Controversia sobre los drones

El debate que han generado los drones sobre la ética de su empleo no sólo es una cuestión de especialistas, sino que puede afectar las oportunidades de desarrollo tecnológico en áreas de alto valor agregado. Por Natasa Loizou y Carlos de la Vega

Natasa Loizou y Carlos de la Vega  
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Recientemente un grupo de intelectuales, académicos y defensores de los derechos humanos argentinos –algunos de ellos de enorme y merecido prestigio– enviaron una solicitud al Consejo de Defensa Suramericano (CDS) de la UNASUR manifestando su preocupación por el rol que los VANT (Vehículos Aéreos No Tripulados) están desempeñando en los conflictos modernos y su posible impacto en América Latina.

Las cuestiones preocupantes

Básicamente las preocupaciones de los firmantes del documento se asientan en cinco cuestiones:

  • Los VANT han sido desplegados en distintos conflictos en los últimos años, empleándose para violar el derecho internacional.
  • Estos artefactos se emplean indiscriminadamente en guerras que no se declaran formalmente y se perpetúan a pesar de los escasos beneficios militares y políticos para los atacantes.
  • Tiende a acostumbrar a las poblaciones de los países que los emplean al uso de la fuerza sin costo alguno, ya que minimizan las bajas y pérdidas materiales propias.
  • Los VANT son parte de una nueva, lucrativa y poco transparente industria internacional de armamento que opera sin regulaciones y pretende masificar sus ventas.
  • Estos aparatos son un nuevo dispositivo para erosionar aún más la soberanía de las naciones débiles.

Ética y transformaciones tecnológicas

Los drones en general, dentro de los cuales los VANT son una subespecie particular (ver “Anticipos del futuro: la llegada de los drones”), forman parte de la enorme revolución tecnológica de los últimos 60 años posibilitada, en gran medida, por los avances en la electrónica, el software, las comunicaciones, la ciencia de los materiales, los medios de propulsión y la mecánica de precisión. Estos adelantos, como tantos otros, han llegado primero a los ámbitos militares y posteriormente a los civiles. Todo cambio tecnológico genera un horizonte de incertidumbre que posibilita cuestionamientos éticos muy atendibles, aunque en su formulación es crucial saber distinguir “la paja del trigo”.

Si de cuestiones éticas relacionadas a la tecnología y sus usos se trata, podemos distinguir cuatro planos básicos.

En el primero se encuentran los conocimientos científicos en sí mismos, terreno en el cual, en principio, las cuestiones éticas se limitan a los métodos que se emplean para la adquisición de dichos saberes. Éstos, en sí mismos, en su estado de ciencia aún no aplicada, son incapaces de realizar transformaciones específicas en el mundo. Un ejemplo de lo dicho sería conocer la estructura atómico-molecular de los materiales.

En un segundo plano están esos conocimientos que mencionábamos, ya transformados en técnicas concretas para obtener resultados que modifican el mundo circundante. Del conocimiento de los materiales pasamos a saber cómo producir acero. En este nivel comienza incipientemente la ambigüedad ética. El acero elaborado puede destinarse a hacer cañones o prótesis médicas. Aún más, es factible que haya ciertos campos en donde, por los riesgos que entrañan las prácticas tecnológicas básicas, su mero ejercicio, con prescindencia de la finalidad buscada, presente dilemas éticos. Por ejemplo, la manipulación de virus.

Una nación pacífica, no dispuesta a acumular ingentes arsenales defensivos, puede hallar en los drones un excelente
instrumento para garantizar su protección. Foto: gentileza de INVAP.

Luego hallamos los artefactos que elaboramos con la tecnología de la que disponemos. En este punto los dilemas éticos emergen con fuerza, dado que los objetos se fabrican con finalidades específicas. No es lo mismo una pistola que un pistón. Sin embargo, tampoco la dualidad ética se cancela del todo. Un cuchillo puede servir para asesinar o para cocinar, y aún artefactos que parecerían sólo tener un propósito siniestro, como una bomba nuclear, podrían emplearse loablemente si, por ejemplo, ante el inminente impacto de un asteroide contra la Tierra, el dispositivo nuclear fuera enviado al espacio para destruirlo.

En donde no hay ambigüedad posible es en el sentido de los usos que hagamos de la tecnología. Es en este ámbito donde se define propiamente el contenido ético del accionar. Me valgo del trozo de madera para romper el cráneo de mi prójimo o como viga para un hospital o un puente. En temas militares, el empleo específico que se pretende hacer de un conjunto de recursos humanos y materiales en caso de conflicto armado se denomina doctrina operacional y la mayor carga ética se presenta en este plano de análisis.

No demonizar a los drones

Los drones no están excluidos de las consideraciones conceptuales y éticas de cualquier otra tecnología. El empleo perverso que están haciendo de ellos algunas potencias mundiales, principalmente Estados Unidos e Israel, responde a culturas guerreras que derivaron en estrategias militares y doctrinas operacionales específicas. Pero no hay nada intrínseco en estas tecnologías que lleve a que indefectiblemente tenga que ser así. En otras manos, con otros valores y otras doctrinas, los resultados pueden ser bien distintos.

La aviación permitió el bombardeo táctico y estratégico moderno, que amalgamado con el manejo de la energía nuclear posibilitó los dos únicos crímenes de lesa humanidad realizados con bombas atómicas, Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, no por eso se piensa en condenar el uso de la energía nuclear in totum, o mucho menos prescindir de la aviación; tal como muy acertadamente lo recuerda en una reciente nota sobre los drones la ex ministra de Defensa Nilda Garré (“El desafío de los drones”, Página/12, 3/07/2014).

Los argumentos que sostienen que las actuales sociedades poseedoras de VANT se “acostumbran” más fácilmente a desplegar su violencia, ya que no ponen en riesgo vidas propias y que estos artefactos contribuyen a erosionar las soberanías de las naciones débiles, pueden perfectamente invertirse. Una nación pacífica, no dispuesta a acumular ingentes arsenales defensivos, puede hallar en los drones un excelente instrumento para garantizar su protección, disminuyendo ostensiblemente, llegado el caso del conflicto, el sacrificio de sus hombres y mujeres. Si una nación con drones decide avanzar sobre otra, ¿qué recursos empleará esta última para contenerla o disuadirla? Más aún cuando es evidente la constante subversión del orden jurídico internacional por parte de los más poderosos.

Algo similar ocurre con las derivaciones para la seguridad ciudadana que pueden tener los VANT. Los riesgos no son diferentes a los que presentan otros instrumentos modernos, como las cámaras callejeras o los sistemas de monitoreo de Internet, y no por ello la solución es prescindir de estas tecnologías.

Tener presente el desarrollo

La consultora estadounidense Frost & Sullivan ha calculado el mercado internacional de VANT para el período 2011 a 2020 en 61 mil millones de dólares, siendo Estados Unidos e Israel actualmente los dos mayores productores y vendedores de estos equipos. Este último país, también según estimaciones de la mencionada consultora, habría concretado exportaciones de estos artefactos en los últimos 8 años por 4.600 millones de dólares, generando 3.000 puestos de trabajo directos y varios miles más indirectos (“The politics of Israel’s UAV industry”, Israel Defense, 26/03/2014).

Los datos muestran la relevancia que este nuevo sector tecnológico está adquiriendo para las sociedades y las economías en donde se está transformando en parte de su industria. En este mismo sentido, es bueno tener presente que cuando se habla de las implicancias productivas de los drones no se está haciendo referencia únicamente a las versiones bélicas de estos artefactos, sino también a la multiplicidad de aplicaciones civiles que recién ahora comienzan a vislumbrarse.

Los datos muestran la relevancia que este nuevo sector tecnológico está adquiriendo para las sociedades y las economías
en donde se está transformando en parte de su industria. Foto: gentileza de INVAP.

Argentina posee el mayor programa de desarrollo de aviones no tripulados de la región, el SARA (Sistema Aéreo Robótico Argentino), iniciativa elaborada por el Ministerio de Defensa entre 2010 y 2012. Este programa contempla el desarrollo de VANT Clase II y III para vigilancia y control de los grandes espacios territoriales nacionales, brindando adicionalmente una oportunidad inmejorable de abrir un nuevo subsector industrial centrado alrededor del desarrollo de varias tecnologías duales de alto valor agregado, principalmente todo lo atiente a subsistemas de guiado y control, comunicaciones, sensores y propulsión aeronáutica.

El SARA fue concebido no sólo para proveer a las necesidades nacionales sino para proyectarse también a los mercados mundiales, teniendo como responsable del programa a INVAP, la empresa estatal rionegrina que sobresale por su capacidad de gestionar exitosamente proyectos tecnológicos de alta complejidad (reactores nucleares, satélites, televisión digital, etc.) y que goza de un intachable record ético, reconocido dentro y fuera del país.

El programa SARA hace dos años que está listo para su implementación a través de un contrato entre el Ministerio de Defensa e INVAP que lo ponga en marcha, incluso cuenta con autorización presupuestaria para su comienzo. Sin embargo, este último paso aún no se ha concretado y urge avanzar en el mismo, ya que en él se juega una oportunidad única para el sistema tecnológico-productivo argentino.

El debate ético sobre los VANT no debe obviar la verdadera naturaleza de estas tecnologías y sus implicancias para el desarrollo del país. Las sociedades que prosperan sin claudicar en sus valores alcanzan ese logro, precisamente porque resignifican las posibilidades que la historia les brinda sin cerrarse al futuro.


28 jul 2014

Temas: Drones, INVAP, Nilda Garré, SARA, VANT