perdida” (Shakesperean Negociations. Los Angeles, University of California Press, 1988, p. 1).

14.

Walter Benjamin. “Tesis de Filosofía de la Historia”, en: Angelus Novus. Barcelona, Edhasa, 1971, p. 77.

15.

Hayden White. El texto histórico como artefacto literario. Barcelona, Paidós, 2003, p. 52.

16.

Ver Hayden White. Metahistory: The Historical Imagination in Nineteenth Century Europe. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1973.

17.

Ver Hayden White. Tropics of Discourse. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1978, p. 82, y también Content of Form. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1987, especialmente las pp. 192-193.

18.

Ver al respecto John E. Toews. “Intellectual History after the Linguistic Turn: The Autonomy of Meaning and the Irreducibility of Experience”, American Historical Review, Vol. 92, 1987, pp. 879-907.

19.

The return of literature has plunged historical studies into an extended epistemological crisis. It has questioned our belief in a fixed and determinable past, compromised the possibility of historical representation, and undermined our ability to locate ourselves in time (en David Harlan. “Intellectual History and the Return of Literature”, American Historical Review, Vol. 94, 1989, pp. 879-907; “El regreso de la literatura empujó a los estudios históricos a una crisis epistemológica extendida. Cuestionó nuestra creencia en un pasado fijo y determinable, comprometió la posibilidad de la representación histórica y socavó nuestra habilidad para ubicarnos en el tiempo”).

20.

Ver Arnaldo Momigliano. “History in an Age of Ideologies”, The American Scholar, Vol. 51, Nº 4, 1982, pp. 495-507, y “The Rhetoric of History and the History of Rhetoric: On Hayden White’s Tropes”, Settimo contributo alla storia degli studi classici e del mondo antico, Roma, Edizioni di storia e letteratura 1984, pp. 49-59.

21.

Ver Perry Anderson. “On Emplotment: Two Kinds of Ruin”, en Saul Friedlander (ed.): Probing the Limits of Representation…, pp. 54-65.

22.

Ver Michel de Certeau. L’écriture de l’histoire. Paris, Gallimard, 1984; Paul Ricœur. Temps et récit. 3 tomos. Paris, Seuil, 1983-1985.

23.

Ver Roger Chartier. On the Edge of the Cliff. Baltimore/London, Johns Hopkins University Press, 1996, p. 19.

24.

Ver Michel de Certeau. L’écriture de l’histoire…, pp. 63-120.

25.

Ver Carlo Ginzburg. Rapporti di forza. Storia, retorica, prova. Milano, Feltrinelli, 2001.

26.

Ver Carlo Ginzburg. “Indicios: raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, en: Mitos, emblemas, indicios. Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 138-175.

27.

Ver Reinhart Koselleck. Futures Past. London/Cambridge, The MIT Press, 1985, especialmente pp. 274-275. Hay edición en español: Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993.

28.

Reinhart Koselleck. “Sobre la necesidad teórica de la ciencia histórica”, Prismas, Nº 14, 2010, pp. 137-148, aquí p. 148.

29.

Ver Reinhart Koselleck y Hans Georg Gadamer. Historia y hermenéutica. Barcelona, Paidós, 1997, p. 93.

30.

Ver David Cesarani. Eichmann: His Life and Crimes. London, Vintage, 2005, pp. 117-118.

31.

La cita es de Heydrich. Ver Peter Longerich. Holocaust: The Nazi Persecution and Murder of the Jews. Oxford, Oxford University Press, 2010, p. 307.

32.

Al respecto, ver Christian Gerlach. “The Wannsee Conference, the Fate of German Jews, and Hitler’s Decision in Principle to Exterminate All European Jews”, Journal of Modern History, Vol. 70, 1998, pp. 759–812. Por ejemplo, el 18 de diciembre de 1941, Heinrich Himmler se reunió con Adolf Hitler y escribió en su cuaderno de notas “Cuestión judía: deben ser exterminados como partisanos”. El 18 de diciembre, por su parte, Wilhelm Stuckert, ministro de Interior, afirmó ante uno de sus subordinados que “Las acciones contra los judíos evacuados se basan en decisiones de las autoridades más importantes. Debe usted aceptarlo” (ver Christopher R. Browning. The Origins of the Final Solution. Lincoln, University of Nebraska Press, 2004).

33.

Para un análisis de las diferencias entre los conceptos de “evidencia” y prueba”, ver Perry Anderson. “The Force of the Anomaly” (reseña de Threads and Traces: True, False, Fictive de Carlo Ginzburg), London Review of Books, Vol. 34, Nº 8, 26 de abril, 2012, pp. 3-13: Evidence alone is not necessarily decisive: we can speak of “weak evidence” as well as “strong evidence”. Proof, on the other hand, is something quite different: it is conclusive evidence. (…) Evidence, which must be weighed, is the normal stuff of history. Proof – as we move further back in time, where traces thin out – is on the whole much less frequent, and is typically negative. It is far easier to disprove a conjecture about an object or a controverted process – let us say, the Bayeux Tapestry or the fall of Rome – than to prove one. The problems attending these have not gone away. They are amenable to evidence, not to proof.

34.

Ver Maurice Halbwachs. Los marcos sociales de la memoria. Barcelona, Antropos, [1925] 2004, y La memoria colectiva. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, [1950] 2004.

35.

Juan Sisino Pérez Garzón y Eduardo Manzano. Memoria histórica. Madrid, Catarata, 2010, p. 11.

36.

Benedict Anderson, citando a Ernest Renan, se ha referido convincentemente a la importancia de esa unidad doble de memoria y olvido para la conformación de las naciones modernas. Ver Benedict Anderson. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. New York, Verso, 1991; y Ernest Renan. “Qu’est-ce qu’une nation?”, en: Oeuvres Complètes. Tomo I. Paris, Calmann-Lévy, 1961, p. 892: … tout citoyen français doit avoir oublié la Saint-Barthélemy, les massacres du Midi au XIIIe siècle. Il n’ya pas en France dix familles qui puissent fournir la preuve d’une origine franque... Hay edición en español: ¿Qué es una nación?, Buenos Aires, Hydra, 2010 (“… todo ciudadano francés debe haber olvidado la noche de San Bartolomé, las matanzas del Mediodía en el siglo XIII. No hay en Francia diez familias que puedan suministrar la prueba de un origen franco…”).

37.

Reyes Mate. Tratado de la injusticia. Barcelona, Anthropos, 2011, pp. 231-233. Uno de los procesos contemporáneos que más parece acercarse a esta propuesta es el ruandés, de acuerdo con la muy interesante ponencia presentada por Jose Kagabo, de la École des hautes études en sciences sociales, en la “IX Conferencia Bianual de la International Association of Genocide Scholars” (Buenos Aires, 2011), titulada “Speaking of Genocide and Thinking the Unthinkable: Narratives and History”.

38.

Reyes Mate. Tratado de la injusticia

39.

Reyes Mate. Tratado de la injusticia

40.

Reyes Mate. Tratado de la injusticia

41.

Edward Palmer Thompson. La formación histórica de la clase obrera en Inglaterra. Tomo I. Barcelona, Crítica, 1990, p. 12.

42.

Walter Benjamin. “Tesis de Filosofía de la Historia…”, p. 81.

43.

Carlo Ginzburg, por ejemplo, propuso pensar las fuentes como lentes (ver “Checking the Evidence: The Judge and the Historian”, Critical Inquiry, Vol. 18, 1991, pp. 79-98). Acerca de las relaciones entre historia y memoria, pueden también consultarse con provecho Peter Burke. “History as Social Memory”, en Thomas Butler (ed.): Memory: History, Culture, and the Mind. New York, Basil Blackwell, 1989, pp. 97-113; y Wulf Kansteiner. “Finding Meaning in Memory: A Methodological Critique of Collective Memory Studies”, History and Theory, Vol. 41, Nº 2, 2002, pp. 179-197.

TEI – Métopes

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