Cuando el agua enferma

Investigadores de distintas disciplinas compartieron experiencias sobre diversas problemáticas en torno al agua en el norte argentino. Al arsénico y las bacterias se suma la presencia de agrotóxicos. Uno de los estudios detectó entre cinco y doce plaguicidas que exceden los límites establecidos por la norma en la totalidad de muestras de agua recolectadas en distintas localidades de Chaco y Santiago del Estero.

Por Vanina Lombardi  
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Agencia TSS – El agua es un alimento imprescindible para el desarrollo y la reproducción de la vida. Sin embargo, en la Argentina, no existe una ley nacional de agua y saneamiento ni un marco legal que unifique criterios de suministro para todo el territorio. Así, cada provincia tiene su propia normativa: algunas cuentan con una empresa pública que centraliza los servicios con algún órgano de control y en otras las prestaciones están totalmente descentralizadas, a veces en cooperativas y asociaciones que brindan los suministros. También hay empresas privadas que en general se encargan de las ciudades y dejan desatendidas las áreas rurales.

Según los últimos indicadores de hogares del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), en las zonas urbanas hay más de 28.000 personas (el 10% de la población) sin acceso al agua de red. Además, por la forma en que se construyen las estadísticas, se considera si personas y hogares tienen acceso o no a este servicio, pero no si se está dando acceso en lugares prioritarios como algunas zonas de Chaco, Formosa, Salta y Santiago del Estero. Estas provincias integran la eco-región chaqueña, que no solo tiene ciclos naturales de lluvia y sequía adonde puede haber presencia de arsénico y sales en el agua, sino que, además, está siendo arrasada por el desmonte a un ritmo estimado de unas 500.000 hectáreas por año, producto de la expansión agropecuaria.

“Empezamos a trabajar con poblaciones de Chaco pensando en la problemática el arsénico en agua, pero detectamos que en algunos lugares, como La Tigra y Avia Terai, este problema pasaba a segundo plano frente a lo escaso del recurso, la contaminación microbiológica y, principalmente, la presencia de agrotóxicos en la zona”, advierte la doctora en química Alcira Trinelli, del Grupo de Extensión Universitaria Impenetrable Chaqueño (GEUIC) de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Fuente: Investigación Yenith Bonilla.

En la Argentina, se utilizan 107 plaguicidas prohibidos en todo el mundo, de los cuales el 33% son considerados como altamente peligrosos según los criterios establecidos por la OMS y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), tal como lo indica un informe elaborado por el ingeniero agrónomo Javier Sousa Casadinho, realizado para la Red de acción en plaguicidas y alternativas para América Latina. Entre ellos, se destacan la “Atrazina”, un herbicida que se utiliza para controlar el crecimiento de malas hierbas en la agricultura, el “Paraquat”, que se aplica en los cultivos de tabaco y hortalizas, por ejemplo, y el glifosato, tal vez es el más conocido y utilizado en el país.

Se estima que cada año se esparcen más de 200 millones de litros de glifosato en la Argentina y que ha sido utilizado indiscriminadamente desde hace más de 20 años, lo que ha provocado altas acumulaciones no solo en los campos, sino también en el lecho del Río Paraná y en aljibes del impenetrable chaqueño, en los que los pobladores colectan agua de lluvia para consumir, ya que el agua de pozo que se obtiene en el lugar no es apta para consumo humano porque tiene elevados niveles de sales.

“Detectamos, en promedio, 35 plaguicidas en el 100% de las muestras del agua que consumen las familias rurales en la ecorregión del Chaco seco, en el 22% de los casos las concentraciones encontradas excedieron los niveles sugeridos por la norma”, advirtió la Ingeniera Ambiental Yenith Bonilla, que como parte de su tesis de maestría en Gestión del Agua, en la Facultad de Ciencias Veterinaria de la UBA, recolectó más de 160 muestras de agua –tanto de lluvia como subterránea y en dos temporadas del año, húmeda y seca– en varias zonas de Chaco y Santiago del Estero.

Específicamente, según un adelanto de su trabajo presentado en una jornada interedisciplinaria organizada por GEUIC, en el Instituto de Geocronología y Geología Isotópica (INGEIS) de la UBA, en las 64 muestras analizadas en Chaco se detectaron 37 plaguicidas entre los 43 estudiados, de las cuales el 26% superaron los límites establecidos por la normativa. En el agua de lluvia, se encontraron 11 plaguicidas en más del 75% de las muestras, de los cuales siete exceden los limites de la Comunidad Económica Europea (CEE), en su mayoría detectados en aljibes ubicados a distancias de entre 50 y 250 metros del área fumigada. En agua subterránea, en cambio, se encontraron cinco plaguicidas en más del 75% de las muestras, de los cuales siete excedieron los límites propuestos por la CEE. En estos casos, el agua fue tomada de pozos calzados familiares, que se encuentran sobre el acuífero libre,  a profundidades que oscilan entre los 10 y los 50 metros, y a distancias de entre los 50 y 250 metros con respecto a las áreas fumigadas.

Fuente: Investigación Yenith Bonilla.

En Santiago del Estero, en tanto, se analizaron 101 muestras. En el agua subterránea, que los pobladores toman de perforaciones comunitarias y almacenan en tanques, tachos y bidones, se encontraron 33 plaguicidas de los 43 estudiados en el 80% de las muestras, entre los cuales cinco no cumplían con los límites establecidos por la norma. La mayoría de los almacenamientos se ubicaban a distancias menores de los 200 metros de las áreas fumigadas. De manera similar, en el agua de lluvia se detectaron 26 plaguicidas, entre los cuales hubo 5 que en el 75% de las muestras superaron los límites establecidos por la norma. “Los principales plaguicidas que superaron el límite de la CEE en el agua de lluvia, para las dos provincias fueron, Glifosato y su metabolito AMPA, 2, 4-D, Atz-OH, Carbaril, Diclosulan y Atrazina, y en el agua subterránea, Glifosato, 2,4-D y AMPA, Atz-OH, Piperonil-butóxido y Metsulfurón-metil”, detalló Bonilla.

Arsénico o bacterias

“El objetivo inicial de GEUIC era desarrollar filtros basados en un mineral conocido como zeolitas –que es el que contienen las piedras que se usan para los desechos de los gatos–, que fuera simple de usar y de bajo costo, lo pensamos como una especie de saquito de té, y para elaborarlo nos contactamos con colegas del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI)”, recuerda Trinelli y detalla que, por ejemplo, en Fuerte Esperanza detectaron niveles de arsénico de 100 ug/l (10 veces superiores al máximo recomendado por la OMS).

El arsénico es un metal presente de manera natural en muchas zonas del país, que genera una enfermedad crónica que se caracteriza, entre otras cosas, por lesiones en la piel, conocida como hidroarsenicismo crónico regional endémico o HACRE (y que combinado con glifosato podría generar daños mayores a nivel celular, tal como lo ha demostrado un reciente estudio de laboratorio con renacuajos, a cargo de investigadores de la Universidad Nacional del Litoral).

Según la OMS, la cantidad máxima de esta sustancia permitida en agua es de 10 microgramos por litro (ug/l), pero desde hace algunos años existe una discusión pendiente respecto al valor máximo permitido de este compuesto en agua suministrada por red. Según el Código Alimentario Argentino (CAA), desde el año 2007 se ha establecido un límite de 10 ug/l, aunque se acepta transitoriamente hasta un máximo de 50 ug/l. En 2012, la Comisión Nacional de Alimentos (CONAL) resolvió prorrogar el plazo para alcanzar el valor de 10 ug/l de arsénico, hasta contar con los resultados de un estudio sobre “Hidroarsenicismo y Saneamiento Básico en la República Argentina”, cuyos términos fueron elaborados por la ex Subsecretaría de Recursos Hídricos y se encuentra en ejecución bajo la órbita de la Secretaría de Infraestructura y Política Hídrica. “Se supone que la regulación se ajustará una vez que esté concluido este estudio, pero está muy demorado: solo hay datos de 122 localidades de las 915 que deben ser evaluadas”, lamenta Yanina El Kassisse, bioquímica que integra el grupo GEUIC.

Fuente: Investigación Yenith Bonilla.

“Otro de los problemas que encontramos en el agua de lluvia fue la presencia de bacterias, que pueden ser eliminadas aplicando dos gotas de cloro por litro de agua. En esos casos, hicimos distintas capacitaciones entre los vecinos: el año pasado, por ejemplo, organizamos un festival del agua en Sáenz Peña, junto con el colectivo de Acción por Nuestros Derechos, y este año organizamos una jornada educativa en uno de los colegios de Fuerte Esperanza”, agregó el biólogo Pablo Rosi, que integra el grupo GEUIC, compuesto por estudiantes e investigadores que trabajan en cuestiones vinculadas a la calidad del agua en distintas localidades del Chaco, desde hace alrededor de cinco años.

La capacitación y la educación en las problemáticas asociadas al agua también fue una de las necesidades detectada por Bonilla, entre otras cuestiones porque “el 73% de las familias no asocian las enfermedades con la contaminación y la toxicidad detectada después de las pulverizaciones; en el caso del Chaco, solamente el 11% de la población percibe la toxicidad en personas, y en el caso de Santiago, en el  20%, seguido por la  toxicidad percibida en animales y plantas”, afirmó la investigadora, que hoy se desempeña como profesional de investigación en la Fundación Aguas, la ONG que la becó durante su formación académica de posgrado, y coincidió con sus colegas de Exactas en que el agua colectada de lluvia suele estar contaminada con bacterias.

Por ejemplo, según sus resultados, el 57% de la población en Chaco percibe que el agua está contaminada pero solo el 3% tiene conocimiento de la existencia de arsénico en el agua de consumo, cuando este metal se encontró en niveles elevados en más del 80% de los casos (en temporada seca), y el 50% considera que el agua puede estar contaminada con bacterias, aunque se detectó su presencia en el 90% de las muestras. Acorde a estas percepciones, más del 90% de los encuestados no relacionan las enfermedades que sufren con el consumo del agua.

De manera similar, en Santiago del Estero el 59% de la población entrevistada considera que el agua está contaminada, pero solo un 9% considera al arsénico como un problema, aunque este se encuentra presente en valores elevados en el 70% de los casos. Por otro lado, solo un 27% de las familias se preocupa por la contaminación bacteriológica, aunque esta fue elevada en más del 70% de las muestras. En este caso, el 47% de las familias relacionaron sus problemas de salud con el agua, a pesar de que todos los pobladores presentaron diarreas y enfermedades en la piel.

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