Una voz política para la ciencia y la tecnología

La comunidad científico-tecnológica argentina carece de una articulación que le permita enfrentar de manera unificada las políticas del Gobierno que promueven el desmantelamiento de programas tecnológicos, la desinversión en ciencia y la importación indiscriminada de tecnología. ¿De qué otra manera se puede defender a sí mismo este sector si no es transformándose en políticamente influyente?

Por Diego Hurtado  
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Agencia TSS – La comunidad científico-tecnológica argentina está aislada en sus reclamos. La situación es grave y políticos y periodistas afines al campo popular, con las mejores intenciones, suelen dedicarle en sus agendas el lugar de la indignación intermitente. Por su lado, los economistas del campo popular no integran en sus esquemas de debate al factor ciencia y tecnología (CyT). Así, se habla de inflación, precios, dólar, fuga, cierre de pymes y apertura de las importaciones, pero nada del desmantelamiento de programas tecnológicos, la compra masiva de tecnología importada o la desinversión en conocimiento. Es lo que, en los manuales, se llama “economía del conocimiento”, “economía de la innovación” o “economía del cambio tecnológico”, y es la variable que las economías centrales no negocian. Es el campo de batallas donde se dirime la hegemonía de Estados Unidos frente a China. Como sostiene el economista heterodoxo Ha-Joon Chang: “En definitiva, el desarrollo económico consiste en adquirir y dominar tecnologías avanzadas”.

Por su lado, científicos y tecnólogas no encuentran los canales para poner en evidencia la gravedad del proceso de demolición de instituciones y programas tecnológicos que impulsa el macrismo con tenacidad en organismos y empresas públicas como INTI, CONICET, Río Turbio, ARSAT, Fabricaciones Militares, FADEA, Dioxitek, ANLAP y SENASA, entre otras, o lo que sucede en áreas que van desde las energías renovables a la agricultura familiar. Perder esta batalla es quedarnos sin futuro. Aclaremos, porque las frases naturalizadas deslizan de contrabando buena parte de su sentido. ¿Qué quiere decir que “la Argentina puede quedarse sin futuro”? Que desmantelar su tecnología y su ciencia significa tirar por la borda, sin retorno, a la mitad de la población.Así de simple: sin ciencia y tecnología no hay industria competitiva ni desarrollo social. No se trata de un dogma ideológico, sino de historia económica post-revolución industrial. Es parte de nuestro subdesarrollo la falta de claridad y convencimiento sobre este punto.

En busca de un diagnóstico

Dentro del sector de CyT argentino no existe el equivalente a una “comunidad científico-tecnológica nacional” como actor político con una voz más o menos unificada y socialmente potente. Como contrapartida, hay muchas voces que “representan” al sector de CyT y resistencias fragmentadas a las políticas del macrismo. Esta fragmentación histórica, ¿no es un síntoma de inmadurez política del sector científico-tecnológico argentino? ¿De qué otra manera se puede defender a sí mismo este sector si no es transformándose en políticamente influyente? Solo la capacidad de generar alto costo político al Gobierno puede frenar las iniciativas de destrucción del sector de CyT.

La versión hegemónica de esta voz potente en Estados Unidos es la American Association for the Advancement of Science (AAAS). Un ejemplo más cercano y representativo es la Sociedade Brasileira para o Progresso da Ciência (SBPC), que enfrentó a fines de los setenta a la dictadura brasileña y al presente reúne a 15.000 integrantes del sector científico todos los años en una ciudad diferente de Brasil.

“Iniciativas como ARSAT (en la foto la estación de Benavídez), Y-TEC, la Producción Pública de Medicamentos y el programa FONARSEC, el apoyo a una empresa como INVAP, entre los más visibles, codificaron de manera destilada un proyecto de país anti-neoliberal”, dice Hurtado.

La tecnología y la ciencia se ganaron un lugar muy respetable en la Argentina. El kirchnerismo decidió ponerlas en la primera línea de las políticas públicas y, además, darles un lugar cultural inédito. Tecnópolis o el canal Encuentro son ejemplos elocuentes. Las actividades de CyT crecieron, se promovieron programas de I+D en áreas estratégicas, hubo programas en muchos ministerios y el sector de CyT logró tener su propio ministerio, el MINCYT. Finalmente, hubo hitos que, como bisagras históricas, muestran algunos componentes del camino hacia el desarrollo: iniciativas como ARSAT, Y-TEC, la Producción Pública de Medicamentos y el programa FONARSEC, el apoyo a una empresa como INVAP, entre los más visibles, codificaron de manera destilada un proyecto de país anti-neoliberal.

La derrota transitoria del campo popular también aparece en esta deriva: invisibilizar en la esfera pública –cooptada hoy por el grupo Clarín y sus repetidoras– el desmantelamiento de uno de los mayores logros del kirchnerismo. Y la insoportable levedad del ministro Lino Barañao y sus telarañas de confusiones y sofismas son posibles porque no existe el actor político que pueda oponer una voz potente. Periodistas, políticos y economistas afines al campo popular no tienen por qué dar batalla en este frente si primero no lo hace con convicción el propio sector de CyT.

Fabricaciones Militares debía producir más de mil vagones para el Ferrocarril Belgrano Cargas, pero la iniciativa fue suspendida tras la asunción de Cambiemos.

Algunos aprendizajes

Si estas reflexiones tuvieran algún grado de razonabilidad, dos moralejas parecen evidentes. La primera: el sector de CyT debe asumir la responsabilidad de concebirse como un actor político relevante en la batalla contra la primarización, la financierización, el crecimiento de la pobreza, la extranjerización de la economía y la flexibilización y precarización de las condiciones de trabajo. La segunda: no hay desarrollo económico en Argentina sin CyT enraizada en el mundo del trabajo, la producción y el desarrollo social.

Ambas moralejas suponen una oportunidad histórica: dar vuelta el paradigma dominante hace cinco décadas en las políticas de CyT de nuestro país (y de la región) y dejar de pensar que las agendas del sector científico-tecnológico deben surgir del propio sector para comenzar a concebir las políticas de CyT en sociedad estratégica con el mundo del trabajo, la producción y la economía social y solidaria. Es decir, en sociedad estratégica con los gremios, las asociaciones de empresarios nacionales y los movimientos sociales.

La mejor defensa de la tecnología y la ciencia es derrotar en octubre de 2019 la continuidad de la “Argentina Casino”. Hay alrededor de 40.000 investigadores en el país y se trata de tomar posición a favor de una política de CyT para un proyecto de país industrial e inclusivo. Es una batalla política y cultural. Para dar el primer paso hace falta dar un salto cualitativo en la capacidad de organización del sector de CyT, que sea capaz de parir una “comunidad científico-tecnológica argentina”, con una voz potente y consensuada a través de acuerdos mínimos indispensables. En este punto podría comenzar otra historia para el sector con un saldo muy positivo para el país.

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