Nº 5 – febrero de 2009
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EL 3IA DIVULGA
Memorias del DDT
Raúl A. Alzogaray*

Yo, el 1,1,1-tricloro-2,2-bis(4-clorofenil)etano, más conocido como DDT, nací en 1873, cuando el estudiante alemán Othmar Zeidler me sintetizó en la Universidad de Estrasburgo. Durante décadas todos me ignoraron, pero a mediados del siglo XX nadie desconocía mi existencia. Mi salto a la fama se lo debo al químico suizo Paul Hermann Müller, que en 1939 descubrió mis propiedades insecticidas.

Paul Hermann Muller,
Premio Nobel

Después de unos cuantos experimentos, Müller se convenció de que yo era mejor insecticida que cualquiera de los que se habían usado hasta ese momento. Al cabo de dos años me empezaron a producir en cantidades industriales.













Mi primer gran éxito ocurrió en 1944, cuando mi aplicación permitió interrumpir, por primera vez en la historia, una epidemia de tifus (enfermedad transmitida por los piojos del cuerpo).
Fue en la ciudad de Nápoles, que desde hacía poco estaba en manos de los aliados. Durante varias semanas me espolvorearon debajo de la ropa de cientos de miles de personas hasta que la epidemia se detuvo.
También logré interrumpir el tifus en Alemania, la peste bubónica en Dakar, la malaria en varios países de Asia y África, y otras enfermedades transmitidas por insectos. En el Océano Pacífico era habitual que me aplicaran sobre islas enteras antes del desembarco de los soldados estadounidenses. Dicen que durante la guerra salvé tantas vidas como los antibióticos. Algo de cierto debe haber en esta afirmación, ya que en 1948 Müller recibió el premio Nobel de Medicina “por descubrir la alta eficiencia del DDT” contra los insectos y otras plagas. Mis logros continuaron después de la guerra. Me usaron para controlar a las plagas de los cultivos y del ganado. Me aplicaban en los colchones de los hospitales, en las paredes y los techos de las casas, dentro de los aviones y hasta en las cabezas pobladas de piojos de los chicos. Me fabricaron en miles de toneladas y me usaron en forma indiscriminada.

Rachel Carson
Al ver que yo era tan efectivo contra casi todo tipo de insectos, muchos pensaron que el fin de las plagas estaba cerca. Pero en 1962, la bióloga estadounidense Rachel Carson publicó un libro que marcó el comienzo de mi fin.
El libro se llamaba La primavera silenciosa y advertía sobre los graves problemas que estaba ocasionando la contaminación ambiental. La obra se refería a varias sustancias, pero yo era uno de sus temas centrales.
No lo puedo negar, me disuelvo mucho mejor en las grasas que en el agua. También soy muy estable: ni la luz solar, ni la humedad ni las bacterias me degradan.
Por estas razones, me acumulo en los seres vivos y perduro años y años en el ambiente. Y así terminé dispersándome por todo el planeta. Hoy todavía me encuentro en lugares tan insólitos como los hielos antárticos, a pesar de que nunca fui aplicado en esas latitudes.
En 1972 se prohibió mi uso en Estados Unidos. En los años siguientes corrí igual suerte en el resto del Primer Mundo. El control de plagas  cambió por completo. Ahora, en muchos países, para comercializar un insecticida hay que obtener un permiso del estado. Y ese permiso es otorgado después de comprobar que el producto en cuestión no constituye una seria amenaza para el ambiente ni para los seres vivos en general.
Con el tiempo, los daños que produje se fueron revirtiendo. Las poblaciones de animales afectadas por mi presencia recuperaron sus tamaños iniciales, mi concentración en la grasa de los animales acuáticos disminuyó considerablemente. Todavía no se ha podido demostrar si produzco cáncer en los pechos de las mujeres, pero hay evidencias de que podría producir cáncer de páncreas, trastornos en el sistema nervioso y problemas reproductivos.
 
A pesar de todo, mi utilidad sigue siendo reconocida de distintas maneras. Por mi eficacia insecticida y mi bajo costo, en muchas partes del mundo me siguen usando para controlar a los mosquitos. En Estados Unidos se aceptaría que me apliquen si aparece una plaga sanitaria que no pueda ser controlada de otra manera. En 2006, la Organización Mundial de la Salud recomendó que me usen en regiones donde hay malaria. Ahora sólo me aplican dentro de las viviendas. De esta manera, resulto inofensivo para el ambiente y para los organismos que no son plagas.
Como sea, sigo siendo objeto de una muy mala prensa. Lo único que diré en mi descargo, es que los expertos piensan que la mayoría de los problemas que causé se debió a la ignorancia y/o negligencia de quienes me usaban.











* Licenciado y Doctor en Ciencias Biológicas de la UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Profesor Asociado de la UNSAM. Coordinador de la Maestría en Control de Plagas y su Impacto Ambiental del 3iA-UNSAM.
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