Remedio para la contaminación

En el Quinto Simposio Internacional de Ingeniería y Biotecnología Ambiental se expusieron estrategias y tecnologías para reparar el daño producido en el medioambiente por sustancias tóxicas. El caso de la clordecona, un pesticida prohibido hace más de 20 años que todavía sigue contaminando.

Por Vanina Lombardi  
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Agencia TSS – El uso intensivo de productos químicos para la agricultura, que comenzó con la denominada revolución verde y se potenció gracias a los avances en biotecnología y la aparición de los productos transgénicos, ha provocado efectos no deseados y riesgos en la salud humana y ambiental, de los cuales hay cada vez más evidencia científica. En la Argentina, por ejemplo, se han vinculado estas prácticas agrícolas con inundaciones, sequías y contaminación de suelos y agua con pesticidas, como el glifosato.

Frente a situaciones como estas, un área de la biotecnología trata de reparar los daños que otros desarrollos de la rama pueden haber provocado: se trata de la biorremediación, que recurre al uso de compuestos orgánicos para disminuir la contaminación del ambiente en general.

“Hablamos de remediación orgánica cuando los residuos orgánicos se pueden aplicar al suelo y mejoran sus propiedades, no solo para la agricultura, sino también para la recuperación de suelos que se han degradado y ya no se pueden utilizar porque hay erosión por pérdida de materia orgánica o contaminantes recalcitrantes, es decir, que quedan ahí”, explicó la especialista Isabel Sastre Conde (foto, junto al investigador Hervé Macarie), del Servicios de Mejora Agraria y Pesquera (SEMILLA) del Gobierno de las Islas Baleares en España. Según la especialista, “todo esto se recupera con materia orgánica exógena. ¿De dónde viene? De residuos que nosotros no queremos para nada y que podemos recuperar, como el que queda de la industria papelera, el del bagazo de la caña de azúcar, de vegetales que se compostan y del tratamiento de aguas residuales. Los residuos se analizan y se aplican al suelo”.

Sobre este tema habló Sastre Conde, que es doctora en Química Agrícola, durante el Quinto Simposio Internacional de Ingeniería y Biotecnología Ambiental (ISEBE), que este año se desarrolló en la UNSAM, impulsado por el Instituto de Investigación e Ingeniería Ambiental (3iA).

En la sesión plenaria del simposio, Sastre Conde se refirió al caso de los suelos arcillosos de Martinica, en los cuales se ha probado que la elaboración y el uso de abonos orgánicos logra revertir la contaminación residual de un compuesto químico denominado clordecona —que ha sido vinculada al desarrollo del cáncer de próstata y podría generar problemas en el desarrollo cognitivo y motor en los niños—, proveniente de un insecticida que se utilizó principalmente en los cultivos de bananas de ese país entre 1972 y 1993. La clordecona es un compuesto orgánico clorado sintético que ha sido empleado como insecticida agrícola, acaricida y fungicida. Se introdujo comercialmente en Estados Unidos en 1958, con los nombres comerciales Kepone y GC-1189, y se vendió en Francia con el nombre comercial de Curlone desde 1981 hasta 1993.

“El 90 % de la clordecona producida en el mundo se exportó esencialmente hacia Europa y una sexta parte de todo lo que se produjo en el mundo fue a las Antillas, a dos islas que en total tienen 3000 kilómetros cuadrados”, explicó el doctor en Biología Celular y microbiólogo Hervé Macarie, que estudia este problema de contaminación en las Antillas desde el año 2008, y agregó que esta sustancia también puede provenir de otro pesticida de la misma familia, conocido como Mirex, que se usó para combatir a la hormiga de fuego invasora y fue prohibido en el año 1976.

El uso intensivo de productos químicos para la agricultura, que comenzó con la denominada revolución verde y se potenció gracias a los avances en biotecnología y la aparición de los productos transgénicos, ha provocado efectos no deseados y riesgos en la salud humana y en el medio ambiente.

“Ahora se sabe que, en otras partes del mundo donde haya este tipo de suelos de origen volcánico con esta contaminación, se debe utilizar materia orgánica exógena para atraparla, y se podría replicar en otras condiciones de temperatura y climatología”, agregó Conde Sastre en base a los resultados del estudio que presentó y propuso una transición hacia una mirada “holística”, más cercana al agricultor y al medioambiente. “El problema de todo esto es la mentalidad de los grupos de trabajo, que trabajan aislados, sin interacción entre agrónomos, biólogos, físicos y químicos”, dijo la especialista y resaltó la necesidad de que los investigadores le hagan llegar información al agricultor, que suele “tener la costumbre de comprar solo en las casas comerciales”. Y sostuvo que los mismo comercios que venden productos de uso agrícola “también tienen que empezar a cambiar su mentalidad y estar más cerca del agricultor y el medioambiente”.

La especialista explicó que hay algunos fertilizantes químicos que, si se usan en concentraciones muy altas y por períodos prolongados, también pueden resultar contaminantes. “Al agricultor se le había enseñado a producir y producir, y ahora vemos que hay que recuperar aquello que hemos dañado por esa mentalidad”, dijo y advirtió que “si utilizamos esos residuos o fertilizantes orgánicos, nos ayudan a recuperar zonas que están contaminadas o degradadas y que de lo contrario ya no se podrían utilizar en agricultura”.

Al respecto, Sastre Conde dijo que en su país natal hay mayor interés por la producción orgánica acorde a tales principios, mientras que en lugares como las Antillas sigue predominando la producción que incluye el uso de pesticidas. En cualquier caso, consideró que, para lograr una transición al modelo de producción que propone, “el rol de los gobiernos es acercarse a ver qué están produciendo los científicos y, cuando hagan sus leyes de descontaminación o de gestión agrícola, por ejemplo, sepan qué artículos han publicado sus investigadores”.

Recuperar el ecosistema

Además de remediar la contaminación en suelos, otra de las preocupaciones principales que se busca resolver con procesos de biorremediación se vincula con el tratamiento de aguas contaminadas y efluentes. Por eso, las presentaciones vinculadas a estos procesos fueron las más frecuentes durante el ISEBE.

“La preocupación más fuerte que se vio en las exposiciones estuvo vinculada al tratamiento de efluentes, ya que fue la sección que tuvo el mayor número de trabajos: durante los cuatro días del congreso hubo presentaciones sobre este tema, mientras que para otros no fue así; el área de materiales, por ejemplo, la pudimos concentrar en un día”, explicó el investigador del 3iA Roberto Candal, uno de los organizadores del encuentro, que contó con más de 200 inscriptos, y destacó que los estudiantes de doctorado de la UNSAM expusieron sus investigaciones en la mayoría de las áreas. “En total, presentamos 10 trabajos distribuidos en diferentes áreas, como tratamiento de efluentes, suelos y materiales verdes”.

“Al agricultor se le había enseñado a producir y producir, y ahora vemos que hay que recuperar aquello que hemos dañado por esa mentalidad”, dijo Sastre Conde.

Macarie, que se desempeña como investigador en el Instituto Mediterráneo de Biodiversidad y Ecología Marina y Continental de la Universidad de Aix-Marsella (Francia) e integrante del comité organizador internacional, habló con TSS sobre cómo la clordecona se desparramó por el mundo y aún sigue contaminando el ambiente, a pesar de que su uso está prohibido desde hace más de 20 años.

¿Cómo llegó la clordecona a las Antillas francesas?

La clordecona se usó en Martinica de 1972 a 1993 en sus dos versiones comerciales. Primero se fabricaba en Estados Unidos como Kepone, hasta que se prohibió su producción y comercialización en 1976. Pero, como era muy eficiente y la patente había pasado a dominio público, un grupo de franceses volvió a producir la molécula, logró que se autorizara su uso y la mandó a fabricar en una fábrica brasileña, aunque la totalidad de la materia activa se producía en Francia, donde se formuló con el nombre de Curlone. Así, a partir de 1982, se la pudo volver a usar en las Antillas, hasta que el gobierno francés prohibió su uso.

Sastre Conde se refirió al caso de los suelos arcillosos de Martinica, en los cuales se ha probado que la elaboración y el uso de abonos orgánicos logra revertir la contaminación residual de un compuesto químico denominado clordecona.

¿En qué otros lugares del mundo se usó este compuesto?

No se sabe exactamente. El 90 % de la clordecona producida en el mundo se exportó esencialmente hacia Europa y una sexta parte fue a las Antillas. Probablemente, también se usó en América Latina, pero es difícil conseguir información. Los únicos datos que tenemos es que se importaron cinco toneladas en Costa Rica, mientras que en Martinica y Guadalupe se importaron 300 toneladas, y no sabemos si se usaron ahí o si se volvieron a exportar. También hay un reporte sobre que se usó en cultivos en Panamá, pero no sabemos en qué cantidad. Lo que sí sabemos es que ambos productos se usaron en Camerún y, probablemente a través de la compañía francesa que formulaba Curlone, también en Costa de Marfil.

¿Y en Europa?

La mayor parte llegaba a Alemania, donde lo transformaban en otro pesticida que se llamaba Keneban, que se usaba para el cultivo de papa, y se sabe que llegando al suelo ese compuesto se convierte en clordecona en pocos días. Sabemos que se exportó desde allí hacia Europa del Este, pero no se conoce nada sobre su uso ni las cantidades en que se utilizó. También se ha detectado clordecona en los peces de la Polinesia, en concentraciones más bajas que en los de las Antillas y en niveles consumibles, pero no se sabe cómo llegó esa sustancia hasta allí. Por ejemplo, se ha encontrado clordecona en los tejidos de tiburones que viven cerca de Hong Kong, que no son migratorios, sino residentes. ¿De dónde viene esa clordecona que se detectó ahí? Todavía no lo sabemos.

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