Norma Boero: “Sin Atucha III se cae la mitad de la CNEA”

El invierno nuclear ya llegó: la reducción de presupuesto y la suspensión de las centrales acordadas con China pueden paralizar buena parte de los proyectos en desarrollo. TSS habló con Norma Boero, presidenta de la CNEA entre 2007 y 2016, sobre la relevancia geopolítica de esta actividad y los efectos que puede tener el recorte en el organismo y las empresas de este sector.

Por Matías Alonso  
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Agencia TSS – Durante nueve años, Norma Boero ocupó la presidencia de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Asumió en diciembre de 2007, tras la llegada a la presidencia de la Nación de Cristina Fernández, y dejó su lugar en septiembre de 2016, casi un año después del triunfo de Cambiemos. Sin embargo, la trayectoria de esta química en el organismo responsable de la actividad nuclear en la Argentina comenzó mucho tiempo antes, en 1979, cuando ingresó para trabajar en metalografía.

La gestión de Boero estuvo marcada por un crecimiento de la inversión en el área nuclear, que se reflejó en la incorporación de gran cantidad de personal técnico al organismo, la construcción de Atucha II, la extensión de vida de la central Embalse, el Plan Nacional de Medicina Nuclear y el proyecto CAREM, entre varios otros. La realidad actual es opuesta: el organismo atraviesa un proceso de fuerte achicamiento y el presupuesto actual es un 37% menor al del año pasado.

Hoy, jubilada y alejada de la vida política, Boero habló con TSS sobre el efecto que puede tener para el sector nuclear la suspensión de las centrales acordadas con China, la importancia geopolítica que tiene esta actividad y las coincidencias con otros recortes presupuestarios que vivió el organismo, como el ocurrido en los años noventa.

¿Qué significó terminar Atucha II para la CNEA y las empresas del sector nuclear?

Para la CNEA fue un sueño. Siempre cuento que antes de que se reanudara la construcción de Atucha II hubo una reunión en el Centro Atómico Constituyentes. Allí, gente que cuidaba los componentes de Atucha II mostraba cómo los mantenía en carpas con atmósfera controlada. Recuerdo que estaban dando una charla con mucho orgullo y alguien les preguntó para qué cuidar eso si ya no se iba a usar más, que Atucha II no servía para nada. Tiempo después, en ese mismo salón se anunció la puesta en marcha de la central, que fue un sueño porque fue había sido algo postergado durante años y que, desde el punto de vista tecnológico, fue un desafío porque cuando se fue a Alemania a buscar a los que habían hecho el proyecto de Atucha II no hubo apoyo. Nosotros pensábamos: “¿Y ahora qué hacemos?”. Y la hicimos nosotros, contratamos a los jubilados de Siemens que nos ayudaron, se adaptó lo que había y se terminó con diseño argentino y con la última tecnología.

¿Qué implicó ese proceso en términos de aprendizaje? Nunca se había construido una central…

No, de golpe tuvimos que ponernos a construir una. Por ejemplo, durante muchos años se abandonaron ciertas especializaciones en la Argentina, como torneros y soldadores, y se cerraron las carreras técnicas, que eran un orgullo para el país. De golpe tuvimos que formar torneros y soldadores con calificación nuclear. Fue un desafío muy grande que posteriormente nos daría la posibilidad de hacer la extensión de vida de Embalse. Todos los grandes componentes que tiene Embalse fueron desarrollados en la Argentina y ese fue otro logro muy importante. Las empresas privadas invirtieron muchísimo y eso tenía sentido si después se seguía con esa producción. Hacer semejante desarrollo solamente para un reactor no tenía sentido económicamente. Pero Pescarmona, Techint y CONUAR, entre otras, lo hicieron pensando en las centrales que venían después. Hicieron todo ese desarrollo con un altísimo nivel de calidad para después poder hacer la cuarta central nuclear. Ese nivel llegó al punto que desde Canadá nos han pedido que les califiquemos componentes a ellos, con lo que reconoce la calidad alcanzada en la Argentina. Eso es lo importante de la industria nuclear, te obliga a elevar tu nivel. CONUAR por ejemplo, gracias al gran desafío que implicó todo lo nuclear pudo calificar como proveedor par la industria aeronáutica, que también tiene unos requisitos muy exigentes y hay muy pocos países en el mundo que pueden ingresar. Por eso CONUAR logró venderle piezas a Boeing.

“Para la CNEA Atucha II fue un sueño”, recuerda Boero.

¿Cómo fue la negociación con China para construir Atucha III?

Nos peleamos a muerte con los chinos y con los rusos, con CNNC (Corporación Nuclear Nacional China) y con Rosatom (la empresa estatal rusa de energía atómica). En cambio, los coreanos y franceses se abrieron de entrada y no quisieron estar. El problema fue que queríamos que Atucha III fuera de tipo CANDU (de agua pesada y uranio de bajo enriquecimiento). Con Atucha III, CNNC no tuvo problema en que el combustible se hiciera en la Argentina, pero con la quinta ahí sí que ellos no querían saber nada con que hiciéramos nuestro combustible porque querían venderlo ellos. La central te la venden y listo, el negocio es al momento, pero el combustible es un negocio a 40 años. Atucha I se encendió en 1974 y todos estos años se produjo el combustible en el país, que es el verdadero negocio en el campo nuclear. Nosotros vendimos la tecnología para hacer radioisótopos y ahora seguimos exportando insumos. La venta es importante pero la gran ganancia está después. Hace unos quince años que le estamos vendiendo a Egipto y a Australia los blancos de molibdeno para hacer los radioisótopos de medicina nuclear. Eso es ganancia pura y divisas.

¿Qué implica suspender su construcción?

Es grave en dos sentidos: Se frena el plan nuclear cuando tenés la mano de obra formada, los ingenieros nucleares, los civiles, los soldadores y los operarios, está toda la línea armada y lista para empezar a fabricar Atucha III. El 80% de los componentes se iba a hacer en el país y, además, iba a ser de tipo CANDU, con lo cual aquellas empresas que acompañaron el desarrollo nuclear argentino durante ese tiempo e hicieron inversiones grandes ahora están en problemas. Han desarrollado zonas limpias dentro de sus empresas exclusivamente para hacer los combustibles nucleares y toda esa inversión no da solo para una central. Ahora habrá que ver cómo las adaptan para hacer otra cosa.

¿Y la segunda central?

Iba a ser con una parte importante de componente importado, porque CNNC quería vender su tecnología y nosotros dijimos que les comprábamos la quinta central con su tecnología pero que primero nos financiaran la nuestra. Hubo mucho trabajo de negociación, ellos estaban de acuerdo en financiar el 80% de la inversión y, con tal de sacar del mercado a Rosatom, bajaron y bajaron sus precios. CNNC y Rosatom querían entrar en América Latina como fuera porque sabían que ni bien entraran se les abrirían más puertas. Posteriormente, Rosatom logró entrar en Bolivia. Me imagino que la gente de CNNC debe estar muy enojada porque invirtieron mucho dinero en la Argentina, los diseños están todos hechos, se trabajó mucho con Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA) y con empresas de Canadá. Son años de trabajo invertidos para tener listo el diseño de Atucha III.

¿Qué impacto puede tener en la política energética la suspensión de las centrales?

Todo esto se corta cuando la Argentina necesita energía. Sin Atucha III no cierra la matríz energética. Yo hice mucha prospección y no va a cerrar por más que nos llenen de molinos eólicos. Además, a diferencia de la solar, la eólica contamina, es cara y muy irregular, entonces hay que tener una central térmica en paralelo. Y encima es todo importado, con lo que implica eso para el país.

Pero la energía nuclear también contamina y genera resistencia por la seguridad…

Hubo dos casos en todo el mundo que tuvieron fallas serias y de eso se aprendió mucho para que no vuelva a pasar. En ambos casos fueron fallas muy graves de diseño. En Chernobyl no se hizo la doble contención porque se quiso hacer una central barata. Fukuyima fue un desastre: se sabía que no era aconsejable construir por debajo de un determinado nivel debido a la inundaciones y lo hicieron de todas maneras y pusieron los generadores más abajo. Además, era privada. Yo soy una defensora a muerte de que las cosas de este tipo las tiene que hacer el Estado, porque, para que le cierren los números, una empresa privada baja los estándares de seguridad. Lo mismo considero para Dioxitec: si se la privatiza, los riesgos aumentan. Además del efecto sobre el desarrollo: si a una empresa privada no le cierran los números prefiere importar y se pierde la tecnología.

“Sin Atucha III no cierra la matríz energética”, considera la ex presidenta de la CNEA.

Tras el cambio de Gobierno usted se mantuvo en el cargo casi un año y pasó a depender de una subsecretaría. ¿Qué cambió en la CNEA y por qué se fue?

Hay otra forma de trabajo pero no me fui por un problema político. Yo soy técnica de la CNEA y me defiendo como técnica por los casi cuarenta años de trabajo en la institución. Empecé con metalografía, fui jefa de planta y después fui presidenta. Hice mucha política, pero política nuclear, que no es poco. Cuando asumí la presidencia me dieron el apoyo para que entrara mucha gente, para que pudiéramos rehacer los planteles. Si no hubiera pasado eso hoy la CNEA estaría cerrada. Aunque ahora no entre gente, tenemos por lo menos diez años para que los grupos funcionen solos. En el año 2008, cuando entré a presidir la CNEA, reuní a todos los jefes y les dije: “Compren el equipamiento de primer nivel, compren menos si no alcanza, pero que permita que, cuando venga el invierno nuclear de vuelta, puedan trabajar diez años con tecnología de punta”. Por eso hoy están preparados para seguir investigando aunque no haya presupuesto.

¿Qué rol juega la política exterior en el desarrollo nuclear?

Es fundamental. En los noventa, la CNEA había desaparecido del ámbito internacional y logramos ponerla de vuelta en la primera línea del mundo. Yo viajé mucho con la presidenta Cristina Fernández porque lo nuclear le abría puertas. Rafael Grossi, que ahora es embajador en Viena, estuvo varios años al frente del Nuclear Suppliers Group (NSG), que son los que dictan las reglas del juego para la no proliferación. La tecnología nuclear tiene una importancia geopolítica enorme, allí se definen muchas cosas. Por ejemplo, en un momento se querían poner trabas a la exportación de aluminio porque se usa para ultracentrífugas. Eso hubiera complicado mucho la operatoria de Aluar pero nosotros pudimos frenarlo.

¿Al NSG se pudo ingresar por la capacidad nuclear de la Argentina?

La capacidad de enriquecimiento de uranio nos sirvió para meternos en el NSG, donde solo se puede entrar si se tiene esa capacidad. En esos grupos se discute qué productos tienen libre venta y cuáles tienen que pasar por permisos especiales para ser exportados. Ahí se dictan las reglas: si estás dentro de los grupos de proveedores podés exportar o importar fácilmente los productos para la industria nuclear.

“En los noventa, la CNEA había desaparecido del ámbito internacional y logramos ponerla de vuelta en la primera línea del mundo”, dice Boero.

¿Qué tecnologías de enriquecimiento de uranio se manejan en el país?

El enriquecimiento de uranio tiene tres líneas. La línea que está funcionando hoy es la de difusión gaseosa y sirvió para decir “la Argentina puede enriquecer uranio” y nos permitió entrar al NSG. Lo básico es tener la membrana filtrante y eso lo tenemos, probamos que está y que funciona. Lo que hoy tenemos es un poco más que un laboratorio pero menos que una planta piloto. Con mucha inversión se podría enriquecer uranio, pero el problema de ese método es que ya se está dejando de usar porque es caro, consume mucha energía eléctrica. Hoy no tiene sentido para escala industrial. Otra línea es la de centrífugas, que se está desarrollando y es complicado porque el hexafloruro de uranio (UF6) no es fácil de manejar: es sólido a temperatura ambiente, se calienta para que pase a estado gaseoso y es un gas difícil de manejar. Se está avanzando y se va a llegar en un año o dos. Hace algunos años nos querían prohibir que hiciéramos ultracentrífugas, pero al demostrar que podíamos hacer membranas y que había una decisión política de hacerlo pudimos dar vuelta esa medida. Además, al ser la Argentina parte del NSG no te pueden prohibir que hagas otras tecnologías. ¿Para que sirve seguir con la difusión gaseosa que hay en Pilcaniyeu? Porque ahí entrenás a la gente para manejar el UF6.

¿La tercera línea es el enriquecimiento con láser?

Sí, el láser es el futuro. Hace alrededor de dos años se logró hacerlo en Bariloche, con un método que económicamente no es viable, pero se demostró que con láser se podía enriquecer uranio. Para hacerlo de manera industrial hay otro método en el que venía trabajando Alberto Lamagna y un grupo de gente del Centro Atómico de Bariloche (CAB), que es tecnología de punta a nivel mundial. El 24 de mayo pasado se logró a nivel molecular, no a nivel gramo, pero una vez que lograste eso ya conocés las variables que hay que manejar para pasar a un escalón más arriba. Estaban felices por lograrlo, era lo que estábamos esperando desde hace por lo menos cuatro años. Somos muy pocos los países que estamos haciendo esto, junto con otros como Estados Unidos, Rusia y China. El que está más cerca de hacerlo de forma comercial es Estados Unidos, pero todavía no lo lograron.

¿Cómo ve el futuro del sector nuclear argentino?

Sin Atucha III se cae la mitad de la CNEA porque hay grupos enteros que trabajan en función de eso. Ahora va a pasar de nuevo que se reciben los chicos del Instituto Balseiro (IB) y no les vamos a poder dar trabajo. Formás gente de excelencia y se va a ir. En estos años habíamos logrado que a todos los chicos que salían del Balseiro los incorporábamos a la CNEA si ellos querían. Algunos se iban afuera y la mayoría se quedaba, pero ahora no los vas a poder tomar porque se dijo que por dos años no se podrá tomar más a nadie. Esos chicos se tienen que ir afuera cuando se los podría haber empleado para los proyectos de las próximas dos centrales. ¿Y ahora? Pero va más allá de eso: sin Atucha III la planta de agua pesada (ENSI-PIAP) tiene los días contados. Es una barbaridad porque nosotros tenemos tres centrales con agua pesada y queremos tener una cuarta, tenemos el proyecto CAREM, que también necesita agua pesada, y exportamos reactores que también la usan. El problema es que es una planta muy cara, consume mucha energía. Pero sería un desastre cerrarla porque implica romper todo el ciclo nuclear, se la necesita para seguir siendo una potencia en este campo.

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