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Deconstruyendo al hincha común
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ISSN 1851-2577

#21 | Deporte(s), sociabilidad(es) y política(s). Intersecciones para el análisis del mundo contemporáneo

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Deconstruyendo al hincha común

Criterios de victimización y legitimación de las políticas de seguridad en el fútbol argentino

Por Sebastián Gabriel Rosa11. Observatorio d (…)

Resumen

Las políticas de seguridad en el fútbol argentino se enmarcan en un diagnóstico de sujetos violentos y culpables en oposición a sujetos civilizados e inocentes. En ese marco, la figura de las víctimas se presenta como el principal recurso para legitimar las medidas de control y castigo que establecen los organismos de seguridad, la policía y los dirigentes de los clubes y la AFA. Es por eso que apelamos a profundizar el análisis de las formas de construcción discursiva de esos sujetos señalados como víctimas y de la forma en que se apela a estos como criterios de legitimación de las políticas de seguridad a través del análisis de los discursos dominantes en el campo de la seguridad en el fútbol.

Abstract. “Deconstructing the regular fan. Victimization and legitimation at security politics in Argentinian football”

The security policies in argentinian football are part of a diagnosis that presents violent guilty men against civilized innocent people. The victims figure is used to legitimate control and punitive measures the security agencies, police, AFA and club managers take. We appeal for the extension of the analysis of the discursive construction of victims as a way of legitimation of the security policies by studying the dominant discourses in football security field.

Introducción

Con la consolidación de la violencia en el fútbol como problema público, a partir de los años ochenta, el Estado tomó bajo su responsabilidad la implementación de políticas de seguridad para el deporte profesional. Sin embargo, los índices de violencia en desde ese momento, no parecen reducirse sino aumentar. Ese es el caso de la cantidad de muertes por la violencia en el fútbol, que aumentaron en promedio de manera constante en las últimas tres décadas. Estas medidas que han mostrado poca eficacia son impulsadas y respaldadas por una serie de discursos que señalan victimarios y víctimas. Es a partir de la referencia a éstas últimas que los discursos dominantes en el campo de la seguridad del fútbol apelan a la búsqueda de legitimar las políticas. Proponemos entonces exponer los resultados de un análisis de los discursos dominantes en este campo, centrando nuestra mirada en las búsquedas de legitimación de las principales medidas de seguridad en los últimos años, destacándose centralmente entre ellas la prohibición del público visitante.

La violencia en el fútbol argentino como problema público

Argentina es el país con mayor cantidad de muertes en el fútbol. De los más de trescientos muertos, casi el setenta por ciento fallecieron desde 1983 hasta la actualidad.22. SAF (2015) Lis (…) La violencia está presente en el fútbol argentino desde sus mismos orígenes (Alabarces, 2004). También desde los primeros tiempos surgieron dispositivos para buscar garantizar la seguridad de jugadores, directivos, árbitros e hinchas y el normal desarrollo de los partidos. Ejemplo de esto es la famosa instauración del alambrado olímpico.33. Ya en 1925, en (…) Sin embargo, su consagración como un problema de la agenda mediática y como preocupación política es relativamente reciente. Desde los años noventa hemos asistido, a la par de la consolidación del delito como un problema central de la agenda pública, al establecimiento de la violencia en el fútbol argentino como un problema público (Saín, 2008). Este problema es visto en nuestro país como un referente más dentro del campo del delito, lo que consolida la idea del vínculo entre el aumento de la preocupación respecto de la problemática del delito en general y la violencia en el fútbol en particular (D’Angelo, 2012). Entendemos que entonces nos referimos a un subcampo del campo general de la seguridad y que guarda íntima relación con el campo del deporte, marcando un punto de contacto entre ambos.

Esa consolidación de la visión sobre la violencia en el fútbol como problema público se relaciona con el aumento de la cantidad de muertes, y sin embargo mantiene una relativa autonomía respecto del mismo. Una relación similar a la señalada por Kessler (2009) al referirse a la problemática del delito y la experiencia del mismo, o a la seguridad y el sentimiento de inseguridad. En el fútbol argentino se ha establecido el problema de la violencia como un problema central del debate público. Se ha consolidado como noticia la muerte, el enfrentamiento entre hinchadas o entre hinchadas y policías, se conocen los nombres de los jefes de las barras bravas y sus vínculos políticos y también a los encargados de seguridad. El principal diario deportivo del país, Olé, añadió una sección específica nominada “Basta de violencia”, donde relata las noticias al respecto. También los principales medios del país tienen un espacio destinado a cubrir la problemática. Se legisla sobre la violencia en el fútbol, se promueven leyes y se crean organismos de seguridad. No sólo se produjo un aumento y consolidación de las muertes en el fútbol, sino que se vivencia a la experiencia de la violencia como un problema que nos afecta a todos, del cual todos somos las víctimas.

La víctima es la categoría privilegiada del nuevo orden. Tanto en el fútbol como en la inseguridad en general. Todos somos plausibles de ser víctimas de un problema que está visto como externo a la sociedad, que debe ser curado del cuerpo social.

En ese sentido el sociólogo británico David Garland (2005) denomina a esta etapa, en la que se consolidó el neoliberalismo político y económico a la vez el delito como preocupación central, como modernidad tardía. Observa en ese contexto como elemento central el posicionamiento por parte del Estado de asumir una imposibilidad de combatir las causas sociales que generan el delito. Por ende, los gobiernos toman la decisión de actuar sobre las oportunidades de cometer un delito y sobre sus consecuencias. Sumado esto a la necesidad política de mostrar resultados hacia el exterior al mismo tiempo que, como parte del proyecto neoliberal, se achicaba el presupuesto, provocó dos tipos de respuesta. Por un lado, las acciones adaptativas, que buscan aumentar la eficiencia de las instituciones de control social reduciendo el gasto, “profesionalizando” sus instituciones y redefiniendo sus expectativas. Éstas, además, buscaban contar con un registro de su accionar, obteniendo así un elemento más para mostrar su productividad al conjunto de la sociedad que reclamaba resultados. A su vez, y de manera complementaria, y muchas veces contradictoria, existieron las que Garland denominó respuestas negadoras o de acting-out. Estas son políticas que apelan a un discurso moralizador, punitivista y culpabilizador, separándose del discurso welfarista44. Garland identi (…) sobre el delito y que no tienen efectos concretos de reducción o prevención del delito, pero sí se muestran hacia el público como una represalia del Estado ante el delito y como afirmación de los pedidos castigo de parte de ciertos sectores sociales. Son enunciaciones expresivas de un posicionamiento que muestra un querer hacer. Generalmente se producen posteriormente a algún caso específico y de gran alcance mediático y actúan como respuesta afirmando la defensa y representación de las víctimas.

En ese contexto general, en la Argentina se destaca el rol de la policía y la manera en que es percibido por el conjunto de la sociedad. Al respecto vale la pena mencionar los estudios de Saín (2008) que remarcan como en la Argentina conviven una visión estatalista de los problemas sociales, esto es, la consideración del Estado y en particular de la policía, como principal y casi único agente responsable del control del delito y la violencia, con una gran desconfianza de la propia policía asociada a la corrupción, la represión y el crimen organizado. Estos elementos que Isla y Miguez (2003) también resaltan, llevan a que la policía y el Estado sean vistos como parte del problema.

Es en ese marco que recién en 1985 se legisla por primera vez sobre las medidas de seguridad en el fútbol argentino. Desde ese momento se definirían y complejizarían los dispositivos de seguridad en el deporte. Sin embargo, tienden a reafirmar los diagnósticos de la violencia que repiten una serie de condiciones de posibilidad de las mismas conductas violentas que se cuestionan en los discursos dominantes. Así, se reproducen las lógicas del enfrentamiento deportivo y se las amplifica sobrerrepresentando los elementos trágicos, tal y como señalaba Archetti (1985), afirmando el enfrentamiento simbólico y favoreciendo las posibilidades de su transformación en un enfrentamiento físico. Así lo resaltan Uliana y Godio (2013) al analizar los dispositivos culturales de seguridad del fútbol argentino. A su vez, se limitan las lógicas de solución a la ampliación de esos dispositivos y sus tecnologías. Se plantea la solución solamente desde el crecimiento y desarrollo de los mecanismos de control como principal propuesta. Tal y como señalaba Garland (2005), se trabaja efectuando una prevención situacional y no sobre los procesos culturales y sociales que favorecen a la legitimidad de las prácticas violentas. Así lo afirma Alabarces (2004) y confirma Sustas (2013) en su estudio sobre la legislación sobre el deporte en Argentina.

Los discursos dominantes en el campo de la seguridad en el fútbol

Los principales discursos y relatos sobre el problema de la violencia se producen en los medios de comunicación (Alabarces, 2014). Por lo tanto, las voces que más se pronuncian son las periodísticas. En adición, los actores políticos y dirigenciales, quienes toman las decisiones en materia de seguridad, utilizan a los mismos medios como forma de comunicar sus resoluciones, de realizar propuestas y de expresar opiniones. Estos discursos comparten diagnósticos y visiones. Y se establecen como dominantes en el campo de la seguridad y la violencia en el fútbol. Es por eso que consideramos que los medios de comunicación son la arena que los propios actores eligen como espacio de circulación de los discursos dominantes al respecto (Rosa, 2017). Destacamos al respecto los aportes de Bourdieu (1996) en su análisis del campo periodístico. En ese sentido tanto los periodistas como los diferentes campos de producción cultural se ven particularmente afectados por las exigencias del mercado (tanto de los patrocinadores como del público consumidor en general). Por lo tanto, el mercado y el campo del poder son determinantes en la producción de estos discursos y en el acceso a esta arena. Así, la estructura y volumen del capital de los distintos agentes permiten o limitan el acceso a esa arena. A su vez, los intercambios lingüísticos se dan siempre en el marco de redes de relaciones de poder históricamente construidas que implican el reconocimiento o no de la autoridad en cada campo.

Proponemos por lo tanto analizar esos discursos dominantes en el subcampo de la seguridad en el deporte. A partir de ello buscamos conocer los diagnósticos sobre la violencia. Examinamos las disputas por la significación, entendiendo que “las relaciones lingüísticas son siempre relaciones de poder simbólico” (Bourdieu y Wacquant, 2005; p. 208). Y que este tiene consecuencias prácticas que redundan en la consolidación de sentidos comunes y de discursos dominantes. Este proceso se ve potenciado en el caso de la categoría violencia, por sus propias particularidades. Al ser un concepto cargado de valoraciones negativas, es difícil que alguien se autodefina como violento. Es, según Riches (1988), una disputa entre la tríada víctima, ejecutor y testigos, en la que la definición de los sujetos violentos es externa. Y como relata Simon (2011) la víctima es la categoría central de estos tiempos. Es en defensa de las víctimas que se pronuncian los discursos dominantes. Lo hacen los políticos, lo hacen inclusive las mismas leyes. Se emplea la apelación a las víctimas como eje central de los criterios de legitimación de las medidas de seguridad. Esta relación es la que indagamos, buscando comprender la definición de la tríada que menciona Riches. Realizamos entonces un análisis de los discursos dominantes sobre la violencia en el fútbol argentino entre los años 2007 y 2015.

Los ecos de las voces

El primer elemento a tratar en es la inexistencia de mecanismos oficiales que comuniquen de alguna manera las medidas y sus razones. Esto generó a su vez un análisis y un problema metodológico. Desde el plano metodológico planteó el problema del acceso a las voces de los actores y sus propios análisis. Eso implicó un trabajo mediatizado, justamente, por los medios de comunicación, a los que utilizamos como forma de acceso a los discursos de los actores. Entendemos que desde entonces hemos trabajado con discursos sobre los discursos y que los referentes empíricos de nuestro trabajo tenían la doble problemática de haber atravesado un recorte previo que se suma al de los propios actores y al nuestro como investigadores. Sin embargo, al tratarse de un problema público atravesado inminentemente por los medios de comunicación juzgamos que en los artículos de los principales diarios del país encontramos a su vez una forma de acceso a esas voces como a los ecos de las mismas, trabajando de esa manera con el propio registro del debate público en torno al tema. Para eso tomamos como referencia los diarios La Nación, Clarín y Página/12, desde principios del año 2007 hasta la asunción de Mauricio Macri en diciembre de 2015. La elección de estos periódicos se basa en la intensión de abarcar los principales medios gráficos del país.55. Martini (2007) (…) Como complemento, trabajamos con el diario Olé, el principal periódico deportivo del país, que a su vez pertenece al grupo Clarín. La elección de estos medios también responde a la búsqueda por abarcar una pluralidad de miradas asociadas a distintas lógicas de mercado, adhesiones periodísticas y políticas, garantizando variedad en los puntos de vista.66. En el plano po (…) Para eso utilizamos como técnica central el método comparativo constante basado en la teoría fundamentada de los datos que proponen Strauss y Corbin (2002). Esta propone la comparación de similitudes y diferencias en los documentos para crear códigos y categorías de códigos de modo inductivo. El principal beneficio de este tipo de metodologías es permitir visualizar las propias categorías que utilizan los sujetos, reduciendo el riesgo de imponer los preconceptos del investigador. A su vez, facilitan un diseño flexible que vincula la teoría y la práctica y que permite su redefinición a medida que se avanza en la lectura y análisis de datos (Reichertz, 2009).

Desde una perspectiva analítica la ausencia de voces oficiales de la AFA o los organismos oficiales presenta el primer dato. Entendemos la falta de referencias públicas oficiales al respecto como una decisión y no una coincidencia. Esto implica el reconocimiento de los propios protagonistas de la importancia de los medios de comunicación y su rol como la arena en la que se ponen en juego los discursos respecto de la violencia en el fútbol. De esto dio cuenta el expresidente de la AFA Julio Humberto Grondona cuando, al ser interrogado por las pruebas de un proyecto de seguridad contestó que “No tengo conocimiento cómo funcionó este nuevo proyecto pero lo que estoy seguro que tiene que haber salido bien ‘sino ya me hubiese enterado por los diarios o por la gente protestando. Si nadie dijo nada, tiene que haber salido bien” (LN, 23/09/2013).77. Exponemos la f (…) La mirada de los propios actores refuerza esta idea y señala la centralidad de los medios como el espacio donde se producen y circulan esos discursos.

Las barras bravas: culpables, bestias y mercenarios

Los discursos dominantes en el campo apuntan de manera constante a la búsqueda de culpables que actúan como chivo expiatorio, responsabilizados por cualquier situación violenta en el marco de un partido de fútbol y ocultando las competencias de los dirigentes y de los organismos estatales. Son las barras bravas quienes cargan con todas las condenas. Las barras bravas, desde el punto de vista de las ciencias sociales, grupos que, con un cierto nivel de organización, y a partir de la acumulación de capital simbólico expresado en el aguante, establecen relaciones sociales y redes que les permiten acceder a vínculos con dirigentes, policías, jugadores, políticos, periodistas, y a beneficios económicos y simbólicos (Alabarces, 2014). Sin embargo, debemos mencionar que esa no es su autopercepción. En términos nativos, las barras bravas se posicionan y presentan como los salvaguardas del aguante de un club y como los principales poseedores de esa condición. Para las barras bravas aguantar significa poner el cuerpo, pelearse, demostrar de manera constante la posesión de esa capacidad para soportar grandes cantidades de drogas y alcohol, de golpes, y para no dejarse vencer por el miedo (Garriga Zucal, 2007). Esto se inscribe en una certificación de los criterios de masculinidad que asocian al macho con la capacidad aguantadora. En oposición a ello, no se encuentra la mujer, que ocupa un lugar secundario ya que no desafía las condiciones del macho, sino el puto88. Usamos la curs (…) . Puto aquí es el opuesto al macho. No hace referencia a la identidad sexual y sus preferencias, sino al rol de encontrarse sometido por otro macho. La otra forma de dar cuenta de esta dominación es la de nombrar hijo al oponente. Esto también refiere a la condición subyugada del hijo al padre, o al menos a la idea de esa condición como lo normal y correcto. Pero el aguante no es un capital que se posea una vez y para siempre, sino que debe ser expuesto y confirmado constantemente. Esta es una de las raíces culturales de las razones de la violencia en el fútbol en lo que a barras bravas se refiere. El testimonio de la posesión de aguante no puede ser sino el ejercicio de la violencia en frente de otros que lo corroboren. Y por eso los enfrentamientos entre las barras o al interior de las mismas no responden simplemente a razones económicas, sino a códigos morales que obligan a la pelea y la violencia como prueba de masculinidad.

Y sin embargo, los discursos dominantes en el campo de la seguridad insisten en mostrar a las barras bravas de dos maneras opuestas, y sin embargo complementarias, que desconocen el complejo entramado cultural que presenta a la violencia como un valor positivo. Para los políticos, dirigentes, medios de comunicación, las barras bravas son bestias y/o mercenarios.

Para la primer visión ser barra brava está ligado a lo irracional, lo que no tiene explicación más que por los instintos violentos de seres que son menos humanos que animales. Esta lógica, que presenta a la violencia como una característica intrínseca, escencializa la condición violenta, quitando el elemento contextual, cultural y social. La explicación por los instintos, por la bestialidad, por una violencia inherente, implica la falta de sentido, y por lo tanto, obstruye la posibilidad de interpretar o comprender las prácticas violentas. Las ciencias sociales han dado cuenta ampliamente a través de los trabajos de Eduardo Archetti (1995), María Verónica Moreira (2007), José Garriga Zucal (2013) y Pablo Alabarces (2014), entre otros, nos muestran el carácter productivo de sentidos que tiene la violencia para las barras bravas en la conformación de identidades y grupalidades, así como en su utilización como recurso para obtener beneficios.

La segunda visión sobre las barras bravas que se presenta en esos discursos, y que ha crecido en los últimos años, es la de mercenarios inescrupulosos que, de manera utilitaria y racional, utilizan la violencia como mercancía para acumular dinero y poder. Como hemos mencionado, las ciencias sociales dan cuenta de esos intercambios, especialmente en trabajos como los de Natalia D’Angelo (2012) o Juan Pablo Ferreiro y Federico Fernández (2005). Sin embargo, las visiones de los discursos dominantes se diferencian por el carácter eminentemente racional-economisista y la carga moral que iguala conductas violentas con prácticas ilegales y maliciosas. Ya hemos señalado, no se pueden comprender las prácticas violentas sin un estudio de los significados que para esos sujetos tienen sus propias prácticas. En este caso, en la disputa por la masculinidad, la formación de grupos e identidades. A su vez, estos discursos asumen el carácter delictivo de las barras bravas, igualando violencia con ilegalidad, e ilegalidad con inmoralidad. Eso sería lo que los diferencia de los “hinchas comunes”, caracterizados por tener una pasión romántica por su equipo, pero que en la mayoría de los discursos son entendidos como víctimas y no son reconocidos como violentos. La definición de las barra bravas como delincuentes y su asociación con la violencia, implica una definición de valores morales sociales dominantes, o que al menos pretenden serlo.

Estos discursos se inscriben en el proceso general de lo que Simon (2011) denomina el gobierno a través del delito. Es la apelación a una nueva retórica que enfatiza los riesgos del delito, exacerba el miedo al mismo y lo posiciona como modelo para pensar los problemas de la sociedad. Eso provoca la necesidad de mostrar el accionar de un Estado que se propone como defensor de las víctimas. Así se legitiman las prácticas de gobernabilidad en base a promesas de solución a un miedo que se remarca y reafirma constantemente señalando sujetos y situaciones peligrosas. La paradoja de este modelo es que al maximizar el sentimiento de inseguridad sin un cuestionamiento por las razones del delito, en conjunto con la necesidad de mostrar resultados, es el ingreso en un círculo en el que una solución definitiva al problema del delito implicaría el fin del miedo al delito y del gobierno a través de este modelo. Simon remarca la apelación emocional de los discursos sobre el delito. Esto influye sobre el vínculo entre las categorías señaladas de barrabrava, violento y delincuente. La apelación emocional que estrecha relaciones entre las definiciones destaca, como lo hiciera Garland, la importancia de comprender los factores emotivos y simbólicos del delito. La necesidad de mostrar resultados, lo que Garland (2005) denomina un “acting out”, parte de la exigencia de respuestas por parte de grandes grupos de la sociedad ante lo que se considera una vulneración de la justicia. Eso explica la vinculación, a la hora de señalar a los enemigos públicos, de los términos morales con los propios de la legislación penal. Esto explica cómo se presupone la ilegalidad de las acciones de las barras bravas y su correspondiente inmoralidad.

Vemos entonces que estas dos visiones aparentemente contradictorias se vinculan, creando así la imagen de personas integralmente violentas por definición, faltas de educación, que a su vez son seres racionales inescrupulosos que no diferencian entre legalidades e ilegalidades para conseguir su objetivo y tampoco dudan en traicionar la pasión o al equipo con tal de conseguir esos beneficios. Se enfrentan así a una percepción romántica del “hincha común”, visión repetida para referir a los perjudicados. Lo que comparten estas visiones que parecen contrapuestas, y que les permite ser utilizadas incluso en el mismo discurso compartiendo el diagnóstico, es pensar al problema de la violencia como exclusivo de las barras y entender que estas son entes externos a la sociedad, que por oposición es buena y no violenta.

Las Víctimas

La distinción que existe en los discursos entre violentos y sociedad se repite en la dicotomía barras bravas – hinchas comunes o verdaderos. De esa manera se presenta repetidamente a las víctimas o perjudicados. Juan Manuel Lugones, abogado de la ONG Fútbol en Paz99. Y desde diciem (…) , denunció en referencia a esta idea que: “En el partido que deben jugar el seis de octubre River y Boca podrá ingresar la barra brava de River, que hace de local, pero por medida de seguridad no podría ingresar un pacífico padre con su hijo si es hincha de Boca” (LN, 30/09/2013). Este discurso se expresa constantemente de manera demagógica en los diarios, principalmente en Olé, que declara abiertamente en su editorial: “Olé no aprueba que la solución sea prohibir que los hinchas vayan a la cancha” (O, 12/03/2013). La misma lógica reprodujo en 2007 Aníbal Fernández, en un momento en que el Gobierno Nacional declaró en contra de la medida, posición que cambiaría con el paso del tiempo: “Nosotros no estamos de acuerdo en que el fútbol profesional se juegue sin público visitante. Pierde la esencia de un espectáculo deportivo” (O, 05/07/2007). Se redunda entonces en el pensamiento que reafirma la idea del hincha, especialmente el hincha común, verdadero, caracterizado por la pasión y el amor por los colores, como parte del propio espectáculo.

Hinchas idealizados

La literatura especializada nos habla de tres tipos ideales de asistentes a los estadios (Alabarces, 2004). Por un lado, se encuentran los barras bravas, de quienes hemos hablado bastante ya. En el otro extremo se encuentran los simpatizantes o espectadores. Su presencia en el estadio es como consumidores de un producto estético, similar al cine o el teatro. No ponen en juego su honor. No disputan su prestigio ni su masculinidad en las canchas. Ni con los otros hinchas del mismo equipo, ni con la hinchada rival, ni con la policía. El tercer actor, el señalado como modelo de hincha es lo que se denomina hincha militante. Esta categoría propia de las ciencias sociales es nominada en los discursos como hincha común o hincha verdadero. Así lo expresó en 2013 el presidente de Belgrano de Córdoba: “hoy los barras tienen un protagonismo que les dieron los dirigentes y lo tienen que lamentar los verdaderos hinchas” (C, 12/03/2013). Este hincha prueba su honor en base a su aguante, entendido en este caso como sacrificio en pos de la fidelidad. En los relatos sobre la violencia en el fútbol este hincha es presentado como el guardián de la pasión y de la identidad de los clubes.

En un contexto de crisis de los grandes relatos y las identidades tradicionales (Svampa, 2005) las identidades futbolísticas transitaron una serie de cambios, a la vez que se vieron reforzadas. El fútbol sufrió una serie de transformaciones que afectaron este proceso. Los jugadores y los directores técnicos se marchan constantemente de los equipos, principalmente con destino a Europa, México, Brasil y otros mercados económicamente más poderosos. Cada vez existen menos jugadores símbolo. Eso genera que los estilos de juego sean variables, flexibles, irreconocibles. Los estadios también cambian y se mudan. También incluso los colores de las camisetas, adaptándose al márketing. Frente a un mundo que se presenta mercantilizado y en cambio constante, en donde todos los actores (representantes, jugadores, dirigentes, policías, políticos) parecen sacar beneficios, el hincha común es presentado como el único que pierde, que cede, que se sacrifica en pos de la pasión y se vincula de un modo no instrumental. En este marco los hinchas, como guardianes de esa identidad, recrean ritos y fórmulas. Sus ganancias no son económicas sino simbólicas. Generan de ese modo un mito que asume, en primer lugar, la influencia indiscutible de su accionar sobre el resultado y, especialmente, el aumento de la autopercepción de una responsabilidad militante que remarca la obligación de ir a la cancha como afirmación de ese pacto pasional que garantiza la pureza de la identidad. A eso se refieren los discursos que alertan por la pérdida de dos categorías como el folklore y la fiesta, formas de denominar a los hinchas a través de su participación activa en el espectáculo. Y así lo reclaman los discursos dominantes: “se estaría perdiendo el folklore del juego” (C, 12/03/2013) expresó José Requejo, dirigente de Boca Juniors. “Es el folklore del fútbol. Lo normal y lo que corresponde” (C, 01/08/2013) aseguraba una hincha de Talleres de Córdoba en 2013 y era respaldada por el gobernador cordobés José Manuel De la Sota: “El CoSeDePro1010. Comité de Segu (…) tiene facultades para decidir jugar en Córdoba con hinchada local y visitante. Los violentos afuera. No nos van a dejar sin fiesta” (LN, 31/07/2013).

Este hincha idealizado es una construcción en la que los medios de comunicación han tenido gran influencia. La celebración tautológica que hacía de los mismos el programa El Aguante1111. El Aguante fue (…) fue la máxima expresión de la centralidad que cobraron los hinchas en las transmisiones y las coberturas mediáticas de los partidos y del modelo de hincha que se muestra. El tipo ideal de hincha militante es el varón joven-adulto que acompaña su equipo, en condiciones favorables y aún más en las desfavorables. Ya sean estas producto de malos desempeños futbolísticos que implican momentos deportivos adversos o la visita a estadios rivales. Esto lo hace en base a la autogestión, invirtiendo tiempo, esfuerzo y dinero. Su disputa con las hinchadas rivales por definir posiciones de honor y prestigio en base a la posesión de aguante, entendido como la capacidad de alentar y soportar cualquier condición en pos de apoyar al equipo, es central para la consolidación de su identidad. Esa rivalidad, sin embargo, es simbólica y vinculada al aspecto estético-visual, a diferencia de la barra brava o hinchada que centra su disputa en enfrentamiento físico. Demás está decir que esta representación es idealizada. Los trabajos etnográficos, entre los que volvemos a destacar a Garriga Zucal (2016) y Moreira (2007), entre otros, muestran que los hinchas militantes se vinculan de maneras complejas y cambiantes entre ellos y con los otros, que avalan o critican distintas prácticas según contextos, que legitiman prácticas violentas en ciertas condiciones y las critican en otras, que no cumplen de manera total con el manual del hincha, pero que sí se presentan a sí mismos como ese modelo de fanático. Los discursos dominantes, sin embargo, siguen postulando este paradigma de hincha como representación del hincha verdadero. Esto genera la negación de las otras formas de vivir el fútbol. Quien no tiene pasión suficiente para sufrir por su equipo no es un verdadero hincha. Quien ejerce la violencia física y obtiene beneficios por ello en el campo del fútbol no es un verdadero hincha. Esto permite que los discursos puedan referirse a los hinchas o el hincha como víctima. La prohibición del público visitante es una barrera para esos hinchas. Les impide la consolidación de uno de los momentos centrales de la identidad. Por eso se repite en los discursos la figura de los hinchas como víctima principal de la prohibición. “La trama de complicidades es gigantesca y sólo perjudica al hincha común” (O, 10/10/2014), apuntaba el periodista Gustavo Grabia en el diario Olé. Por eso se denuncia la pérdida del fútbol puro y verdadero si se prohíbe el ingreso a quienes son considerados parte central del espectáculo. Porque se rompe la posibilidad de certificar el aguante, de ratificar el pacto de la pasión que demanda poner el cuerpo por los colores. Y con ello se pierde la figura central sobre la que se piensa el fútbol argentino, la del hincha.

La metáfora se completa, finalmente, identificando al hincha común como el conjunto de la sociedad. Quien mejor lo expresó fue Ramón Díaz, técnico de River en 2013, sintetizando la fusión de categorías desde los hinchas de River a la gente en general, y por supuesto, el fútbol como último perdedor:

Los hinchas de River se han portado bien. Es importante que la gente venga a la fiesta del fútbol. Ojalá por el bien de todos que se pueda solucionar el tema de la violencia; tenemos que cuidar el fútbol. Es un deporte que sin el público no es nada (LN, 11/06/2013).

Como señala Kessler (2009), retomando las ideas de Garland, la figura de la víctima genera una identificación y un sentimiento de victimización potencial en el conjunto de la sociedad.

Legitimación del aguante

La justificación de esa prohibición se basa en la incapacidad por garantizar para esos hinchas las condiciones de seguridad que los protejan de la violencia barra. Lo que se oculta al afirmar esto es una gran cantidad de conductas violentas que no son reconocidas como tales por los propios hinchas y que se encuentran legitimadas por la cultura del aguante. La serie de cantos racistas, xenófobos, homofóbicos y discriminadores en general que acompaña a cada partido de fútbol, los agravios, la cantidad de objetos arrojados a los estadios, las peleas, los insultos, son elementos violentos propios de esta cultura y están incluidos dentro de la lógica de la mayoría de los hinchas comunes (Alabarces, 2004). Como muestra de esta legitimación encontramos nuevamente las palabras de Aníbal Fernández, en este caso en 2013, a raíz de la expulsión de Nelson Vivas como técnico de Quilmes, equipo que el en ese momento Senador Nacional presidía. Vivas se había involucrado en una pelea con un plateísta que lo había insultado. “Para el técnico, el político y la Policía la puteada forma parte de la vida” (C, 22/10/2013), enunció Fernández explicando la razón del fin del contrato con el entrenador. Esto demuestra cómo se castiga al técnico, pero no al hincha. El hincha tiene permitido el insulto, no es considerado violencia, está legitimada.

Salerno (2005) destaca cómo ésta legitimación es permitida por dos recursos. El primero es la tautología. Como ya hemos comentado, la distinción de los sujetos señalados como violentos. Al considerar la violencia física fuera de los atributos del hincha común, todo aquel que es descubierto practicándola es automáticamente excluido de esa categoría. En esos casos se remarcan todos los elementos que lo apartan de la norma y que lo identificarían como un violento. Así el molde de fanático se mantiene, sin ponerse en duda. El segundo recurso es lo que denomina “cláusula del humor”. Ésta consiste en asignarle un sentido satírico a las prácticas, desestimando que puedan ser comprendidas de otra forma. Los cantos racistas, xenófobos y homofóbicos, las amenazas de muerte o sometimiento sexual, las referencias a consumos de drogas ilegales, son tomadas como bromas socarronas. Esto anula la violencia simbólica para entenderla como un juego en el marco festivo del encuentro deportivo, como parte de la rivalidad propia de la competencia. Mientras se encuentre en el plano simbólico la violencia será entendida como parte del juego. En el momento en que pase al plano físico será condenada y esas personas serán apartadas del grupo y denunciadas como desviadas.

Los vecinos

Existe otra forma de referirse a los perjudicados, la que empleó el conjunto del Poder Ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires en 2013 cuando aseguró ser responsable de la decisión en nombre de los vecinos. En esta lógica del discurso se incluye el problema de la violencia en el fútbol dentro del problema general de la seguridad y, cómo señalan Godio y Uliana (2013), se aplican de esa manera los mismos dispositivos que se utilizan respecto del crimen en general, sin tener en cuenta los aspectos específicos de la problemática de la violencia y el delito en el deporte en particular. También es un reclamo desde la ciudadanía. En el año 2011 vemos por primera vez en la arena la voz de las asociaciones civiles barriales presentadas como víctimas de los problemas de la violencia en los barrios los días de partido. Esta visibilización fue especialmente apreciable por los incidentes en el barrio de Nuñez el día que River descendió a la segunda categoría y ocupó un lugar destacado en las coberturas mediáticas en los días subsiguientes al encuentro. Ana Paulesu, presidenta de la Asociación Vecinal de Fomento Barrio Parque General Belgrano y Nuevo Belgrano denunció: “¿Qué puede pasar si Chacarita le gana a River en la primera fecha? No contemplamos la seguridad del estadio, ni la de las personas dentro y fuera del estadio, ni las del barrio” (LN, 19/07/2011). Esta categoría es novedosa. Su presencia aumenta hacia el fin del ciclo trabajado hasta consolidarse en la campaña para las elecciones presidenciales de 2015, en las que el problema del delito ocupó un espacio central acompañado por discursos punitivos que apelaban al policiamiento y el endurecimiento de las penas.

En esta lógica los vecinos, no sólo los que asisten a la cancha, son esos sujetos presentados como pacíficos y respetuosos de la ley que se enfrentan a la inseguridad (Rodríguez Alzueta, 2014). La justificación de la prohibición del público visitante se basa en estos discursos en la incapacidad por garantizar para esos hinchas y al conjunto de los ciudadanos correctos, los vecinos, las condiciones de seguridad que los protejan de la violencia. En esa línea es que Scioli declaró “Tomé esta decisión en beneficio de los vecinos de nuestra Provincia” (O, 19/06/2013). También el Secretario de Deportes de la Provincia de Buenos Aires en 2013, afirmaba la importancia de “la policía esté en una esquina custodiando un barrio y no que esté custodiando a estos violentos” (C, 09/05/2014). Esto es parte de la necesidad del Estado de mostrar efectos a la ciudadanía que demanda soluciones. La prohibición del público visitante presenta la posibilidad de mostrar una imagen clara y visible de un accionar estatal, más allá de los resultados que genere. A su vez, la comunicación de un ahorro de los aportes de los vecinos, como ciudadanos privilegiados, cumple con la tarea de ahorrar gastos y recursos y reorientarlos a la lucha contra el delito. Defender a los vecinos de la inseguridad que se vive en los barrios está planteado entonces como una prioridad y se la entiende vinculada a la seguridad en los estadios. Por lo tanto el esfuerzo que implica la organización de un partido con ambas parcialidades implica un gasto económico y de fuerzas para evitar encuentros entre las barras bravas y seguridad en los traslados. Y ese esfuerzo se contrapone con la necesidad de garantizar otros derechos considerados más importantes. Así lo expresó Alejandro Rodríguez: “Es más importante el derecho a la vida que el de asistir a un espectáculo” (O, 05/01/2014).

Consideraciones finales

Las políticas de seguridad en el fútbol argentino responden a respuestas espasmódicas frente a casos rutilantes y de gran carácter mediático (Alabarces, 2004). En ese sentido, estas respuestas presentan el doble juego que establece Garland de posicionarse como adaptativas y de acting-out. Todas estas comparten una lógica que se centra en la instauración del orden público como principal aspiración. Así, mantienen una perspectiva policialista y puntiva, que apela al castigo y al control como principales herramientas. Esto se vincula con la decisión priorizar la prevención situacional sobre la prevención social, obviando los elementos culturales y sociales que habilitan las condiciones de posibilidad de las prácticas violentas. Por eso mismo, la forma en que son comunicadas y el modo en que se busca construir su legitimación resultan elementos fundamentales para comprenderlas en su totalidad. Los encargados de enunciar esas medidas no son los organismos estatales, o no al menos a través de mecanismos oficiales, sino a través de los medios de comunicación masivos. Estos tienen la particularidad de dar un espacio y reproducir los discursos de aquellos que ocupan posiciones dominantes en el campo: políticos, directores de ministerios y organismos estatales encargados de seguridad, directivos de AFA, dirigentes de los clubes, y en menor medida, jugadores y directores técnicos. Los hinchas y los investigadores en ciencias sociales, entre otros, rara vez encuentran un lugar en los grandes medios de circulación masiva para expresar sus puntos de vista. Por lo tanto, estos constituyen la arena donde se producen y circulan los discursos dominantes en el campo de la seguridad en el fútbol.

La comunicación de las políticas de seguridad es entonces parte fundamental en la búsqueda de legitimar esas medidas, mostrando las razones por las que serían importantes e incluso necesarias. En ese marco, la presentación de víctimas y victimarios, la búsqueda por definir seres violentos y violentados, resulta central para fundamentar las políticas de control. Esa construcción se produce simultáneamente, creando una imagen que presenta a las barras bravas culpables y los hinchas inocentes.

Las barras bravas son propuestas en estos discursos a su vez como irracionales violentos y como mercenarios de racionalidad economicista. Estas dos imágenes, aparentemente contrapuestas, funcionan de manera complementaria como oposición al hincha común. Periodistas, dirigentes y políticos presentan a este hincha idealizado como el modelo a seguir. Lo muestran como un sujeto pasional y pacífico, que respeta los supuestos códigos del folklore del fútbol. A partir de la comparación con ese modelo, cuando una persona se desvía de la norma, es presentada como barra brava o resaltados los rasgos que la apartan del ideal de hincha. Esa oposición entre hincha común y barra brava como polos opuestos de la moralidad reproduce la idea de delincuentes violentos en contraposición con una sociedad supuestamente pacífica y benigna. A su vez, comprobamos que en los últimos años los discursos dominantes señalaron a los vecinos, categoría propia del campo de la inseguridad. Este movimiento implica por un lado la confirmación de la inclusión del problema de la violencia en el fútbol dentro del problema público de la inseguridad, y a su vez, la reformulación del mismo código valorativo que presenta la diferencia entre civilización y barbarie.

Estos son los principales recursos de los discursos que buscan legitimar las medidas de seguridad. Para eso se valen de presentar la gestión eficiente de recursos, principalmente de la cantidad de policías destinados a los operativos de seguridad, como una necesidad. Ante la relevancia pública del problema buscan mostrar efectos a través de un acting-out que sobrerrepresenta el accionar policial y la búsqueda por garantizar seguridad, incluso sin lograr cambios resonantes en la prevención de muertes o acciones violentas. Justamente esa ineficacia es la que genera la necesidad de buscar legitimar las medidas en base a discursos punitivos que apelan al miedo y al sentimiento de inseguridad antes que por el éxito de sus efectos. Para esa construcción, la imagen de las víctimas inocentes resulta fundamental. Esa imagen, en el fútbol, es la del hincha común.

Bibliografía

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1.

Observatorio de Políticas de Seguridad (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata y Comisión Privincial por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires.

2.

SAF (2015) Lista de víctimas por la violencia en el fútbol argentino en la historia, en http://salvemosalfutbol.org/lista-de-victimas-de-incidentes-de-violencia-en-el-futbol/,

3.

Ya en 1925, en un encuentro que iba a disputarse entre Argentina y los flamantes campeones uruguayos de la primera medalla dorada de fútbol en los Juegos Olímpicos, el campo de juego fue desbordado por la cantidad de espectadores que asistieron al encuentro. Por esta razón el partido debió posponerse y disputarse días después con la inauguración del alambrado perimetral que impedía el ingreso de los hinchas al terreno de juego y que recibía su nombre del éxito de los campeones olímpicos.

4.

Garland identifica al Welfare con un tipo de Estado y de gobierno que caracterizó a los países capitalistas occidentales desde la segunda posguerra hasta los años setenta. En materia de seguridad y delito se caracterizaba por una concepción ampliada del problema, que hacía foco en sus causas sociales. A partir de ello realizaba una gran inversión en la creación de agencias especializadas en la resolución de los “problemas sociales”. Para un mayor desarrollo ver “La Cultura del Control” (Garland, 2005).

5.

Martini (2007) destaca especialmente a La Nación y Clarín como diarios de referencia, por su gran influencia como instaladores de opinión, monopolizando además para el año 2007 el 60% del mercado de periódicos del país.

6.

En el plano político, y en relación con el kirchnerismo, expresan distintos vínculos y posiciones. Mientras que La Nación se estableció desde un principio en oposición y como voz crítica de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, el diario Página/12 se encolumnó tempranamente como uno de sus adherentes. El caso del grupo Clarín es particular, ya que hasta el año 2008 mantenía una buena relación con el gobierno del Frente Para la Victoria, pero a partir de un conflicto conocido como “la crisis del campo” estas posiciones cambiaron para establecerse como una fuerte oposición, reconocida por el propio gobierno como tal y aumentando el enfrentamiento entre ambos.

7.

Exponemos la fuente de donde se extrajeron los discursos. Será presentada la fecha y el medio abreviado de la siguiente manera: LN (La Nación), O (Olé), C (Clarín) y P12 (Página/12).

8.

Usamos la cursiva para dar cuenta del uso términos nativos.

9.

Y desde diciembre de 2015 titular de la APreViDe.

10.

Comité de Seguridad Deportiva Provincial, organismo de seguridad de la provincia de Córdoba.

11.

El Aguante fue un programa de televisión que se emitió entre 1997 y 2008. Conducido por Martin Souto, se centraba en los hinchas y sus prácticas. No mostraba los partidos sino las hinchadas antes, durante y después de ellos. Para un análisis detallado ver Salerno, Daniel (2005). “Apología, estigma y represión. Los hinchas televisados del fútbol”.

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