La oportunidad del hidrógeno

El proyecto de producción de hidrógeno verde en la Patagonia que involucra a una empresa australiana y una inversión superior a los 8.000 millones de dólares podría darle impulso a la industria eólica local. ¿Puede la Argentina aprovechar esta posibilidad?

Por Matías Alonso  
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Agencia TSS – En la industria de la energía se están superponiendo dos crisis en el mundo. Mientras el cambio climático está obligando a descarbonizar la matriz energética y a usar el gas natural como herramienta de transición, la guerra entre Rusia y Ucrania está elevando dramáticamente los precios y haciendo que algunos países retomen la producción de energía eléctrica mediante el quemado de carbón y otras fuentes contaminantes. En el mediano plazo, el hidrógeno aparece como una forma de almacenar y transportar energía que, en caso de generarlo mediante el uso de fuentes renovables, como la energía eólica, permitiría descarbonizar la matriz de forma relativamente simple.

La Argentina es uno de los países del mundo en donde la generación de energía eólica cuenta con mayor grado de disponibilidad por sus condiciones naturales. Pero uno de los problemas de la energía eólica es que el viento no es una fuente constante, por lo que los molinos no generan electricidad todo el tiempo. En la Patagonia argentina se pueden encontrar factores de carga superiores al 40% del tiempo, lo que convierte a la fuente eólica en un recurso de gran interés.

A fines de 2021 la empresa australiana Fortescue anunció una inversión de 8.000 millones de dólares para producir hidrógeno en la Patagonia a partir de energía eólica, para exportar a Europa. Se estima que la planta entraría en producción en el año 2030 y que produciría el equivalente al 10% de la energía eléctrica que consume Alemania. Esto generaría una importante entrada de divisas pero todavía faltan certezas sobre cuál sería el aporte de la industria nacional en el proyecto y si esto no se convertiría en una economía de enclave y extracción.

En la Patagonia argentina se pueden encontrar factores de carga superiores al 40% del tiempo, lo que convierte a la fuente eólica en un recurso de gran interés.

Diego Roger, investigador en el área de Transición Energética de la Universidad de Quilmes y director de Biocombustibles de la Secretaría de Energía de la Nación, le dijo a TSS: “Se puede ser un jugador que reproduce una economía de enclave o se puede aprovechar la oportunidad de otra manera. Está claro que hay un interés y una ventaja competitiva pero la pregunta es qué estrategia se va a tomar. La escala de las inversiones es grande y el negocio de la exportación de hidrógeno verde, en este caso como amoníaco, hace necesario tener dos cosas. Primero, una medición de vientos y un contrato sobre las tierras en las que está ese recurso. Eso te sirve para sentarte en la otra punta y negociar contratos de provisión PPA (acuerdo de compra de energía, en inglés) de amoníaco con los jugadores que lo van a usar, en este caso de Europa. Con esas dos puntas se consigue el financiamiento y se puede hacer el proyecto. Desde ese punto de vista, Fortescue es el eslabón menos necesario. Podría ser YPF si tuviera la vocación de hacerlo, pero la verdad es que lo ideal sería un consorcio de empresas, o a través de una oficina en el Estado que se dedique a coordinar los grandes proyectos estratégicos”.

El proyecto de Fortescue planea empezar con una planta de 600 MW de energía eólica, que en una segunda etapa escalaría hasta los 2 GW y que más adelante podría llegar a 15 GW, equivalentes al 12% de la energía que es capaz de producir la Argentina actualmente. Esa energía debería ser transportada hasta la costa, adonde se debe generar agua dulce mediante un proceso de osmosis inversa con el agua de mar, para luego generar hidrógeno y convertirlo en amoníaco para su transporte por barco desde un puerto dedicado, con destino a la industria europea.

El parque eólico que produciría esta energía no estaría conectado a la red de electricidad nacional, ya que esto podría bajar la eficiencia del sistema y aumentar los costos del hidrógeno producido. Se estima que el costo total del proyecto sería de 8400 millones de dólares y que emplearía a 15.000 personas en forma directa y a otras 35.000 de forma indirecta. Para este proyecto, en abril pasado se anunció la fabricación de 17 mástiles para medición de viento, a cargo de la empresa IMPSA, recientemente nacionalizada.

“Se puede ser un jugador que reproduce una economía de enclave o se puede aprovechar la oportunidad de otra manera. Está claro que hay un interés y una ventaja competitiva pero la pregunta es qué estrategia se va a tomar”, dice Roger.

“Si se quiere tener una sostenibilidad en el mediano plazo para proyectos de 10 o 15 años, la única forma es darles la mayor integración posible. Eso no significa que la iniciativa tenga que ser 100% nacional, sino que puede haber 100 aerogeneradores importados y 10 nacionales e ir cambiando esa curva en el recorrido del proyecto. Pero para hacer eso hace falta una política”, dijo Roger.

México, Chile y Perú también tienen importantes proyectos de inversiones para producción de hidrógeno verde, mayormente con uso de paneles fotovoltáicos. En esos casos también se trata de grandes inversiones de capital, en estos casos para exportar a Estados Unidos y Asia. En casos de este tipo, muchos países están compitiendo para brindar exenciones de impuestos y facilidades a las empresas que buscan iniciar proyectos energéticos de gran escala.

“Esta década va a ser crucial para el país y América Latina sobre qué rol va a tomar en la construcción del mercado de la energía. Los países europeos quieren descarbonizar rápidamente pero la cadena de suministros de los equipos está en Asia, que está en la mira de conflicto de Estados Unidos, junto con Rusia. Por otro lado, la sostenibilidad de la política desde el punto de vista social depende de que acá se genere algún tipo de desarrollo porque sino va a generar muchísima conflictividad. El recurso natural está, con lo cual hay unas cuantas cartas a favor pero dependerá de la estrategia que se defina”, opinó Roger.

En la Argentina surgieron diversos proyectos de aerogeneradores (NRG, INVAP e IMPSA, entre otras empresas que incursionaron en la fabricación en distintas etapas) que nunca tuvieron la generación de demanda suficiente como para ser llevados a una escala competitiva. Y en las rondas Renovar, llevadas a cabo por el Gobierno anterior, fueron excluidas en las condiciones de los proyectos. “En la Argentina no hay muchos productores de aerogeneradores pero eso pasó porque nunca se les dio mercado, y un proyecto de este tipo podría ser un gran generador de demanda estable y constante”, dijo Roger.

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